La constitución de la subjetividad femenina
Susana Carolina Guzmán Rosas
"¡Desdichada de mí, si de ti quedo privada! ...
¡Oh padre! ¡Oh querido!
¡Oh tú, que en la perdurable y subterránea tiniebla
Te has sumergido!
Aunque ya no existas,
Ni por mí ni por ésta dejarás de ser amado".
Antígona [Sófocles], 406 d. C., Edipo en Colono.
Resumen
La bisexualidad originaria posibilita que en el infante habiten inclinaciones pulsionales e identificaciones hacia ambas figuras paternas. Sólo con posterioridad, alguna de dichas inclinaciones habrá de acentuarse, ello estará en función de los determinantes de la cultura que habrán de marcar el atravesamiento por el descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos, la castración, el complejo de Edipo positivo y su sepultamiento. Los tiempos referidos secuencialmente proporcionan, por su carácter universal, el basamento estructural del desarrollo psíquico de la feminidad.
Palabras clave: subjetividad femenina, bisexualidad originaria, diferencia de los sexos, castración, complejo de Edipo completo, sexualidad y psicoanálisis.
Introducción
La subjetividad es formulada por Lacan como "un sistema organizado de símbolos, que aspiran a abarcar la totalidad de una experiencia, animarla y darle su sentido" (1954b/2006, p. 68), se trata de un sistema que supera a la organización individual, pues en esencia remite a una construcción histórico-cultural, donde el sujeto es producto del mundo social que le constituye y que paralelamente él forma. En este sentido, el sujeto, ya sea femenino o masculino, es producto de una historia y de un imaginario cultural. Sin embargo, dicha historia no remite únicamente al orden social en abstracto, sino que en sí misma convoca a una historia personal que se juega en el orden del mito individual de quien se ubica ante la sexualidad en el lugar de lo femenino o de lo masculino.
A lo largo de este documento se abordará el curso paulatino que sigue la constitución de la subjetividad femenina. Cabe precisar que en este apartado se presenta una argumentación acerca de la subjetividad femenina y de los diversos tiempos por los que ésta ha de transitar, sin caer por ello en la pretensión de plantear la propuesta psicoanalítica como una teoría del desarrollo o como una simple generalización, puesto que se parte de la idea elemental de que la feminidad o la masculinidad son posiciones subjetivas que cada particular asume, como hombre o mujer, a partir de su propia historia y tal registro se dará en función de los tiempos míticos que a manera de subtemas organizan este documento.
El recorrido parte de la concepción sobre la bisexualidad originaria que permitió a Freud y posteriormente a Lacan argumentar la estructuración de un sujeto a partir de los mecanismos de defensa que se producen para operar lo concerniente al otro del propio sexo, posteriormente se desarrollan los temas de la diferencia anatómica de los sexos y sus consecuencias psíquicas, la castración y sus efectos, el arribo al complejo de Edipo, el sepultamiento de éste y su trasmudación y finalmente sobre la feminidad y sus expresiones.
1.1 Sobre la bisexualidad originaria
La bisexualidad originaria es un tópico que resulta preciso contemplar sobre todo si se parte de la idea elemental de que la sexualidad, femenina o masculina, se constituye a partir de procesos que atraviesan el desarrollo de un sujeto y que por tanto le estructuran; ello en oposición a la idea de que la dotación biológica en sí misma, a decir el sexo con el que se nace, determina la posición sexual subjetiva. Así lo señalan Roudinesco & Plon (1998), cuando precisan que el concepto bisexualidad sigue siendo clave en la teoría psicoanalítica para el entendimiento de la sexualidad, aunado al de libido y al de pulsión, y que éste progresivamente se utilizó para señalar una disposición psíquica inconsciente e inherente a toda subjetividad humana, en la medida en que la bisexualidad se funda en la existencia de la diferencia de los sexos y a partir de ello se le presenta al sujeto la necesidad de realizar una elección sexual que puede ser "a través de la represión de alguno de los componentes de la sexualidad, la aceptación de ambos o la renegación de la realidad de la diferencia de los sexos" (p. 114), lo cual permite introducir la relación entre la bisexualidad originaria y los mecanismos de defensa que operan en un sujeto a efecto de ubicarse ante ella; motivo por el cual, en adelante, se exponen los procesos que al respecto libra un sujeto desde las diferentes estructuras clínicas.
Sin embargo, el tema de la bisexualidad, aunque importante para algunos campos de saber, no es precisamente novedoso pues la idea de una disposición constitucional dual es un asunto cuyo interés se remonta hasta los tiempos de la mitología griega, lo cual puede constatarse en el discurso que Aristófanes enuncia en El banquete, antes de la intervención de Sócrates, sobre la desdicha de Andrógino, cuya disertación dice así:
En un principio tres eran los sexos de los hombres, no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que era común a esos dos … El andrógino … en efecto, era entonces una sola cosa en cuanto a figura y nombre, que participaba de uno y otro sexo, masculino y femenino … La figura de cada individuo era por completo esférica, con la espalda y los costados en forma de círculo; tenía cuatro brazos e igual número de piernas … Dos rostros sobre un cuello circular, iguales en todo; y una cabeza, una sola, sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, y también cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás según puede uno imaginarse de acuerdo con lo descrito hasta aquí … Eran tres los sexos y de tales características por la siguiente razón: lo masculino era en un principio descendiente del sol, lo femenino de la tierra, y lo que participaba de ambos de la luna porque también la luna participa de lo uno y de lo otro. Y precisamente eran circulares ellos mismos y su manera de avanzar por ser semejantes a sus progenitores. Eran, pues, terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto de que atentaron contra los dioses … Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron lo que debían hacer con ellos, y se encontraban ante un dilema, ya que ni podían matarlos ni hacer desaparecer su raza, fulminándolos con el rayo como a los gigantes -porque entonces desaparecerían los honores y sacrificios que los hombres les tributaban-, ni permitir que siguieran siendo altaneros. Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: "Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó-, voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número. Caminarán erectos sobre dos piernas; pero si todavía nos parece que son altaneros y que no están dispuestos a mantenerse tranquilos, de nuevo otra vez -dijo- los cortaré en dos, de suerte que avanzarán sobre una sola pierna saltando a la pata coja". Dicho esto, fue cortando a los hombres en dos … A todo aquél al que iba cortando, ordenaba a Apolo que le diera la vuelta al rostro y a la mitad del cuello en el sentido del corte, para que, al contemplar su seccionamiento, el hombre fuera más moderado, y le ordenaba también curarle lo demás … Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza, y morían por hambre y por su absoluta inactividad, al no querer hacer nada los unos separados de los otros. Y cada vez que moría una de las mitades y sobrevivía la otra, la que sobrevivía buscaba otra y se abrazaba a ella, ya se tropezara con la mitad de una mujer entera -lo que precisamente llamamos ahora mujer-, ya con la mitad de un hombre; y de esta manera perecían. Mas se compadeció Zeus y se ingenió otro recurso: trasladó sus órganos genitales a la parte delantera (porque hasta entonces los tenían también por fuera, y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras). Los trasladó, pues, de esta manera a su parte delantera e hizo que por medio de ellos tuviera lugar la concepción en ellos mismos, a través de lo masculino en lo femenino, a fin de que, si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie, mientras que si se encontraba hombre con hombre, hubiera al menos plenitud del contacto, descansaran, prestaran atención a sus labores y se ocuparan de las demás cosas de la vida … Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de uno a otro innato en los hombres y aglutinador de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo individuo de dos y de curar la naturaleza humana … En consecuencia, cuantos hombres son sección del ser común que en aquel tiempo se llamaba andrógino, son aficionados a las mujeres … cuantas mujeres son aficionadas a los hombres … proceden también de este sexo. Nadie, en efecto, podría creer que lo que pretenden es la unión en los placeres sexuales, y que es ése precisamente el motivo por el que el uno se complace en la compañía del otro con tan gran empeño. Al contrario, el alma de cada uno es evidente que desea otra cosa que no puede decir con palabras, sino que adivina lo que desea y lo expresa enigmáticamente … Pues la causa de esto es que nuestra antigua naturaleza era ésa que se ha dicho y éramos un todo; en consecuencia, el anhelo y la persecución de ese todo recibe el nombre de amor. Antes, como digo, éramos un sólo ser, pero ahora, por la falta cometida, hemos quedado separados por la divinidad … Yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza" (Platón, 386-370 a. C., p. 19-22).
