EL CONCEPTO DE DESMENTIDA, EL SUJETO DEL TRAUMA Y EL MALESTAR DE LA EPOCA[1]

MIRTA GOLDSTEIN[2]


En una primera aproximación, desmentir supone desarticular una mentira o una afirmación falsa, o sea, contradecirla. En psicoanálisis la desmentida es elevada a categoría de concepto inherente a una operación psíquica que guarda un estatuto diferencial con la negación.
Desmentir alude a la operación psíquica inconsciente que sostiene con una creencia irreductible, un engaño de la percepción y la conciencia; mientras una parte del Yo sabe del engaño, otra no quiere reconocerlo y se comporta  como si la representación dolorosa no existiese. La desmentida conserva un saber sobre el engaño y un descreimiento respecto del mismo, pero sobre todo, está al servicio de desconocer el dolor psíquico. Es decir, el sujeto cree en una ilusión y a la vez sabe que la ilusión es una creencia. Es de la índole de una convicción que enceguece a la percepción porque cree ver lo inexistente y se aferra a la creencia que eso inexistente es verídico. Desde un cierto punto de vista la desmentida es constituyente de los juicios de existencia y de atribución: lo que es y lo que tiene en tanto son soportes de las diferencias, pueden desmentirse para borrarlas. La hegemonía de su operatividad lleva al sujeto a actings y pasajes al acto de índole perversa o melancólica.
La desmentida se enuncia bajo el sesgo de una desimplicación subjetiva, de la siguiente manera: “No se puede creer, y, sin embargo..”; este sin embargo permite que se crea que no existe lo que es, y que se crea que se tenga lo que no existe.
La desmentida constituye un no poder creer en lo que en psicoanálisis conocemos como “castración”, por lo tanto tiene sus raíces en la sexualidad infantil. Freud destaca el tiempo lógico en que el niño se aferra a la creencia que las mujeres de su familia (madre y hermanas) tienen un órgano sexual semejante al del hombre, o se convence a sí mismo que les irá creciendo. Lo que los niños y niñas desestiman es la posibilidad de la diferencia sexual en tanto ésta angustia o genera pánico; a consecuencia de ello algunos sujetos creen ver en su madre un pene imaginario, otros sueñan con un monstruo fálico que los devora y otros intensifican fantasías de sodomía y penetración. Si bien esta organización es constituyente de la vida mental infantil, sus efectos están destinados a desaparecer bajo la represión o transformarse. Sin embargo, la cancelación de esta estructura psíquica no es completa. El quántum de no cancelación se traspone en cualidad estructural, por ejemplo, en escisión psíquica o si este quántum rige hegemónicamente el psiquismo, el sujeto deviene en  perverso, psicótico o asocial.
A nivel de los lazos sociales, la desmentida de la castración y la urgencia psíquica de un mundo sin diferencias, está en el basamento de los fanatismos, los extremismos, los totalitarismos, los fundamentalismos y los reduccionismos. Esto se debe al abrochamiento entre lo sexual infantil inconsciente y el desencadenamiento de violencia, transgresión y delito.
La castración tiene como referencia a la Ley Simbólica, o sea, una ley que siendo determinante de la transmisión del lenguaje como función de subjetivación, pone freno al dominio del goce pulsional; luego desmentir la castración es también desmentir la legalidad en el orden de la palabra. La desmentida propone negar una inexistencia: no hay no-falo en la madre, entonces, a pesar que no hay, el sujeto se convierte en autor de un hay, de un existente imposible. Por esta razón el fenómeno de la creación no prescinde de la desmentida en su acto, sólo que éste acto, al servicio de la sublimación, puede desmentir e ir más allá de la castración sin desacreditar la ley de la palabra. En cambio, la creencia a ultranza que sostiene la desmentida perversa, insiste en no permitir que la negación constituyente, termine su operación de separación, de discriminación, de diferenciación y de vaciamiento del objeto, por lo cual se constituye en el obstáculo predominante en el acceso del sujeto a la tolerancia a la incertidumbre y a la muerte.
Cuando alguien atraviesa un semáforo en rojo aparentemente sin intención, desmiente la percepción de una legalidad que rige el orden del tránsito. No desmiente la luz roja -aunque la vea sin verla-, sino la ley que se acepta tras esa luz. La conciencia no ve el signo de detención, pero inconscientemente el sujeto eliminó la ley, por lo cual su Yo cayó en un engaño y en la transgresión.
