CABEZA DE BORRADOR
Comentario al film de David Lynch
Rosendo Rodríguez Fernández
Grupo de Investigación Psicosis y Psicoanálisis
Fundación Universitaria Los Libertadores.
Resumen
La aguda crítica de David Lynch, a través del cine, adquiere con "Eraserhead" una profundidad epistemológica que confronta al espectador con lo Imaginario-Real, el encuentro con la imagen de la Cosa, último velo antes del vacío o la ausencia de significantes en lo Real. Lynch muestra la vida en la edad posindustrial norteamericana, y señala la otra cara de la moneda al mundo, mostrando el derrotero que ha seguido el American Way of Life, el destino inexorable del mundo como reverso de la "comodidad", del plus, del lujo que proporciona la riqueza. La domesticación, paradójicamente, no termina en el lujo, sino en la depauperación de cuanto hay alrededor, como efecto del humanismo democrático de Occidente. Vivir la realidad de lo Real, lo que aparece en el límite de la ideología y la economía: la basura y la cosificación, traducida en la indigencia en medio de la abundancia. El ser del exceso capitalista es un indigente espiritual.
Palabras claves: Eraserhead - David Lynch - Slavoj Zizek - Ideología - Realidad - Imaginario/Real - Familia - Estilo de Vida.
Eraserhead muestra la experiencia mortífera de lo imaginario-real del hombre de la posmodernidad, tomando como referencia el famoso nudo borromeo de Lacan. ¿Qué plantea la cinta? El problema de la realidad del sujeto después de la edad industrial. David Lynch pone en bocas de sus personajes fuertes críticas, plenas de mordacidad, si bien en el oscuro ambiente decadente de una sociedad, cuyas promesas yacen rotas aunque sostenidas por los viejos mecanismos evasivos de sus integrantes. Slavoj Zizek, en su libro El Títere y el Enano, dedica un apartado a volver sobre el "vaciamiento" de la ideología de sus referentes simbólicos. Esto es, una ideología "lite", desprovista de lo esencial: una religión sin Dios, una política sin política, un conocimiento lleno de reconocimientos, sin serlo verdaderamente; una vida sin vitalidad, llena de aditamentos y medicamentos para prevenir la muerte, etc. En Cabeza de Borrador, Lynch desarrolla una historia ominosa, en ambientes oscuros y sucios, donde habitan personajes decadentes al lado de monstruosas fábricas. El desecho al lado de la fuente altamente productiva.
El problema de las relaciones interpersonales retorna del modo como Zizek lo señala en sus obras: como síntoma. Por ejemplo, se tiene noviazgo desprovisto de amor. La cena a la que es invitado, después de "meter la pata" entre el barro de la sociedad posindustrial, lleva al personaje anónimo a las fauces de una suegra "cocodrilesca", que amenaza con engullirlo a partir de una perversa pregunta por las relaciones sexuales con la hija . El padre de la novia, reducido ya a la condición del marido demudado por la misma comida que ha de preparar, consumir, y alegar, sentencia el destino de la sociedad posmoderna: él personalmente, ayudó a instalar los enormes aparatos de producción industrial que sustituyeron las praderas en las que vivió su niñez. El alimento que consume es objeto de una comparación. No se trata ya de las aves de campo que veía desarrollarse en el ambiente bucólico de antaño, sino de microscópicos pollos tipo KFC (pollo sin pollo), cuya constitución se desboca en una doble alusión de Lynch al vacío de la ideología, por un lado, y a la regla que no llega , sino a través del pollo que sangra profusamente cuando es invitado por el padre a cortarlo, "de la manera tradicional", el protagonista. El escenario de Lynch, que es la familia, o la posfamilia, ilustra sardónicamente a la familia que no es familia, sino en el ideal de los políticos. Este valor tradicional es pulverizado en varias escenas magistrales: la abuela que está viva, pero muerta, y "prepara" la ensalada, para luego "fumar un cigarrillo", en manos de su hija, que al parecer, por las palabras del marido, muy significativas, "deja enfriar la cena".
El matrimonio, "sin casarse", un matrimonio "sin compromiso", o sea un matrimonio "lite", se traslada a la habitación solitaria del protagonista, donde la embarazada novia-mujer (después de todo, el posmodernismo aguanta todo) tiene una cosa que no es un bebé. "Los médicos no están seguros que sea un bebé". Este modo de ver es propiamente lacaniano. Es un problema del lenguaje, que sin ir al refinamiento teórico de Lacan, se trata del repudio de una parte de la realidad. El repudio de lo simbólico primordial del lenguaje, la función nominal. Nombrar al otro, darle cuerpo a partir de la palabra. Aquí en el caso de "Eraserhead" se ausentan tanto la palabra como la imagen del bebé. La cosa eyectada por la mujer, que ya no sabe ser madre, alude a un bebé prematuro, que aún no se despega de la madre. Es precisamente lo que la completa. Es la cosa de la madre, el deseo de la madre. Al repudiar la función nominal del lenguaje, algo que habita en el lenguaje se ausenta (el símbolo), y la cosa no llega a ser niño, como en el cuento de Pinocho. Estamos ante un lenguaje holofrásico. Lynch suelta otros fantasmas, frente a lo real que aparece eyecto como la cosa: el abandono. La madre que no sabe ser madre deja al hombre, que también está aterrado de ser hombre, encargado de la cosa.