A partir de lo anterior, podría decirse que Aristófanes define el amor como la necesidad humana de retornar a la antigua naturaleza donde reinaba la completud dual de lo femenino y lo masculino, luego entonces, hombres y mujeres ahora separados de su contraparte son seres incompletos que buscan constantemente a su parte complementaria para poder dotar de sentido a su existencia. Detrás de este mito también subyace la idea sobre la necesidad de que hombres y mujeres se complementen mutuamente para el logro de la perpetuación de la especie sobre la cual reposa la cultura, asunto que posteriormente quedará de manifiesto en los argumentos freudianos al respecto de la estructuración subjetiva que se produce a partir de la diferencia anatómica de los sexos. Pareciera entonces que la integración con el ser amado a través del amor, según se muestra en el mito de Andrógino, es un retorno a la bisexualidad originaria, donde se accede al opuesto complementario que aparece como objeto externo, tal como Freud (1905b/1998) precisa que es el tercer modo evolutivo de elección de objeto, lo que quizá implica una renuncia pulsional como parte de la condición imprescindible para la inserción en la cultura, la cual sucede a través de un proceso defensivo, ya sea de represión, forclusión o negación, en el que el sujeto se esfuerza por tramitar lo concerniente al sexo opuesto.
La importancia del discurso enunciado por Aristófanes llamó la atención de Freud en 1905b/1998 (lo cual se manifiesta en Tres ensayos para una teoría sexual) y posteriormente en 1920a/1997, de tal forma que en el documento Más allá del principio del placer refiere que la ciencia no arroja ni siquiera una hipótesis sobre la génesis de la sexualidad, pero que afortunadamente, y pese a su naturaleza fantástica, el mito platónico y particularmente el discurso de Aristófanes cumple con la condición anhelada de explicar el origen de la sexualidad a través de la derivación de una pulsión como resultado de la tendencia a restablecer un estado previo, a decir la completud del ser con sus mociones masculinas y femeninas, así a la letra Freud enuncia: "me refiero, desde luego, a la teoría que Platón hace desarrollar en El banquete por Aristófanes, y que no sólo trata del origen de la pulsión sexual, sino de su más importante variación con respecto al objeto" (1920a/1997, p. 56), dicho autor argumenta que la ansiada reunión de tales mociones se lleva a cabo a través de las pulsiones sexuales. En 1921 Freud agrega una nota al texto señalado, la cual adjudica a ciertas aclaraciones que le fueron hechas por el profesor vienés Heinrich Gomperz, dicha nota versa sobre la existencia previa de lo manifestado en la idea platónica, pues en el texto Brihadarânyaka-upanishad (800 a. C.), que es el más antiguo de las escrituras sagradas Hindúes, se describe el origen del universo a partir de Atman (el Sí-mismo o el Yo) quién no tenía alegría alguna por encontrarse sólo, de tal forma que anhelaba un segundo y como él era tan grande, como una mujer y un hombre enlazados, procedió a dividir en dos partes su propio Sí-mismo, naciendo de allí marido y mujer; por lo que cada cuerpo es en el Sí-mismo una mitad separada. No obstante a sus variantes, la idea hindú y posteriormente griega parece configurar la estructura central del mito judeo-cristiano sobre el origen del hombre.
De lo referido en ambas configuraciones míticas, hindú y griega, cabe argüir que entonces la relación entre hombres y mujeres es en realidad una relación con el sí mismo, con la parte del yo que fue relegada mediante tal o cual mecanismo defensivo. Esto es quizá el núcleo de la sentencia lacaniana de la imposibilidad de la relación entre los sexos (1971/s.f.).
Según señalan Roudinesco & Plon (1998) la concepción griega, anteriormente señalada, sobre la constitución originaria del individuo como una dualidad matizó el significado de la palabra bisexualidad en la ciencia biológica del siglo XIX, y fue Charles Darwin quien retomó el término en su obra sobre El origen del hombre y de allí éste pasó a la embriología y fue adoptado por la sexología para señalar la existencia, en la sexualidad tanto humana como animal, de "una disposición biológica dotada de dos componentes: uno femenino y otro masculino" (p. 114); dicho término llegó a Sigmund Freud gracias a la influencia de Carl Clauss y de Wilhem Fliess y fue de éste último personaje de quién Freud le adoptó hacia el año de 1890. Las ideas de Fliess al respecto se pueden ubicar en tres tiempos: en el primer tiempo Fliess, en 1896, presenta su tesis sobre la doble concepción de la bisexualidad y la periodicidad menstrual, postulando un vínculo entre los dolores del parto y los dolores menstruales, adjudicando ambos a puntos genitales localizados en la nariz; en un segundo tiempo Fliess propone, en 1897, que la bisexualidad biológica se prolonga hacia una bisexualidad psicológica y fundamenta su idea en la disposición bilateral del organismo humano, donde según él, la izquierda y la derecha regulan la organización corporal y espacial de la diferencia de los sexos (aunque lejana, esta concepción parece aún matizar el sentido interpretativo que sobre lo femenino y lo masculino se hace a través de algunas pruebas proyectivas); en un tercer tiempo Fliess se esfuerza por transformar sus ideas biológicas en matemática universal y, según la citada fuente, Freud siguió al otorrinolaringólogo al punto de hacer cálculos insensatos, canalizarle a Emma Eckstein para ser intervenida quirúrgicamente por considerar que sus padecimientos obedecían al reflejo de neurosis nasal y más aún hacerse operar él mismo sus senos frontales a la espera de curar su propia neurosis.
Así pues, en la Carta 52 que Freud dirige a Fliess, el 06 de diciembre de 1896a/1996, le señala que para elucidar clínicamente si se trata de perversión o de neurosis él se valía de la bisexualidad inherente a todos los seres humanos ya que en seres masculinos y femeninos se producía un desprendimiento correspondiente a su propia constitución biológica, pero que dicho desprendimiento derivaba en placer en el hombre y en displacer en la mujer, generándose perversión en el primero y neurosis de defensa en la segunda, más adelante afirmará que en el caso de la mujer se anuda también un excedente de placer; en dicho escrito se puede apreciar la influencia que Fliess ejerció en Freud, pues allí le manifiesta su acuerdo en la concepción referente a los periodos menstruales.
Es en 1897 cuando Freud abandona la idea de la bisexualidad como un asunto que remite por entero a la biología y se centra en la idea de la bisexualidad psíquica, trascendiendo con ello lo que podría haber sido un reduccionismo biológico, pues la considera entonces como un motor de la represión, pero diverge con Fliess señalando que no es que ocurra un conflicto entre las tendencias femenina y masculina sino que cada ser sexuado reprime o no los caracteres del otro sexo (Roudinesco & Plon, 1998); tal afirmación será sostenida también en 1918[1914]/1990. Así, Freud pensaba en un primer tiempo que la represión procedía de la feminidad para dirigirse contra la virilidad (Roudinesco & Plon, 1998), sin embargo, abandonó la pretensión de sexuar la represión. Posteriormente, en el verano del año 1899, como consecuencia a la idea de que la bisexualidad habita a hombres y mujeres, Freud afirmó que cada acto sexual es "un acontecimiento que involucra a cuatro personas" (citado en Roudinesco & Plon, 1998, p. 117). Esta aseveración también fue retomada por Lacan para su análisis sobre la imposibilidad de la relación entre los sexos, tal como se detallaba anteriormente.
En La interpretación de los sueños (1900 [1899]b/1984) en el apartado El proceso primario y el proceso secundario, Freud precisa que la teoría de las neurosis permite aseverar con certeza excluyente que las mociones que experimentaron la represión durante la infancia, a decir la mudanza de afecto o esfuerzo de desalojo, no pueden ser sino mociones de deseo sexuales que en épocas posteriores del desarrollo son perfectamente capaces de renovarse "ya sea a consecuencia de la constitución sexual que se configura desde la bisexualidad originaria, ya sea a consecuencia de influencias desfavorables sobre la vida sexual; y así ellas proporcionan las fuerzas pulsionantes de toda formación de síntoma psiconeurótica" (p. 595). El argumento anterior permite señalar que la disposición a la bisexualidad originaria y particularmente la moción sexual que afrenta al interés narcisista retorna de la represión, según veremos más adelante, escapando al control del yo, por lo que se puede añadir que dicha disposición acompaña al sujeto a lo largo de su vida, pues la represión infantil no acaba con ella, sólo la refrena y como dice Lacan lo reprimido y el retorno de lo reprimido son la misma cosa (1956a/1993).