Mientras en la infancia la primacía fálica y su atribución indiscriminada a ambos sexos, son constituyentes de la subjetividad, su perdurabilidad inconsciente más allá del tiempo lógico infantil, da origen al padecimiento  del goce sádico o masoquista y al “individualismo social”.
La Mujer toda fálica no existe, formuló Lacan. Cuando una mujer desmiente esta posición no-toda fálica, habla como hombre, y cuando un hombre desmiente la posición no-toda o femenina, actúa con violencia. Por lo cual ciertos discursos aparentemente defensores de lo femenino, derivan en discursos totalitarios de lo no-femenino.
Dado que ciertos contenidos infantiles escapan a la memoria sus consecuencias se actualizan en la vida del sujeto; la imago de la mujer fálica puede retornar en un sueño o en un chiste dentro de los cuadros neuróticos, o retornar como puestas en acción impulsivo-compulsivas. En los casos en que la desmentida no cae bajo los efectos de la represión, el sujeto sueña, se levanta y pega a su mujer. No sólo está convencido que ella lo atacó, menospreció o indiferenció de algún modo, sino que además el menosprecio a la castración lo llena de odio. El odio proviene de la proyección de lo malo afuera y de la desmentida de la castración.
Para Claude Rabant[3] la desestimación -renegación o desmentida- se enuncia “como una negativa de verdad: No, no puede ser verdad. Y señalamos que esta negativa de verdad recae tanto sobre el espanto como sobre la castración: No, no es verdad, hay al menos uno que conoce este espanto -puesto que ve lo que los otros no ven. (…) El desestimador no es sino engañado a medias por su desmentida. Esto es lo que Freud llama “escisión”. El desestimador sólo es engañado a medias, pero engendra en sí mismo una desgarradura que va agravándose desde el momento en que este campo del no hay no podría anularse sino que, al contrario, como en una buena Gestalttheorie, no hace más que acentuarse y adquirir profundidad en función de lo que se desprende de él bajo la forma de la percepción fetichista de “algo que los otros no ven”.
Siguiendo esta idea podemos decir que el verdadero creyente está siempre más expuesto al paganismo y a la blasfemia, más al odio que al amor al prójimo, pero a la vez, el creyente radicalizado en su ateísmo, deviene en el instaurador de una ideología como deidad.
La desmentida cumple la función de eliminar la incertidumbre y el azar; nada indeterminado puede ser admitido, con lo cual la crueldad, la victimización y la flagelación se constituyen en tributo y testimonio a su finalidad.
Rabant, al señalar uno de los caminos que unen castración con espanto, nos permite comprender el odio a aquellos que confirman que no hay al menos uno que se exceptúa de la muerte, el dolor, la catástrofe o el martirio. En estos casos el odio al prójimo proviene de la confirmación del no-azar, confirmación que devela su inverso: la creencia desmedida en el azar como potencia absoluta. Algo de esto ocurrió con la melancolización que provocaba en los judíos victimizados en los campos de concentración, cada vez que un nuevo grupo entraba en las barracas; cada nuevo mártir confirmaba que no había uno que se salvara.
La relación entre incredulidad y desmentida se aprehende a partir de fenómenos sociales tortuosos, en los cuales el espanto y el horror son moneda corriente; se aprehende mejor pues las masas obedecen con fe incondicional al que ocupa el lugar del Ideal, ese otro elevado  a Otro absolutizado como salvador brutal.
La identificación con los hermanos de la masa convierte al sujeto en incrédulo ante el goce sádico del semejante, ante su falta de compasión y ante su impiedad. Por esta razón los testimonios de los sobrevivientes cumplen una función neutralizante del trauma y de la desmentida. Ellos atenúan el trauma: ese dolor infinito, y facilitan que alguna forma de duelo se escriba; los testimonios sobre las masacres y los holocaustos no sólo negativizan el dolor psíquico particular sino las desmentidas colectivas que se aferran a: “esto jamás existió u ocurrió, dado que no se puede creer”.
Lo increíble es aquello que se realiza a pesar de tenerse como imposible antes, pero lo increído es lo desmentido de poder ser, luego  lo desmedidamente cruel pertenece a este último orden y por ello atañe a la ética de un individuo y de un conjunto social.