La madre, por su parte, cumple su deseo, el de la mujer que compensa su castración dándole un hijo al padre, y volviendo precipitadamente a esa matriz de la que surgió dotada de cosa. El padre, ante la enfermedad del alien, y frente a su presencia abrumadora, elige la muerte. Si bien el deseo filicida se torna omnipresente con la prohibición, matar a la cosa no es exactamente un asesinato. De hecho, no se puede matar una cosa. Solo se puede matar a un ser vivo, que escapa de la muerte. Solamente se puede cometer el filicidio con un bebé. Aquí, la paranoia de los personajes hace que la muerte de la cosa, traducida en un "cortar las vendas" y un apuñalamiento, sea lo más cercano a lo humano. En efecto, Lacan señalará que, para que haya vida, debe haber una palabra. Es la palabra del Otro, arrasadora, "cadaverizante", que introduce la pulsión en el "cacho de carne" y lo transforma en cuerpo. Un cuerpo dotado de vida en la palabra, destinado a morir. Por ello, "la vida es una enfermedad mortal", retomando las palabras del psiquiatra César Constain. La vida es un asunto del animal que enferma por el lenguaje, el animal malogrado, que ya no podrá comunicarse, pues el lenguaje impone un muro que convierte a la comunicación en una ilusión, un ideal, un ídolo de las tendencias ideológicas actuales. Aquí estriba el planteamiento de Lynch: el precio por la comodidad de la sociedad posmoderna es renunciar a lo más auténtico del sujeto, y convertirse en objeto. Esa tesis es estrictamente lacaniana.
El sujeto emerge en la angustia del personaje, cuya vivencia pasa por la frustración de ser hombre, y de ser padre. Es la frustración de ser, en la ideología. Lo vemos entonces atormentado por los "dulces avances" de una vecina que fornica a gusto con uno que otro varón complaciente. En presencia de la cosa, del no-bebé, se sumerge en el lácteo placer-dolor sexual, en la típica relación actual de "solamente sexo" - que al menos para el personaje de Lynch, es sexo "lechoso" y asfixiante en el líquido blanco -. Queda entonces ante un vacío aún mayor. Es un hombre insuficiente tanto para la mujer, que se va, como para la amante, que es de ocasión. No tiene la potencia de un padre, la potencia de la palabra que arrasa y cadaveriza, pues la mujer es sorda a lo simbólico de su enunciado. La película de Lynch se caracteriza por lo lacónico de los personajes, y lo ominoso del sonido, que también se ausenta. Llena de palabras vacías, la realidad de Cabeza de Borrador es más real que la realidad. Es un encuentro con lo ominoso, lo que se produce en el borde de la palabra, con uno de los productos de la palabra vacía: un imaginario real tenebroso, aplastante.
La cabeza se pierde, en el mundo posmoderno. La metáfora (delirante) de Lynch aparece en la escena de la pérdida de la cabeza del protagonista, frente a una alusiva chica que remite a un ideal norteamericano: Marylin Monroe, la diva rubia y tonta. Esta, sin embargo, es excesiva, en sus monstruosos cachetes y su permanente sonrisa de propaganda, que al ser "tocada" por el protagonista, le hace perder la cabeza. El vacío ya de la pérdida, que Lacan señala como la pérdida de un objeto que después de todo nunca se tuvo, se traduce en una cabeza vacía, que no sangra al caer de su lugar. La sangre se la presta el "árbol de la vida" que crece en la mesa de noche como un chamizo muerto. Esa cabeza vacía, en la sorna de Lynch, es encontrada por un niño oportunista que la lleva al industrial, productor de lápices, donde sirve magníficamente para borrar los trazos, las marcas del pasado. Una cabeza vacía, que borra. Borra al sujeto, la ciencia desprovista ya de saber, la ciencia que no piensa, que se coloca al servicio de la industria, una industria que produce capital por defecto de las promesas de bienestar social. Lynch termina mostrando cómo la sociedad posmoderna ha fracasado en sus promesas, produciendo un esquema psicótico, paranoide, donde lo simbólico se aleja cada vez más de la palabra, dejándola vacía y librada a lo imaginario, que vuelve a cubrir con un manto de púrpura y oro, lo más oscuro de lo real. Es el fracaso de la ideología, que siempre se convierte en un éxito vacío. Las soluciones, como dice Jairo Báez, hay muchas. Creo que también ha señalado que muchas de esas son desafortunadas. El problema que señala Lacan es que, desde que andamos en el malentendido del lenguaje, lo que hagamos está destinado al fracaso, pues la madre fortuna nos bendice con una realidad en falta, que nos hace desear.
Referencias:
Zizek, Slavoj. El Títere y el Enano. El Núcleo Perverso del Cristianismo. Buenos Aires: Paidós, 2005.