Encuentro con lo real
  Carlos Seijas
  “Después de haberme descubierto, no significa gran cosa encontrarme:
Lo difícil, ahora, es perderme”
  Friedrich Nietzsche,
Más allá del bien y del mal
  Resumen

  En el campo del trabajo por los Derechos Humanos en Guatemala se aborda ese encuentro con lo real que, como en muchas ciudades latinoamericanas, se presenta como caldo de cultivo producto de la violencia y la indiferencia global. La falta de estructura social, de respeto al estado de derecho, de validar al otro como sujeto y no objeto, hacia ese otro que también es uno mismo, lleva a la pregunta ¿qué hacer como analista ciudadano? ¿Qué hacer ante ese real que nos embiste? Desde el trabajo de los Derechos Humanos, se hace una propuestas y se dejan interrogantes para un buen-vivir frente al mal-estar de la ciudad.
  Palabras Claves: Derechos Humanos, Psicoanalista Ciudadano, Globalización.
  Guatemala, tierra de la impunidad, de la corrupción, un lugar donde la muerte nos acecha día a día. Una ciudad en la que el habitante, el ser hablado, no hace más que taponar eso que le desborda: lo absurdo. De una población de trece millones, aglutinados en las urbes cada vez más globales, competitivas y enfermas, siembra la semilla de un lupus que infecta a todos y cada uno de los Guatemaltecos. Infectándolos con la indeferencia, con el desprecio por los otros que son ellos mismos. Otro que los invita a violentarse, a verse como despojos, como meros homos-sacer, carne para destazar, despojos de humanos.
Guatemala, es una más,  como muchas urbes latinoamericanas, y hablo de Latinoamérica porque haciendo una metáfora si Freud nos decía que el cuerpo es el destino, nacer con un cuerpo nos inscribe como objetos del gran Otro, de ese que nos habla y nos anula, así el nacer en Latinoamérica, el ser latinoamericano y no europeo o no africano, conlleva un destino. Somos fruto de independencias por conveniencia de la oligarquía eternamente regente, de dictaduras militares que nos han enseñado a callar y hacer síntoma, a que la forma de resolver nuestros preguntas es golpeando, mancillando, violando y matando. La universalidad del silencio. Al punto que si alguien tiene algo que decir, se le considera inmediatamente un subversivo, en el más puro sentido del término: del latín subversum, supino de subvertere, subvertir,  capaz de subvertir, o que tiende a subvertir, especialmente el orden público. Para poder decir algo en una cultura del silencio, en un cuerpo-social que no habla, hay que buscar otros recursos que no sea la boca, debemos usar el cuerpo, tomar las armas, irnos a las periferias y luchar contra el sistema que nos aniquila, que nos vuelve cosa.  Véase que lo que intento es hacer una lectura de una historia que nos hermana como latinoamericanos. Luego de las revueltas volvemos a un statu quo que nos aliena en el mercado global, en el que aquellos que habían tomado las armas para hacerse escuchar, ahora toman un curul en el congreso, un puesto político y “luchan” desde las ideologías, claro, todas vendidas en el mercado global del pensamiento único. Ahora es el mercado, ese “libre” mercado, que nos limita a volvernos seres sin deseo, volcando nuestro deseo en el deseo del Otro, el que nos violenta. Nos dice qué pensar, qué sentir, qué ser en el sentido más propio: ser objeto de consumo. Nos hace creer que todos vivimos el “amercian dream”, compra y se feliz. Compra y se… ¿Ser qué? Ser homo-sacer, ser despojo. Encerrados en una cultura global de muerte, qué podemos esperar como resultado si no es un deprecio por lo más básico que sostiene lo social, el orden social, no la democracia como utopía, sino estrictamente la polis, la estructura que da orden, que da ley, el famoso estado de derecho, el respeto por lo único que debería darnos identidad, es decir ser todos los mismos, los mismos, los idénticos ante la ley. El resto debería ser un orden de la diferencia, de la subjetivación, del hacernos seres hablantes y no hablados, sujetos de nuestro lenguaje, no el del Otro global que nos unifica en su consumismo salvaje y nos invita a dejar de ser, dejar de pensar y diluirnos en le goce perpetuo que encuentra su único límite en el dinero.
¿Qué nos queda por hacer? Desde mi subjetividad, como analista ciudadano comprometido en la defensa de los Derechos Humanos, me veo ante lo real constantemente. Claro, la duda surge inmediatamente,  pues de la trinidad lacaniana, lo real resulta inaccesible, al menos para el neurótico. Mas dado el cuadro que he esbozado y que puede seguir siendo dibujado hasta lograr un Guernica, no estamos más en una sociedad neurótica, sino en una psicótica, que nos violenta con lo real. Lo simbólico y lo imaginario quedan relegados ante, como bien lo expresa Morphius a Neo en la película The Matriz, El desierto de lo real.
Trabajar en el campo de la defensa de los derechos humanos me ha enseñado esa máxima atribuida a muchos y por lo tanto a ninguno: Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla. Día a día veo lo que no se debe ver, lo vedado, lo que el habitante hablado no quiere ver, mas ávido de gozar su cultura lo lee en los folletines perversos que se hacen llamar “periodismo gráfico”, en los que a detalle muestran a un pueblo inocuo a la violencia, indiferente ante sí mismo y su inconsciente, no hacen más que gozar ante la brutalidad de lo social. Cuerpos de mujeres violados, mutilados, destrozados, dejados dentro de bolsas de basura, en barrancos, en las carreteras; niños matando a niños a adultos, a lo que sea. Cuadros grotescos en los que la violencia familiar es la norma, estadísticamente hablando, dicen las ONG’s igualmente indigentes e interesadas únicamente en justificar su existencia a través de tablas con datos que vuelven número a ese ser que yace en alguna tumba sin poder significar su muerte con el simple hecho de que su familia sepa que es él y no otro el que está ahí. Familias empobrecidas en las que los niños deben hacerse cargo de ellos mismos y sus hermanos y  muchas veces de sus padres-niños, alcohólicos, sin trabajo y disfrutan de abusar física y mentalmente de todos ellos, incluyéndose ellos mismos.
Permítaseme volver a repetir la pregunta que parece enmudecer ante tal realidad ¿qué hacer como analista ciudadano? Ya Lacan nos lo decía: De lo único que uno es culpable, es de haber cedido en su deseo. ¿Qué deseas? ¿Ser un habitante, un objeto, o un sujeto, un ser hablante, un ser que desea y plantea ante ese Otro ese padre gozador, el acto analítico? Nuestro deber es recordar que la ley freudiana no tiene perdón, no tiene misericordia ante ninguno de nosotros, todo lo que neguemos, todo eso ante lo que seamos indiferentes se volverá contra cada uno de nosotros. ¿Será nuestra tarea re-neurotizar la ciudad? Es una propuesta. A mi me gusta pensar que hay que replantear la polis, el acto creativo, hacer algo con nuestro síntoma, hacer algo y no cargarlo a los demás, hacernos responsables de eso que somos. ¿Utopía? En una sociedad de homos-sacer puede parecer una utopía. El punto no está en mostrar una y otra vez ese real que nos desborda, sino trabajarlo, en una palabra, volver a sentir, a pensar, a ser. ¿Cómo hacerlo? Antes de proponer recetas paliativas que no harían más que “curar” una llaga con una bandita, deseo dejarles el interrogante ¿qué proponen?... les dejo una pista, ya Sócrates lo sabía, y lo sabía por Pitágoras, por el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. Conoce tu historia y has algo con eso.





REVISTA  PSIQUE Y SOCIEDAD
  ISSN 2011-8511
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