El tema de la ética y por lo tanto del mal, las desmentidas y la crueldad, se instala conjuntamente con el problema de las convicciones y las decisiones que cada sujeto, cada grupo y cada generación tomen como propias y válidas.
¿Qué elegimos hacer y satisfacer?, ¿qué damos por cierto y qué repudiamos? Estas encrucijadas que se repiten inexorablemente para todo ser hablante, me llevaron a investigar en el desgarro subjetivo esparcido por el nazismo, trauma que no podía circunscribirse sólo a los judíos y a las otras víctimas. El trauma judío era y es, un trauma europeo y del mundo entero, hasta podríamos decir, se ha convertido en el paradigma del trauma de la civilización.
Este trauma del mundo se puede discernir a través del párrafo inaugural de la conferencia (después publicada) de Günter Grass: Escribir después de Auschwitz[4], el cual dice así: “…Escribir después de Auschwitz y buscar ahora un comienzo, sé que me he impuesto la insuficiencia. Mi tema exige demasiado. Sin embargo, se puede hacer el intento”. Inevitablemente nos surge la pregunta ¿a cual intento  se refiere: escribir, atestiguar -como lo hace- o buscar un (re)comienzo? Él mismo, en tanto alemán joven durante el dominio fascista, acepta que la historia quedó divida en un antes y un después de Auschwitz (nombre del Holocausto anterior a la aparición de la nominación Shoá). Es decir, también para los alemanes, aunque por distintos motivos al de los judíos, la Memoria es una cuestión de “olvidar olvidar”, lo cual requiere de una reacomodación del trauma en cada uno de los sujetos sobrevivientes, y de un reconocimiento histórico no censurado, que se transmita a las nuevas generaciones.
Tenemos que estar dispuestos a reconocer cada vez que oponemos víctimas a victimarios, hay trauma en el perseguido y en el verdugo, en el cómplice y en el neutral, aunque el efecto nocivo se halle desmentido o desplazado.
Recuerdo la conmoción que produjeron las palabras de Adorno “...escribir después de Auschwitz es una barbaridad, luego no se puede escribir después de Auschwitz”; hoy consideramos que al olvido del olvido se llega por reescrituras permanentes del trauma y no por sentencias restrictivas. Durante la Shoá, los prisioneros en los campos cantaban, componían, fantaseaban y se disociaban para poder continuar. De todos modos esta es una parte de la cuestión, la otra, la testimonia elocuentemente Elie Wiesel[5]: “¿Alguna vez sabrán ustedes lo que es despertarse bajo un cielo helado, en medio de una viaje rumbo a lo desconocido, y notar sin sorpresa que el hombre que está enfrente está muerto, así como también lo está el hombre delante suyo, y el de atrás? De pronto un pensamiento cruza por nuestra cabeza: ¿Y qué pasa si yo también estoy muerto, y no lo sé?
Tomar la frase de Adorno en sentido metafórico-poético, lleva a Grass a decir que el mandamiento de no escribir sólo se “puede refutar escribiendo”, (ídem, p.24) y a Kertész (Premio Nobel de Literatura 2002) que después de la Shoá sólo resta la cultura del Holocausto. Un alemán y un judío sobreviviendo en la escritura, testimonian, cada uno a su modo, que el trauma del mundo al repetirse, se agudiza.
Entonces propongo hablar de Memoriar -verbo inventado que prefiero a recordar-; memoriar u olvidar la tendencia al olvido, no puede devenir del imperativo superyoico de ¡No olvidar! que trae, para quien lo acata, el olvido por represión o desestimación-Memoriar implica descubrir el falseamiento de la conciencia y restituir los fragmentos de historia rechazados y desmentidos, implica rescatar del trauma una parcela de Eros que permita el resquebrajamiento de los dogmas y las certezas -al decir de Grass- enemigos de la vida.
Grass, escritor, habla como alemán advertido a posteriori, de lo que la Ilustración alemana atea no dejaba ver: las distintas facetas de la fe y la idealización que condujeron al pueblo alemán hacia el liderazgo de Hitler.
La idealización es un proceso, según Freud[6] que engrandece al objeto con valores provenientes del narcisismo infantil por lo cual  adquiere para el sujeto características psíquicas semejantes al estado de enamoramiento y pueden conducirlo a desestimar en pro del mismo, ética y moral.