En el año de 1901/1986, en el texto Psicopatología de la vida cotidiana, Freud relata haber confiado a un amigo, con quien solía disertar cuestiones científicas, que los problemas neuróticos sólo se podrían solucionar y comprender siempre y cuando "nos situamos por entero dentro del supuesto de una bisexualidad originaria del individuo" (p. 143), tras lo que su amigo contestó: "es lo que te dije hace ya dos años y medio en Br. [Breslau], cuando dábamos aquel paseo al atardecer. En ese momento no quisiste saber nada de ello" (p. 143), así Freud explica haber sido dolorosamente invitado a renunciar a la autoría original de la premisa sobre la bisexualidad, y aunque narra no poder acordarse en un principio de lo señalado por su amigo, posteriormente recordó que en efecto tal conversación había ocurrido y que su respuesta, en aquél entonces, había sido que no le parecía aceptable por lo que no le otorgó mayor atención, de manera graciosa Freud revela haberse vuelto, a partir de allí, un poco más tolerable ante el hecho de que no lo citaran en determinados documentos al respecto de la bisexualidad.
En Tres ensayos para una teoría sexual Freud (1905b/1998) atribuye a la constitución bisexual originaria el hecho de que en una misma persona se encuentren de manera simultánea las tendencias activas y pasivas, como en el caso del sado-masoquismo. En dicho documento, al respecto de la prevención de la inversión en la elección de objeto, Freud dice que las primeras mociones que sobrevienen en la pubertad por lo general andan un tanto extraviadas, es decir, en esta época la bisexualidad originaria retorna apuntalándose en lo corporal y los vínculos amorosos se dirigen hacia objetos del mismo sexo, sin embargo algunos factores evitan la cimentación de tal elección, ellos son: el amedrentamiento autoritario que ejecuta la sociedad contra tal inversión, la añoranza por el afecto recibido del progenitor del sexo opuesto así como la evidente hostilidad y competencia que se desarrolló sobre la figura del progenitor del propio sexo en tiempos de la castración. De lo anterior se arguye que el substrato mismo de la elección de objeto homosexual, a decir, la homosexualidad como tal, reposa en la disposición originaria de la bisexualidad y se torna efectiva en correspondencia a la ausencia de ciertos factores regulatorios, como los ya mencionados.
Más adelante, en el documento De la historia de una neurosis infantil (1918 [1914]/1990) Freud señala que hay una actitud homosexual, en sentido genital, que se reprime pero que se conserva en lo inconsciente quedándose en un estrato más profundo y, por supuesto, bloqueado. A partir de lo anterior, Freud expresa que en el caso de su paciente, un hombre, el motor de la represión "es la masculinidad narcisista genital, que entra en un conflicto, preparado desde mucho antes, con la pasividad de la meta sexual homosexual. La represión es entonces un triunfo de la masculinidad" (p. 100). Lo anterior esclarece lo sucedido a la mujer, para quien la represión de su masculinidad podría ser el triunfo de la feminidad; no obstante que la lógica por la cual esto transita sea más compleja y por tanto suceda de manera diversa. En dicho texto, Freud sigue con su idea de 1897 y aclara que no se trata de que la represión y la formación de la neurosis surjan como resultado del conflicto entre las tendencias femeninas y masculinas que habitan en un sujeto, sino que, en efecto hay dos mociones sexuales que se contraponen, lo cual se enuncia como bisexualidad originaria, y una de ellas es acorde al yo mientras que la otra afrenta al interés narcisista, por lo que cae bajo la represión del yo a favor de una de esas aspiraciones sexuales. De esto último cabe destacar dos elementos importantes: la bisexualidad originaria se refiere a la disposición innata de mociones sexuales femeninas y masculinas y en tanto que una de tales mociones es acorde al yo se señala la correspondencia entre el cuerpo y el yo, lo cual se profundizará ampliamente en otra ocasión.
Sin embargo, hay otros casos, según distingue Freud (1918 [1914]/1990), en los que ya no se trata de un conflicto dentro de la misma sexualidad, sino que se producen entre ésta y las tendencias morales del yo, pues la aspiración sexual que ya demanda reconocimiento, choca contra ciertos poderes del yo y de inmediato es repelida; esto último ha de ocurrir sin duda en un tiempo de mayor desarrollo psíquico, posterior al de la contraposición de las mociones sexuales, cuando ya se han formado las tendencias morales del yo. Así pues, Freud a la letra señala:
Destacar la bisexualidad como motivo de la represión sería entonces demasiado limitado; en cambio, el conflicto entre el yo y el querer-alcanzar sexual (libido) recubre todos los hechos. Cabe objetar a la doctrina de la "protesta masculina", tal como Adler [1910] la ha formulado, que la represión en modo alguno toma siempre el partido de la masculinidad y afecta a la feminidad; en íntegras y muy numerosas clases de casos es la masculinidad la que tiene que sufrir la represión (1918 [1914]/1990, p. 100 -101).
Es decir, la bisexualidad no es el motor de la represión, pero lo que se reprime es la moción sexual que no es acorde al yo, quien en más de algún sentido se circunscribe al cuerpo y por tanto a la dotación sexual innata, quedando claro el porqué dicha moción le produce una afrenta narcisista, en la medida en que, por otras vías, tal moción pretende llevar a cabo su divergente aspiración sexual libidinal.
A este respecto Lacan (1953/s.f.) recuerda los señalamientos freudianos, enunciados con anterioridad, en torno a que la represión permite distinguir el conflicto interior del sujeto con respecto a la bisexualidad, pues en él se produce una lucha narcisística cuyo objetivo es mantener su virilidad y suprimir por tanto su tendencia homosexual, y agrega que el yo (moi) toma partido y realiza un investimiento narcicístico de la fuerza viril, pero que sin embargo el complejo de Edipo en dicho caso aparece invertido, pues el paciente se involucra en relaciones heterosexuales de manera compulsiva e irruptiva pero desprovista de los sentimientos que normalmente ha de comportar tal situación sexual, según prosigue Lacan, la escena devastadora acaeció, para este paciente, al final del estadio del espejo tornándose pasivizante y constituyendo la fijación homosexual inconsciente. Esto lo explica Lacan en virtud de que el narcicismo es una relación libidinal con el cuerpo propio, se trata pues de una imagen especular narcisista y de una identificación al otro, pero justamente aquí se produce la ambigüedad total, ya que el sujeto es paralelamente él y otro, entonces para Lacan la bisexualidad se plantea en el núcleo de la imagen impregnante en la erotización de la imagen del otro; así pues el hombre de los lobos que queda feminizado en el inconsciente elige sobre el plano del yo (moi), con el resto de energía, la posición justamente opuesta. Lacan a la letra señala:
Todo sucede como si un fenómeno de relación imaginaria a sí mismo recubriera, apagara todo lo que es del otro registro. Por lo que la identificación a la madre en la escena primitiva es rechazada: la imagen de la identificación femenina está del lado de la imagen del cuerpo fragmentado, por detrás para el enfermo. Y es por lo cual la libido narcisista, confirmación narcisista, debe traer una denegación absoluta de su contenido homosexual: hay prevalencia de la imagen completa (fálica) del cuerpo. La reevocación de la imagen fragmentada del cuerpo provoca el resurgimiento de un estado anterior del yo (moi) y esto da angustia. Así se explica el carácter narcisista de la afirmación viril del sujeto y, de ahí, viene también la dificultad para alcanzar un objeto heterosexual (1953/s.f., p. 14).
En adelante se señalará el carácter que cobra dicha represión, en el neurótico, y el recorrido que ésta sigue, pues se trata nada menos de la salida que la bisexualidad originaria encuentra al momento de la constitución subjetiva de hombres y mujeres, a decir, de la represión de la envidia del pene en la mujer y de la represión del hombre hacia su propia feminidad y de la homosexualidad latente de ambos; posteriormente se enuncia lo concerniente a la estructura psicótica y perversa.
En 1919/1997 en su trabajo Pegan a un niño Freud, a propósito del esclarecimiento del vínculo que hay entre represión y carácter sexual, menciona la teoría de la bisexualidad para señalar nuevamente que el motivo de la represión es la lucha de los caracteres sexuales, de tal forma que el sexo predominante en una persona, a decir la disposición genital, ha reprimido y enviado a lo inconsciente la subrogación anímica del sexo que ha sido derrotado, así pues "el núcleo de lo inconsciente, lo reprimido, sería entonces en todo ser humano lo del sexo contrario presente en él" (p. 197), tras lo cual se puede argüir que en el hombre lo reprimido inconsciente se reconduce a las mociones pulsionales de carácter femenino y en la mujer lo reprimido inconsciente remite a mociones pulsionales de naturaleza masculina. Esto es ampliado por Freud, en 1931/1998, cuando reafirma que existe una disposición bisexual innegable como característica constitucional de la especie humana y señala que ésta es mucho más patente en la mujer que en el hombre, lo cual se evidencia en que, según dicho autor, el hombre sólo tiene una zona genésica rectora: el pene, mientras que la mujer posee dos zonas genésicas rectoras que son: el clítoris y la vagina, la primera de carácter masculino y la segunda de carácter femenino.