Luego olvidar olvidar supone, por un lado, una operación del sujeto, y, al mismo tiempo, el compromiso de renunciar a armar un rompecabezas con todas las figuras bien dispuestas, renunciar a una buena forma donde nada falte; la verdad se alojará en esa falta. De esta renuncia surge el deseo de legar a los hijos (biológicos y  genéricos) los claroscuros por donde se filtren los contrastes y divergencias que la verdad acarrea. La verdad se semi-dice (Lacan) pues requiere de un velo y de un duelo.
Considero que desconocer el trauma alemán, el trauma europeo y el trauma del mundo, sería tan insensato como desmentir la Shoá. Luego la Shoá, es el nombre de un trauma cuyas secuelas llegan hasta hoy, porque es el trauma de los implicados y de sus descendencias.
Los judíos sobrevivientes están compelidos a desgastar el trauma y a evitar que  se borre la historia -debido a la tendencia a desvirtuar la verdad del Holocausto por ignorancia, por motivos ideológico-políticos, racistas, etc.-; los alemanes sobrevivientes también y por dos motivos. Para no caer en el nihilismo y para sobrellevar la culpa. Mientras en los primeros elaborar lo traumático corresponde a un duelo por la posición de víctimas, para los segundos es arreglárselas con la posición de “los amos de la crueldad” de una época, reconocer la desmentida de sus goce sádico y construir sobre esos escombros.
Para los alemanes, este arreglo con el trauma reviste distintas opciones: desde un desgaste paulatino en el tiempo, una  desmentida (sé lo que ocurrió pero no lo creo), una forclusión (rechazo radical del trauma en lo simbólico y de las marcas históricas: “esto jamás existió”) o una transformación subjetivo-colectiva que impida un nuevo horror.
Los grupos neonazis desmienten y hasta forcluyen lo traumático afirmando que: “un alemán nunca haría algo así” (testimonio de Grass, p. 11). La desmentida es signo del horror al horror que lleva a “no querer saber” por lo cual considero formando parte del trauma histórico tanto a la incredulidad judía ante el horror del sadismo del alemán, como a la incredulidad alemana ante el mismo horror en sí mismos: horror de reconocerse verdugos, de reconocerse en un goce más allá de la Ley Simbólica.
El diccionario nos brinda el significado de “incrédulo”: el que se resiste a creer una cosa. O sea, el sujeto incrédulo se divide, se escinde entre lo que cree o sabe y lo que resiste a ello. La incredulidad judía respecto del goce sádico condujo a un anonadamiento subjetivo: los judíos, veían, sabían, olían pero no podían creer. Los que si creían y no desmentían las percepciones de la muerte rondando los campos, huían. Fueron pocos pero los hubo. Conocí el testimonio de un sobreviviente que escapó, mientras su hermano, habiéndose negado a correr y arriesgarse, sucumbió. De esto se trataba, de tomar el riesgo de un acto y de sus consecuencias.
Wiesel agrega a continuación: “Durante la catástrofe, las víctimas eran lo suficientemente ingenuas como para estar convencidas de que el así llamado mundo civilizado no sabía nada acerca de lo que les estaba ocurriendo. Si los asesinos podían asesinar libremente, se debía tan sólo al hecho de que los aliados no estaban informados.” Hoy sabemos cuán informado estaba el mundo y sus dirigentes, y cuán ilusoria y anonadante era la creencia en la civilidad.
Por su parte, Grass recupera algunos de los lemas nazis con que se alistaba a los jóvenes muy jóvenes alemanes; de ellos rescato a modo de ejemplo el siguiente: “La bandera es más que la muerte”. Este lema constituye una de las consignas fundamentalistas que conducen a la inmolación, la guerra y al terrorismo.
La pasión nacionalista que había llevado a los europeos a la Primera Gran Guerra, retornó  engrandecida y fortificada en la Segunda. Vemos así planteada la cuestión: hay algo inolvidable del trauma, rechazado, que no se desgasta, y que por eso mismo reaparece una y otra vez como espanto que no sabe del espanto; a esta clase de no-saber lo encaro como una desmentida y/o rechazo (forclusión) que excede lo individual y que muchos han clasificado como el Mal.
¿Qué se entiende por mal y qué es el Mal? Es una pregunta a bordear, pues como proyecto de trabajo nunca podría concluirse: la historia continua ofreciendo sucesos de violencia y masacre, es decir, el Mal se alimenta de la historia y sólo a posteriori de los acontecimientos podemos hilvanar su Historia y reconstruir sus motivos.
Las primeras escenas sexuales, de crueldad y de muerte ocurren en la infancia y de ellas brotan angustia y represión, o se inscriben trazos de credulidad y anonadamiento del sujeto.  Se puede creer en la bondad y descreer de ella; se puede creer en la maldad y/o descreer de ella. Se puede creer en una y en otra y descreer de ambas. Pero peor aún resulta para un sujeto, creer en la bondad y descreer de la existencia en el otro del goce maligno; esta posición es devastadora para un niño y para un pueblo pues los hace quedar a merced del candor furioso del semejante: del cualquiera y del poderoso.
La incredulidad en la crueldad desata la crueldad sobre el incrédulo debido a que desconocer las fuerzas pulsionales en el otro, encubre el descreimiento en las propias fuerzas pulsionales (Eros y Tánatos). Este descreimiento es también melancolizante.
Las consecuencias de las desmentidas se miden en violencia; también las consecuencias de la melancolización. Grandes masas de jóvenes deambulantes, alcoholizados o drogados, padecen de melancolía social. ¿No es llamativa la tendencia a la destructividad cada vez más violenta y sanguinaria que observamos a nivel del sujeto particular y del sujeto social? Al lazo perverso, sádico y masoquista, particular de nuestra era, el sujeto responde melancólicamente. La melancolía social es un modo de desmentir para seguir creyendo. Lo que la melancolización provoca es la inhibición y la impotencia para plantear alternativas y se opone a la posición de un “descreer” subjetivante y creador.
Descreer de la vociferación del Otro es subjetivante pues introduce la vertiente del deseo que a su vez deriva de la castración simbólica; pero a este descreimiento le hace falta aún un acto cuyo efecto es justamente evitar la pasivización ante ese Ideal vuelto carnal.
Descreer, perder la garantía de la convicción radicalizada, genera incertidumbre y vuelve conflictiva y hasta dubitativa la existencia humana. Quizás convenga a los fines de precisar algunas ideas, discernir entre incertidumbre, inquietud e inseguridad. Para ello parto de la hipótesis (más allá de los análisis expertos socio-políticos y filosóficos que se asientan en la división de clases) que el mundo actual quedó dividido entre terroríficos y aterrorizados a causa de los estragos padecidos. A este acople le superpongo las otras opositividades: Oriente y Occidente, pobres y ricos, oprimidos y opresores, invadidos e invasores.
La división entre terroríficos y aterrorizados atañe a todas las clases sociales y conforma el núcleo de conflicto, violencia y segregación común a todos los Estados. Si algo se ha globalizado junto con el poder de los determinantes económicos capitalistas, son las consecuencias de un estado general de inquietud, fruto de la división que se produjo entre los que traspasan la frontera del suicidio y la inmolación, y los que temen o sienten culpa de pasar ese límite. Los que se exceptúan del “no matarás” y los que aún piensan que están excluidos del “matarás”. Los que acatan el no matar por cobardía y los que transgreden el mandamiento también por cobardía. Los que instan a matar y los que obedecen la orden de matar. Los que matan con motivo y los que matan sin motivo aparente.
El trauma del mundo se desgasta con la creación, pero se vuelve a alimentar de la violencia desenfrenada proveniente de tanta desmentida y banalización.
Llamo “inquietud” al efecto subjetivo del estado de desamparo inducido por el terror, y lo diferencio de la incertidumbre que resulta de la convergencia del azar con una situación dada. La inquietud es propia de una situación en la cual se ha convertido en ley la no legalidad de la Ley, en que se ha legitimizado lo ilícito. La consecuencia más inmediata es la pandemia de angustia y desolación que afecta a la población mundial.
Los motivos de la violencia justificada e injustificada pueden buscarse en la ignorancia, la miseria, el sometimiento y la sumisión. A estos indicadores agrego el poder desestimado de lo que retorna insensatamente porque sus condicionamientos escapan a la razón, o sea, provienen de traumas globalizados y de traumas que se siguen globalizando por diversos estados de terror: la violencia del régimen laboral, la violencia de la marginalidad social, la violencia del deterioro físico y mental de las drogas, la violencia producto del encierro ideológico, religioso, político o científico de algunos sectores, la violencia del extremismo del capital, la violencia de la destrucción del planeta, la violencia del militarismo, la violencia del estado de desesperanza e impotencia general. El mal no radica en las ciencias, la religión o la ideología, sino en el encierro en la idea única, totalizante y uniformante.