Años más tarde Freud menciona en Análisis terminable e interminable (1937a/1997) que la autoría de la idea de la bisexualidad se la debe a Wilhelm Fliess, amigo al que aludía en su comentario de 1901/1986, lo cual fue referido previamente. En el citado escrito, Freud señala que la envidia del pene en la mujer, es decir el querer alcanzar la posesión de un genital masculino, y la rebelión del hombre contra su actitud pasiva femenina hacia algún otro hombre se deben a que algo común a ambos sexos fue comprimido a partir de la diferencia anatómica de los sexos; declara Freud que ambos temas, la envidia fálica de la mujer y la desautorización de la feminidad en el hombre, se destacan dando guerra desmedida al analista y habitan a cada ser a manera de homosexualidad latente. A la letra Freud señala:
Eso común ha sido destacado muy temprano en la nomenclatura psicoanalítica como conducta frente al complejo de castración … Como se advierte por lo dicho, lo que en ambos casos cae bajo la represión es lo propio del sexo contrario (1937a/1997, p. 252).
No obstante que Freud reconoce la autoría de Fliess en materia de bisexualidad, en el señalado documento discrepa con él afirmando su desautorización plena sobre la posibilidad de sexualizar la represión diciendo que ésta es femenina o masculina, tal como lo afirmó en 1897, pues a su juicio la represión debe fundarse en argumentos que traspasen la biología, a decir "en términos puramente psicológicos" (Freud, 1937a/1997, p. 252), idea que subyace a sus argumentos sobre las consecuencias psíquicas que emergen a partir de la diferencia anatómica de los sexos y que se revisará en el siguiente apartado.
Por su parte, Jaques Lacan (1956a/1993) en la clase seis del seminario La psicosis retoma el caso Schreber para hablar del mecanismo del fenómeno psicótico, argumentación que desarrolla a partir de la frase que Freud enuncia al respecto, a saber que en Schreber "algo que fue rechazado del interior reaparece en el exterior" (citado en Lacan, 1956a, p. 118); así Lacan articula la problemática de la psicosis entorno a que algo de lo primordial en lo tocante al ser del sujeto no es simbolizado y por tanto no puede ser reprimido, como en el caso del neurótico, sino que escapa a la representación y es forcluido. Luego entonces, lo forcluido escapa a la simbolización y habrá de manifestarse en lo real, pero Lacan aclara que no es que se forcluya todo, sino que hay cosas en el psicótico que si son simbolizadas y que con ellas el sujeto "se forja un mundo, y, sobre todo, se ubica en su seno, es decir, se las arregla para ser aproximadamente lo que admitió que era, un hombre cuando resulta ser del sexo masculino, o, a la inversa, una mujer" (Lacan, 1956a/1993, p. 121).
Así, la bisexualidad originaria desempeña un papel esencial en los seres humanos, para quienes la ley se encuentra en el origen mismo y en virtud de ello la sexualidad humana se realiza a través de la ley como simbolización, el Edipo freudiano, según Lacan (1956a/1993), muestra esto y es justamente en el seno de dicha ley que habrá de producirse la verdichtung, la verdrängung, verwerfung o la verneinung, es decir, la condensación, la represión, la desestimación (rechazo o repudio) o la negación respectivamente; a éstos vocablos alemanes Lacan (1956a/1993) añade el término francés forclusión para designar el mecanismo por excelencia de la psicosis. A continuación se explican dichas expresiones en función de su operatividad.
A partir de lo anterior, se puede argüir que la verdichtung como condensación posibilita que las representaciones o investiduras de ambos sexos, provenientes de la bisexualidad originaria, puedan coexistir y satisfacerse completamente, así lo menciona Lacan cuando ejemplifica con el hombre diciendo que, en este, se pueden satisfacer completamente las tendencias opuestas "ocupando en una relación simbólica una posición femenina, a la par que seguimos siendo cabalmente un hombre, provisto de su virilidad, en el plano imaginario y en el plano real" (1956a/1993, p. 122); la verdrängung como represión muestra que la ley a través de la cual se realiza la sexualidad humana aparece como intolerable dado que la posición que se asume ante ella implica, en el plano de las significaciones, un sacrificio imposible por lo que se reprime, como ya señalaba Freud, lo inherente al otro sexo, sin embargo, la represión "se expresa de todos modos, siendo la represión y el retorno de lo reprimido una sola y única cosa" (Lacan, 1956a/1993, p. 118), así pues lo reprimido sigue circulando a través del síntoma neurótico (Lacan, 1956a/1993).
Verwerfung se toma como rechazo, repudio o desestimación, en ella una representación fue registrada, pero en un segundo tiempo ésta fue expulsada, por el yo, junto con su afecto, a diferencia de lo que ocurre con la forclusión, donde el registro de tal representación no se produce, éste es un término muy interesante porque se refiere, en sentido estricto, a una exclusión de la posibilidad de hacer una producción por no haberla hecho en su momento, ya que dicho tiempo prescribió (Académie Française de la Langue, 1798/s.f.).
La verneinung como denegación se trata de volver a encontrar un objeto a través de la negación que afecta el principio de realidad enunciado por Freud, cuyo valor radica en el juicio de existencia (Lacan, 1956a/1993).
En el fenómeno psicótico la ley que regula la sexualidad humana a través del Edipo, no es simbolizada, éste es para Lacan:
La emergencia en la realidad de una significación enorme que parece una nadería -en la medida en que no se la puede vincular a nada, ya que nunca entró en el sistema de la simbolización- pero que, en determinadas condiciones puede amenazar todo el edificio (1956a/1993, p. 124).
Lo que retorna en lo real del psicótico tiene, dice Lacan (1956a/1993), la más estrecha relación con la bisexualidad originaria, pues se trata de que el psicótico nunca integró en modo alguno la forma contraria a su posición biológica sexual; éste es el caso de Schreber, quien no logró integrar "especie alguna de su forma femenina" (1956a/1993, p. 125), la cual "sólo asoma de la manera más desdibujada en su horizonte y en su ética, y cuyo surgimiento determina la invasión psicótica" (1956a/1993, p. 124). Sin embargo, cabe precisar que para Lacan (1956a/1993) se trata de la función femenina en su significación simbólica esencial, la cual sólo la podemos volver a encontrar en la procreación, pues no se trata de masculinización o feminización, ni de fantasma de embarazo, se trata de la procreación como algo jamás conocido para Schreber.
Al respecto de lo que sucede en la estructura perversa se puede argüir que lo referente al otro sexo es refutado en virtud de que si bien se sabe la diferencia de los sexos, ésta es desmentida, operando entonces el mecanismo de la denegación de la realidad, tal como se puede apreciar en el trabajo de Freud sobre El fetichismo (1927/1998), donde el sujeto da cuenta de la diferencia de lo sexos y erige al fetiche como el medio que le permite retornar al momento inmediato anterior a su hallazgo, así el fetiche contiene elementos inherentes a la última apreciación que se produjo antes de dar cuenta de tal discrepancia y es en sí mismo el monumento a la negación de la diferencia de los sexos.
En esta misma línea de ideas, Lacan expresa (1964 [1960]/2001) en su Congreso de Boneval, lo cual aparece en Escritos 2, que la pulsión manifiesta en el sujeto una incidencia de la sexualidad, pues la pulsión en tanto parcial representa en lo inconsciente a la sexualidad, es decir, la pulsión representa para el sujeto lo que en el inconsciente remite a su ser masculino o femenino, con esto Lacan se refiere, más allá de un entendimiento biológico de la bisexualidad, a que no hay nada en la dialéctica del sujeto que pueda representar la bipolaridad de su sexo, pero la única salida es que ella se represente de manera inadecuada en la polaridad activo-pasiva de la meta de la pulsión; la sexualidad se reparte entonces de un lado al otro del borde de un sujeto al respecto de su umbral inconsciente, lo cual se tornará evidente a partir de sus aspiraciones libidinales.
Del lado del ser viviente en cuanto ser apresable en la palabra, en cuanto que no puede nunca finalmente y entero advenir, en ese más acá del umbral que no es sin embargo ni dentro ni fuera, no hay acceso al Otro del sexo opuesto sino por la vía de las pulsiones llamadas parciales donde el sujeto busca un objeto que le sustituya esa pérdida de vida que es la suya por ser sexuado. Del lado del Otro desde el lugar donde la palabra se verifica por encontrar el intercambio de los significantes, los ideales que soportan, las estructuras elementales del parentesco, la metáfora del padre como principio de la separación, la división siempre vuelta a abrir en el sujeto en su enajenación primera de ese lado solamente y por esas vías que acabamos de decir, el orden y la norma deben instaurarse, las cuales dicen al sujeto lo que hay que hacer como hombre o mujer (Lacan, 1964 [1960]/2001, p. 828).
Al respecto Lacan (1973b/2001), precisa que el término Otro requiere ser reacuñado para que cobre su sentido pleno, sentido que el autor ubica en relación al otro sexo, encontrando que el hablante, sea hombre o mujer, está identificado a un puro significante y no es más que eso: un significante, en tanto que es del decir de la encarnación distinta del otro sexo, de lo que toma su función, por tanto, asevera Lacan "el Otro, en mi lenguaje, no puede ser entonces sino el Otro sexo" (p. 52).
De los argumentos anteriormente desarrollados se desprende que la bisexualidad originaria es una disposición universal, tal como lo señala Freud (1920b/1997) y posteriormente lo reafirma Lacan (1956a/1993), a partir de ella se organizan los mecanismos de defensa que permiten, en su relación con la ley y el atravesamiento por el Edipo, devenir sujeto a un individuo y en este sentido aparece como estructurante, pues mientras que en el neurótico los caracteres del otro sexo son reprimidos y posteriormente retornan en síntomas; en el psicótico el otro sexo no se registra como significante, a decir se forcluye, retornando en lo real del delirio psicótico; para el perverso tales caracteres son negados pues la diferencia de los sexos aparece desmentida.
Sin embargo, antes de finalizar este apartado es preciso enunciar algunas ideas al respecto de la atribución que se hace al psicoanálisis, desde otras perspectivas y en algunos casos desde actores que ingenuamente se asumen conocedores de la teoría psicoanalítica, como una disciplina que reposa sobre un reduccionismo biológico pues, a saber, Freud trascendió ese límite al momento mismo de articular un discurso preciso sobre la manera en la que la disposición biológica particular permite a los individuos tornarse humanos y situarse más allá del reino animal mediante su transitar por una serie de procesos psíquicos y específicamente simbólicos en el sentido de su inserción en una cultura. Lo anterior, no implica el desconocimiento de la importancia biológica en el ser humano, pues finalmente éste es un espacio que ha de habitarle en tanto organismo vivo que posteriormente se apropia de un cuerpo que le representa. Así pues, algunas analogías, enlaces y nexos del psicoanálisis con la biología le parecieron a Freud (1920b/1997), dignos de consideración, no obstante que en algún momento tratara de mantener la distancia entre ambos campos de saber, quizá por las ya mencionadas críticas, empero, tal como lo señala en 1913a/1997 en el documento El interés por el psicoanálisis:
Luego de consumar el trabajo psicoanalítico, nos vimos precisados a hallar su enlace con la biología, y podemos declararnos contentos si ahora ese enlace ya parece haberse certificado en este o aquel punto esencial. La oposición entre pulsiones yoicas y pulsión sexual, a la que debimos reconducir la génesis de las neurosis, se continúa, en el ámbito biológico, como oposición entre unas pulsiones que sirven a la conservación del individuo y otras que procuran la pervivencia de la especie. En la biología nos sale al paso la representación más abarcadora del plasma germinal inmortal, del cual los individuos efímeros dependen como unos órganos que se desarrollaran en orden sucesivo; y sólo a partir de esa representación podemos comprender rectamente el papel de las fuerzas pulsionales sexuales en la fisiología y psicología del individuo (p. 184).
A partir de lo anterior, se puede argüir la imposibilidad de dejar de lado el reconocimiento de la referencia biológica en lo fenómenos clínicos, tal como se le presentaban a Freud en 1913a/1997, con respecto a la pulsión, a raíz de lo cual precisa:
No podemos evitar la "pulsión" como concepto fronterizo entre una concepción psicológica y una biológica, y hablamos de cualidades y aspiraciones anímicas "masculinas" y "femeninas" cuando en sentido estricto las diferencias entre los sexos no pueden reclamar para sí una característica psíquica particular. Lo que en nuestra vida corriente llamamos "masculino" o "femenino" se reduce para el abordaje psicológico a los caracteres de la actividad y de la pasividad, es decir, a unas propiedades que no se enuncian sobre las pulsiones mismas, sino sobre sus metas. En la relación de comunidad que de ordinario muestran en el interior de la vida anímica tales pulsiones "activas" y "pasivas" se espeja la bisexualidad de los individuos, que se cuenta entre las premisas clínicas del psicoanálisis (p. 185).
Más adelante, en 1920b/1997, Freud en el texto Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina señala "el psicoanálisis se sitúa en un terreno común con la biología en la medida en que adopta como premisa una originaria bisexualidad del individuo humano, así como del animal" (p. 164), enfatizando la vastísima relación entre psicoanálisis y biología. En 1937a/1997, Freud establece que la biología es una pieza del gran enigma de la sexualidad humana, pues "para lo psíquico lo biológico desempeña realmente el papel del basamento rocoso subyacente" (p. 253) y según podría añadirse, esto se manifiesta en lo real de la clínica psicoanalítica.
Por su parte Lacan reconoce la noción que aporta la biología a la concepción de la bisexualidad originaria, así lo señala en su clase 19 del seminario La angustia (1963c/2006) expresando que nos hizo falta dar un rodeo por la avanzada biología para dar cuenta de "la estricta correlación entre la aparición de la bisexualidad y la emergencia de la función de la muerte individual" (p. 283-284); lo cual, continúa el autor, aparece en la demanda a nivel genital que se dirige al paternaire, a la pareja, pues se trata precisamente de que ésta satisfaga una demanda que tiene indiscutible relación con la muerte, con la pequeña muerte que aparece en el post orgasmo; de allí que la angustia aparece por añadidura a ciertas formas de obtener el orgasmo en la medida en que "el orgasmo se separa del campo de la demanda al otro … la angustia aparece, por así decir, en ese margen de pérdida de significación. Pero como tal, sigue designando aquello a que se apunta en cierta relación con el otro" (p. 284). Así, Lacan (1963c/2006) refiere que no se trata de la angustia de castración como angustia de muerte, pues se trata de una angustia que se vincula con el campo donde la muerte se anuda de manera estrecha a la renovación de la vida y que ya en la concepción freudiana aparecía como una angustia que emerge como señal de amenaza inminente al yo (je) defendido.
La angustia de castración se relaciona con el más allá de este yo (je) defendido, en ese punto de llamada de un goce que supera nuestros límites, en la medida en que aquí el Otro aquí evocado es propiamente ese registro de real por el que se transmite y sostiene cierta forma de vida (Lacan, 1963c/2006, p. 284).
Se trata entonces, según parafrasea Lacan (1963c/2006) a Freud, de un principio de la vida por el cual para arribar a la muerte hay que volver a transitar por formas que reproducen a las que dieron ocasión al surgimiento de la forma individual, las cuales remiten a la originaria conjunción de dos, tal como se plantea en el mito enunciado por Aristófanes.
1.2 La sexualidad femenina
La sexualidad conquistó el interés de Sigmund Freud y ello se plasma a lo largo de su obra, tan es así que dicho tema es uno de los ejes fundamentales que aparece de manera constante en la disciplina psicoanalítica. La indagación del curso de los eventos sexuales infantiles, de los pacientes de Freud, y su relación con la vida adulta fue un asunto que permitió a dicho autor elaborar una teoría que permitiera dar cuenta de los mecanismos subyacentes a la neurosis y a la histeria. Así pues, entre sus valiosas aportaciones se pueden encontrar una serie de argumentos al respecto del desarrollo sexual tanto del niño como de la niña, no obstante que en el caso de la vida sexual de la mujer este asunto se le presentara, aún en pleno 1926/1996 cuando su obra ya había transitado diversos vuelcos, como un "continente obscuro" (p. 199) o desconocido, a decir, como un completo enigma acerca de la interrogante sobre lo que quiere una mujer. A continuación se detallan tales hallazgos.