   Los efectos traumáticos sobre la subjetividad de lo acaecido en el siglo XX, pueden reunirse y describirse como una “perversión colectiva” producida por la acumulación de desmentidas de la capacidad de provocar, soportar y organizar el mal, y por la acumulación posterior de discursos que “saben o imponen” que es lo bueno y beneficioso para todos los seres hablantes de la Tierra. La extensión del discurso capitalista da cuenta de una tal perversión del Padre en la cultura pues impide transitar lo heterogéneo.
Este significante desproporcionado: Padre absoluto e insustituible, anima la nostalgia de fusión con el padre mítico, nostalgia que se engulle la virilidad y la potencia. La fusión del individuo con el Gran Padre, deshace la identificación parcial viril con el hombre-padre, y melancoliza al sujeto.
El anhelo de fusión identitaria con el Padre puede estar en la fuente del despliegue transexual y bisexual de la época, del rebrote de las ortodoxias religiosas, del hundimiento del sujeto en la toxicomanía o en el delito. En estos casos el conflicto endogamia-exogamia queda en estado latente o se resuelve inadecuadamente a través de soluciones sacrificiales.
Durante el reinado de un Padre (torturador, tiránico, arbitrario) -señal de goce ilimitado-, el sujeto deja de tener opciones de representación plural y diversificada, y pierde el ejercicio de la elección y la decisión. En cambio, la locura transgresiva o fanática y la violencia desmedida se instalan cómodamente.
Stalin, Hitler, son algunos de los nombres del Padre Tirano en la vertiente política, pero los nombres del poder exceden a dicho campo. Cada vez que un funcionario se comporta como si él fuese la ley en lugar de aplicarla, surgen el monopolio de una palabra única y el sometimiento a las reglamentaciones y a las exclusiones.
Cada vez que el terrorista entrega su vida a la causa, restituye al Padre-Amo; cada vez que un joven se entrega a la droga, ésta se constituye en su amo y en su única opción existencial. Cada uno, en su adicción al Ideal, refieren a la Sustancia Salvadora y desmienten el efecto inevitable de trauma que conlleva para la subjetividad el acatamiento al Un Padre.
   Distinguimos a nivel del sujeto singular el trauma producido por el Padre que se cree la Ley en lugar de su simple transmisor, y la angustia (denominada de castración) que atraviesa al sujeto cuando destituye al Un Padre de su lugar Todopoderoso.
Por otra parte, cada vez que hay trauma social -por acontecimientos de crueldad y aniquilamiento- localizado en alguna región, sus efectos de terror, de enajenación o de explotación se extienden, sin previsión de la magnitud de su alcance, a casi todos los confines de la tierra, y la táctica política de globalizar el sojuzgamiento ataca la subjetividad de la época. Los avances en comunicación lo hacen posible, pero el desplazamiento espacio-temporal de las ideologías totalitarias excede a ellos, más bien proviene de la expansión identificatoria con el agresor y la idealización del tirano producidas por las desmentidas particulares y colectivas.


[1] Este texto está basado en los capítulos: Trauma del mundo y El concepto de desmentida, del libro: Xenofobias, terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar editorial, Argentina, 2006, de la psicoanalista  Mirta Goldstein.
[2] Dra. En Psicología. Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina y Coordinadora del Espacio Lacan. Miembro del Comité Académico de la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad Kennedy y Profesora Titular de Teoría del Psicoanálisis. Autora de los libros: La dirección irreversible de La cura, Escrituras y topología en clínica psicoanalítica, Pensando la institución y Xenofobias, terror y violencia. Erótica  de la crueldad; además d numerosos ensayos y papers.
[3] Rabant, C.: Inventar lo real, Nueva Visión editorial, Buenos Aires, 1993, p. p. 110-111.
[4]  Grass, G.: Escribir después de Auschwitz, Editorial Paidós Ibérica, Madrid, 1999.
[5] Wiesel, E.: Súplica por los sobrevivientes, Un judío, hoy, Ediciones Seminario Rabínico Latinoamericano, Buenos Aires, 1981, p. 190.
[6] Freud, S.: Introducción del narcisismo, Amorrortu editores,  Argentina, Tomo XIV, p. 91,


 
REVISTA  PSIQUE Y SOCIEDAD
  ISSN 2011-8511
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