Desde el andamiaje conceptual psicoanalítico, la cuestión de la sexualidad y por tanto de la subjetividad, tanto femenina como masculina, es un asunto que traspasa la biología y convoca a lo cultural, pues es sólo a partir del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos que habrá de constituirse lo que posteriormente será un hombre o una mujer. Lo cual quiere decir que se deviene mujer u hombre trascendiendo la disposición biológica sexual innata, pero organizándose psíquicamente con respecto a ella, pues tal como se ha precisado, en el apartado anterior, existe en todos los seres humanos una disposición a la bisexualidad. A este respecto Lacan (1964c/1993) influenciado por la obra levistraussiana menciona que el estructuralismo moderno logró precisar que:
Los intercambios fundamentales ocurren en el plano de la alianza, opuesto al de la generación natural, al del linaje biológico, es decir en el plano del significante. Y allí justamente encontramos las estructuras más elementales del funcionamiento social, estructuras que han de inscribirse en términos de combinatoria (p. 157).
Luego entonces, lo femenino y lo masculino devienen del universo simbólico, de lo social que se circunda en el lenguaje permitiendo que, posteriormente, tales categorías se instauren, en el cuerpo que entonces deja de ser un mero organismo, a partir de un juego alternativo de dicotomías. A partir de ello, Lacan en 1964c/1993 señala "una afinidad entre los enigmas de la sexualidad y el juego del significante" (p. 157), se trata entonces de una cadena de significantes que a partir de ciertas condiciones históricas determinan el ser particular de un sujeto femenino o masculino, es decir, la subjetividad. Sin embargo, el hecho de que se trate de posiciones complementarias, es lo que posibilita que tanto lo femenino como lo masculino, aún en un mismo ser, se despliegue en lógicas distintas. Éste asunto cobra relevancia, en tanto que, a lo largo del desarrollo de la sexualidad tanto el niño como la niña habrán de atravesar distintos procesos y momentos psíquicos, a partir de los cuales habrá de entretejerse para ambos casos una posición subjetiva desde lo femenino o desde lo masculino y en consecuencia se esbozará el vínculo hacia los otros como semejantes y como opuestos. En ésta intersección es que se habrá de articular a lo femenino una concepción peyorativa que más tarde hará su puesta en escena, en algunos casos, en el fenómeno de la violencia hacia las mujeres, por parte de su pareja.
Pero, ¿qué es lo que anima la constitución de la subjetividad femenina?, es decir, ¿cuáles son las particularidades subjetivas que tienen lugar en un ser genitalmente femenino?, al respecto Freud, a lo largo de su obra plantea los momentos míticos a partir de los cuales se estructuran y diferencian hombres y mujeres. Así, partiendo de la disposición bisexual originaria que habita a todos los seres humanos, en algún momento el infante habrá de dar cuenta de la diferencia anatómica de los sexos y sobre ello habrá de edificarse cronológicamente el atravesamiento por la castración y el Edipo en la mujer, lo cual sucede a la inversa en el hombre. En ello, para responder a las preguntas planteadas, se despliegan una serie de consecuencias psíquicas que habrán de organizar la subjetividad femenina, la elección de objeto y, a decir, la relación de una mujer con sí misma y con los otros. A continuación se desarrolla una serie de argumentos al respecto de la manera en que se organiza la subjetividad femenina.
1.2.1 La diferencia anatómica de los sexos
El tema de la diferencia anatómica de los sexos ocupó la atención de Sigmund Freud, luego de percatarse de que, contrario a lo que había sostenido en ocasiones anteriores, los procesos de organización libidinal que sigue el desarrollo psíquico del niño y de la niña no son iguales, en sentido estricto, pues existen entre los sexos diferencias puntuales; tales diferencias se esbozan en el texto Tres ensayos para una teoría sexual (1905b/1998) y posteriormente se enuncian de manera profunda y contundente, articulados a nuevos planteamientos, en el documento Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos (1925/1997), éste último título permite desplegar que la disposición anatómica de los sexos trae consigo ciertas implicaciones que, a manera de consecuencias, organizan la estructura psíquica y, a precisar, la posición subjetiva desde la cual se ubica un particular ante el propio sexo y por derivación ante el otro sexo.
Tras el párrafo precedente, cabe recordar que la posición que se asume ante lo propio y ajeno del sexo es instituyente en el sentido de que, tal como se señaló en el apartado sobre la bisexualidad originaria, los mecanismos de defensa que determinan la estructura de un sujeto se erigen a efecto de ocuparse de lo opuesto del propio sexo de cada ser.
Antes de enumerar las mencionadas diferencias de los sexos, cabe precisar que para Freud (1933 [1932]c/1997), la libido es "la fuerza pulsional de la vida sexual" (p. 121) y como la vida sexual está regida por la polaridad entre lo masculino y lo femenino, la libido debe situarse en relación a dicha oposición; sin embargo, cabe considerar que:
Existe sólo una libido, que entra al servicio de la función sexual tanto masculina como femenina. No podemos atribuirle sexo alguno; si de acuerdo con la equiparación convencional entre actividad y masculinidad queremos llamarla masculina, no debemos olvidar que subroga también aspiraciones de metas pasivas (p. 122).
También es preciso señalar que, tal como menciona Frida Saal, (1981) la diferencia anatómica de los sexos, es "entendida como presencia o ausencia del pene" (p. 137), y además es para el psicoanálisis el requisito previo indispensable para centrar en una aproximación correcta el tema de la sexualidad, ya sea masculina o femenina. La importancia de tal consideración se advierte de inicio, en virtud de que una de las teorías infantiles comunes a ambos sexos es la creencia en la posesión de un pene (Freud, 1908b/1996), a lo cual se atribuye la alta estimación simbólica de tal órgano. Puntualizado lo anterior, a continuación se presenta, de manera esquematizada, un resumen sobre las características esenciales del desarrollo de la sexualidad, dividido por etapas, mismas que fueron señaladas por Freud en su documento Tres ensayos para una teoría sexual (1905b/1998, p. 200-210).
Características comunes al desarrollo de ambos sexos
Bebé
Pulsión Trae consigo gérmenes de actividad sexual. Son esbozos de una organización de componentes pulsionales sexuales. Hay una disposición bisexual originaria y por tanto a las perversiones. La pulsión sexual está compuesta por muchos factores. La primera satisfacción sexual está conectada a la nutrición y en ella se funda el erotismo oral.
Zona erógena rectora La boca.
Meta La nutrición.
Objeto Está fuera del propio cuerpo, es el pecho materno.
Otras características Hay disposiciones masculinas y femeninas. La nutrición produce satisfacción sexual que después se reproduce en el chupeteo.
Infancia
Pulsión Existen pulsiones parciales que adoptan la forma pasiva. La pulsión es autoerótica, tras la pérdida de objeto; es decir tras la pérdida del pecho materno el objeto pulsional se retrotrae de lo externo a lo interno; entonces, la pulsión no está centrada, carece de objeto, las mociones sexuales no están conjugadas y no hay síntesis de los componentes pulsionales singulares. Se forman dos tipos de organizaciones:
1. Pre-genital: sadismo y erotismo anal.
2. Genital.
Zona erógena rectora La activación auto erótica es la misma. La libido es de naturaleza masculina. Se despliega en dos tiempos:
1. Etapa de florecimiento sexual entre los dos y cinco años.
2. Período de latencia, aprenden a amar a otras personas que satisfacen sus necesidades y remedian su desvalimiento. Las mociones sexuales infantiles se exteriorizan:
a. La excitación sexual perdura y ofrece acopio de energía que, en su mayor parte, se utiliza para fines no sexuales. Lo cual permite edificar los sentimientos sociales y las barreras sexuales.
b. Como práctica sexual proveniente de diversas fuentes: ya sea como producto primario, a partir de las zonas erógenas (todo lugar de la piel y cualquier órgano, incluidos los de los sentidos, además de las zonas privilegiadas, de origen, por ciertos dispositivos orgánicos) o como producto secundario, es decir como procesos orgánicos (movimientos intensos del ánimo, como la dicha o la pena).
Meta Ganancia de un cierto placer, perseguida por fuentes no conjugadas. Hay imprecisión de la meta sexual. Aunque ésta se plantea como una aspiración al onanismo.
Objeto Hay una pérdida de objeto (del pecho materno), por formación de la representación de quien satisfacía necesidades. Los restos de éste preparan la nueva elección de objeto para restaurar dicha pérdida. Así madura una elección objetal.
Otras características Hay disposiciones masculinas y femeninas, por lo que no hay posibilidad de una diferencia plena entre los sexos. Las expresiones sexuales son masturbatorias. El trato con los cuidadores es fuente continúa de excitación y de satisfacción sexuales, a partir de las zonas erógenas. La ternura despierta la pulsión sexual. Aparecen los diques inhibidores (definidos como poderes encaminados a mantener la pulsión dentro de ciertas vías) de la sexualidad: vergüenza, asco, compasión, moral y autoridad. Los genitales comienzan a hacerse notables, por estimulación directa o por inervación a otras fuentes.
Pubertad
Pulsión Se produce el despertar de la pulsión sexual por condiciones corporales adecuadas. La ternura infantil se inervó a las zonas genitales.
Zona erógena rectora Genital.
Meta Se unifica. La meta es el vaciamiento de los productos genésicos y poner fin a la excitación sexual.
Objeto La elección de objeto se consuma primero en la representación, es decir en la fantasía, donde las inclinaciones infantiles emergen con refuerzo somático, ésta es guiada por indicios infantiles de inclinación sexual del niño hacia los padres y cuidadores. Se consuma el hallazgo de objeto, que no será más que un reencuentro con un objeto primordial de la infancia. Se propicia la atracción por el sexo opuesto.
Otras características Se produce una separación tajante entre el carácter masculino y femenino. Se afirma el primado de las zonas genitales. Éste se consuma por aprovechamiento de placer previo. Hay un desasimiento de la autoridad parental que permite establecer la barrera del incesto, desviando las inclinaciones sexuales infantiles hacía personas semejantes contemporáneas. Se producen dos tiempos:
1. Separación de los procesos somáticos y psíquicos del desarrollo.
2. Unificación de procesos somáticos y psíquicos del desarrollo por la función del amor, que permite inervar los genitales.
Con posterioridad a las etapas señaladas, según indica Freud (1905b/1998), se producirá en ambos casos un afianzamiento de la maduración sexual y del primado de la genitalidad, lo cual tendrá como característica permanente mantener la aspiración a una meta sexual única, sin embargo, la pulsión estará compuesta de múltiples mociones de la vida sexual infantil y ellas determinarán la elección de objeto sexual.
No obstante, también se suscitan características propias a cada sexo, ellas se producen fundamentalmente en la infancia y la pubertad, y se enuncian como sigue (Freud, 1905b/1998):
1. En el infante hombre la zona erógena rectora es el glande, mientras que para la mujer es el clítoris, Freud señala una homología entre ambos, por lo que aduce que la sexualidad en ambos casos posee un carácter enteramente masculino, en virtud de ello, en la niña existe una mayor inclinación a la represión sexual, pues tal contención recae sobre el carácter viril de su sexualidad, logrando que las pulsiones parciales de la sexualidad adopten una forma pasiva; por ello los diques inhibidores de la sexualidad se desarrollan antes en la mujer y con menores resistencias que en el varón.
2. En la pubertad, debido a la madurez sexual y el afianzamiento de los genitales como zona erógena rectora, la meta sexual se unifica y para el hombre se torna en el penetrar una cavidad corporal, además de experimentar un gran empuje de la libido que produce una sobreestimación sexual. En contraparte, la mujer experimenta una nueva oleada de represión, que recae sobre el clítoris, esta nueva represión se encamina a eliminar un sector de la virilidad infantil y prepara el cambio de zona genital rectora, reforzando las inhibiciones sexuales; en adelante el clítoris tendrá la función de transmitir la excitación a las zonas vecinas, mientras tanto habrá una anestesia vaginal que culminará cuando se haya inervado plenamente el placer cliteroidiano a la vagina, configurándose ésta como la nueva zona erógena rectora.
Así pues, Freud (1905b/1998) esbozaba las diferencias del desarrollo en cada sexo en un tratado general sobre la sexualidad y en 1908b/1996 menciona que la teoría infantil, de que ambos sexos poseen pene, está presente en niños y niñas; pero años más adelante, la experiencia clínica le haría llegar a precisiones fundamentales sobre el carácter diferencial de los sexos, a partir del decaimiento de tal presuposición o teoría infantil. Luego entonces, Freud (1925/1997) señala que el descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos trae como consecuencia diferencias psíquicas entre niño y niña, las cuales se suscitan en torno a: la fase preedípica y la elección objetal, el arribo a la castración y su consecuente relación al tiempo del Edipo, así como a lo que deviene del Edipo y su sepultamiento; tales diferencias psíquicas podrían enunciarse como sigue:
1. A divergencia de lo que ocurre con el niño, en la niña se produce un desasimiento del primero objeto de amor, a decir, de la madre o quien cumpla con las funciones de lactancia y crianza, para investir en el tiempo del Edipo un segundo objeto de amor: el padre.
2. La zona erógena rectora, en la etapa fálica, es al inicio en ambos casos de naturaleza masculina, para el niño es el pene y para la niña el clítoris, sin embargo en ésta última se habrá de producir, en otro tiempo, una resignación que llevará al abandono del onanismo cliteroidiano para dar paso al investimiento libidinal de la vagina como zona rectora posterior.
3. La castración encamina a la niña al complejo de Edipo, mientras que en el niño ésta tiende a propiciar su sepultamiento.
4. Al tiempo del descubrimiento de la diferencia de los sexos, de la posesión o no del pene, la niña da cuenta inmediatamente y se introduce de manera inminente en tal realidad volviéndose víctima de la envidia del pene, mientras que el niño se percata de ello pero en él esto no cobra sentido sino hasta el momento de la amenaza real de castración al tiempo que sucede al Edipo. Así, mientras que para la niña se trata de una castración real, para el niño se trata de una amenaza de castración, la cual puede atestiguarse en el cuerpo de la niña.
5. En el niño, tras el sepultamiento del complejo de Edipo adviene la formación del superyó como heredero de aquél, mientras que para la niña el complejo de Edipo está destinado a no sucumbir de manera efectiva, lo que propicia que tal instancia surja en ella de manera endeble, pues en ello radica que, tras el advenimiento a la promesa edípica del hijo del padre, se erija la subjetividad femenina que promueve la cultura para la perpetuación de la especie.
Como puede apreciarse, las aseveraciones freudianas, sobre las consecuencias psíquicas de la diferencia de los sexos, se sitúan en un fundamento que remite a un orden biológico, el tener o no pene. No obstante, ello aduce a la idea de que a partir de esta diferencia anatómica los agentes de uno u otro sexo son conducidos a organizaciones psíquicas diferentes, en tanto que su travesía por el Edipo y la castración se suscita en un orden disímil.
Luego entonces, se parte de la idea de un sustrato biológico, el pene, que permite configurar una dimensión simbólica que contiene su referente primario, pero que en un segundo tiempo le trasciende.
Así tenemos que, como ya Sigmund Freud esbozaba en 1908b/1996, el pene es desde la infancia una zona erógena rectora, y a decir el primordial objeto sexual autoerótico, añadiendo que la alta estima de la cual goza tal órgano obedece a la incapacidad que tiene para representarse "sin ese esencial ingrediente a una personalidad parecida al yo" (p. 192). En 1925/1997, Freud retoma el carácter simbólico que connota el vocablo pene para la teoría psicoanalítica, pues señalaba que éste posee una investidura narcisista, extraordinariamente alta, en virtud de su significación orgánica trascendental para la supervivencia de la especie; lo cual remite claramente a un valor adicional, y por tanto simbólico, que se adhiere al órgano sexual masculino y por tanto le permite ubicarse más allá de sí mismo, es decir, más allá de lo que denota; en adición, Freud lo ubica como un concepto vinculado a un orden social que asegura el triunfo de la generación sobre el individuo a partir del complejo de Edipo, el horror al incesto, la institución de la conciencia moral y la moral misma.
Cabe añadir, como lo hace Freud (1910[1909]c/1998), que el desarrollo sexual contiene en sí mismo una cierta predisposición a la patología, pues aunque teoriza las coordenadas generales que éste ha de seguir en cada sexo, resta considerar las particularidades que atraviesen la historia de cada sujeto.
Una proposición de la patología general nos dice que todo proceso de desarrollo conlleva los gérmenes de la predisposición patológica, pues puede ser inhibido, retardado, o discurrir de manera incompleta. Lo mismo es válido para el tan complejo desarrollo de la función sexual. No todos los individuos lo recorren de una manera tersa, y entonces deja como secuela o bien anormalidades o unas predisposiciones a contraer enfermedad más tarde por el camino de la involución (regresión) (p. 41).
Lacan por su parte, se interroga acerca de la función fálica y de su carácter universal, tal como se aprecia en su Clase 17 del Seminario 19 (1972e/s.f.), retomando con ello las ideas freudianas acerca del pene como significante de deseo y a la par como significante de la castración, en tanto que para la mujer es una aspiración que habrá de determinar su función cultural a partir de la renuncia al pene a cambio de la promesa de tener un hijo del padre y posteriormente de algún representante de éste; para el hombre esto se vislumbra en la amenaza de castración que aparece tras el complejo de Edipo por la cual se ve obligado a renunciar a su aspiración de tener a la madre como objeto de amor; sin embargo, en ambos casos la aspiración última conserva vestigios de la apetecida originalmente, en tanto que deriva de ella a manera de sustituto. A partir de tales concepciones Lacan (1972e/s.f.) llama función fálica a la función de la castración, pero alberga la pregunta sobre el carácter universal de ella, lo cual le permite arribar a la idea de que ha de haber una lógica presente que dote tal carácter y con ello deriva en las fórmulas de la sexuación.
Según señalan Roudinesco & Plon (1998), en el contexto de su último viraje lógico, donde aparecieron las nociones de nudo borromeo y matema, Jacques Lacan elaboró un matema sobre la identidad sexual, de esta forma aspiraba a superar el falicismo freudiano y establecer su propio análisis de la diferencia de los sexos y de la sexualidad femenina, utilizando para ello el cuadrado lógico de Apuleyo, tras lo cual enuncia cuatro proposiciones lógicas que se denomina fórmulas de la sexuación, mismas que son entendidas como enunciados lógicos para traducir la diferencia de los sexos y la sexualidad femenina. Las dos primeras proposiciones ostentan un carácter universal y para Lacan (1972e/s.f.) resumen la concepción freudiana de la libido masculina como única, con el falo asimilado al pene, sin embargo, esta posición aparece inadmisible para Lacan, pues da cobijo a la idea fantasmática de una complementariedad entre hombres y mujeres, desembocando en una concepción del Uno como negación de la diferencia y exclusión de la castración; enseguida vienen otras dos fórmulas, ambas se refieren a una particular negativa. Para tal análisis Lacan (1973b/2001) retoma las concepciones aristotélicas sobre las proposiciones universales, particulares, ambas en sus vertientes positiva y negativa. A continuación se desarrollan dichas proposiciones, tal como lo explica Lacan (1972e/s.f.) en la Clase 17 del Seminario 19:
1. Todos los hombres poseen falo.
2. Ninguna mujer posee el falo.
3. Todos los hombres, a excepción de uno, están sometidos a la castración. Pues la existencia de un todos sometidos ($) a la castración, implica que debe haber al menos uno que no está sometido a ella (x) y por tanto puede hacer efectiva la castración, éste no sometido es el padre, tal como sucede en el mito de la horda primitiva de Freud (Tótem y tabú, 1913 [1912-1913]/1997) donde el padre puede poseer a todas las mujeres. Entonces la fórmula se expresa: $x, dado que hay una x que dice no a la función $, es decir que hace excepción señalando: todos menos uno.
4. No existe una x que haga excepción a la función fálica. La fórmula se expresa x Fx; es decir, no hay una x que diga no a la función fálica, entendida como la función de la castración, pues ésta acontece y estructura a hombres y mujeres. Sin embargo, en este punto Lacan proporciona una diferencia fundamental entre las posiciones femenina y masculina, pues señala que para el conjunto de hombres, como un todo, hay una x que indica que al menos uno no está castrado, que es precisamente quien castra, pero no existe para el conjunto mujer un equivalente del padre originario que escapa a la castración, ese "al menos-Uno" (p. 86) del conjunto "hombres" (p. 87). Luego entonces, todas las mujeres tienen acceso sin límites a la función fálica. De modo que hay una asimetría entre los sexos que se manifiesta en su manera de gozar.
La importancia del tema de la diferencia de los sexos en la teoría psicoanalítica, queda de manifiesto en la conferencia 20, titulada La vida sexual de los seres humanos, donde Freud (1917 [1916]a/1998) señala la dificultad para indicar el contenido del concepto sexual y precisa que lo único pertinente para definirlo sería contemplar como sexual a "todo lo que se relaciona con la diferencia entre los dos sexos" (p. 277), pues de no ser así se corre el riesgo de tomar por transposición el sentido ya señalado de la palabra sexual por otros tales como placer, reproducción o alguna otra connotación de orden moralista.
Cabe señalar que la definición enunciada con anterioridad tiene un basamento biológico, sin embargo, la diferencia de los sexos que tanto llama la atención de Freud no es una diferencia orgánica en sentido estricto pues se trata precisamente de las consecuencias psíquicas que de ella emergen, las cuales por axioma se sitúan más allá de lo biológico, pautando la estructuración subjetiva de un ser. A partir de lo anterior se puede argüir que la diferencia entre los sexos está en el fundamento mismo del desarrollo psíquico de un sujeto ya sea femenino o masculino, pues tras el descubrimiento de dicha diferencia se suscitan una serie de consecuencias que habrán de organizar la estructura psíquica de un sujeto.
Más tarde, en Análisis terminable e interminable (1937a/1997) Freud señala que hay dos temas esenciales que dan guerra desmedida al analista y que ambos remiten a la misma ley, a decir a la diferencia entre los sexos; dichos temas "en recíproca correspondencia son, para la mujer, la envidia del pene -el positivo querer-alcanzar la posesión de un genital masculino-, y para el hombre, la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre" (p. 251-252); aparece aquí la desautorización de la feminidad como un asunto, común a ambos sexos, que fue comprimido y expresado en otra forma en virtud de la diferencia de los sexos. Tal desautorización le parece a Freud la manera correcta de describir un fragmento "tan asombroso de la vida anímica de los seres humanos" (p. 252), a saber, la angustia de castración que se promueve de diferente manera según sea el caso.
Con el propósito de mostrar una intelección precisa al respecto del curso que siguen las diferencias señaladas, en los apartados siguientes se enunciarán las particularidades que se suscitan en torno a la sexualidad de la mujer, lo cual permitirá puntualizar los aspectos fundamentales para la comprensión de los destinos de la feminidad.
1.2.2 Fase pre-edípica: el primer objeto
La fase de ligazón exclusiva a la madre reclama, según Freud (1931/1998), una significación de mayor trascendencia en la mujer que en el hombre, esta fase puede llamarse pre-edípica y en algunos casos dura hasta después de los cuatro años de edad (Freud, 1933 [1932]c/1997). En adelante se mostrará el porqué de su importancia.
Tras algunos años de indagaciones al respecto de la sexualidad infantil Freud corrige sus aseveraciones anteriores (1925/1997) al respecto de que el niño tenía como primer objeto de amor a la madre y la niña en contraparte al padre, señala entonces que "inicialmente la madre fue para ambos el primer objeto, y no nos asombra que el varón lo retenga para el complejo de Edipo" (p. 270), sin embargo, a dicho autor aún le intriga cómo llega la mujer a resignar dicho objeto para tomar al padre a cambio. Para esclarecer tal resignación, Freud recurre a los hallazgos clínicos que le permiten profundizar en la prehistoria del complejo de Edipo en la mujer. Así pues, Freud (1925/1997) señala que la fantasía de deseo de tener un hijo del padre, en la cual culmina la intensa y tenaz ligazón-padre, fue también la fuerza pulsional del onanismo infantil de la mujer y que el análisis profundo muestra que su complejo de Edipo tiene una larga prehistoria ya que éste es, por decirlo de algún modo, una formación secundaria, tal prehistoria se refiere a la vertiente negativa del complejo de Edipo en la mujer, tal como se afirma en el texto Sobre la sexualidad femenina (Freud, 1931/1998). En dicho trabajo Freud menciona que las fantasías tempranas de la niña sobre ser seducida por su padre en realidad reconducen a relaciones anteriores, a saber, a relaciones con la madre y postula que también en la mujer el primer objeto de amor es la madre, así pues las condiciones primarias en las cuales se produce la elección objetal son las mismas para ambos sexos, sin embargo en la niña "al final del desarrollo, el varón padre debe haber devenido el nuevo objeto de amor; vale decir: al cambio de vía sexual de la mujer tiene que corresponder un cambio de vía en el sexo del objeto" (p. 230).
Los vínculos libidinosos de la niña con la madre son diversos y atraviesan por las tres fases de la sexualidad infantil, cobrando los caracteres de cada una de ellas, por lo cual éstos se expresan mediante deseos orales, sádico-anales y fálicos que subrogan mociones activas y pasivas y son por completo ambivalentes, es decir, de naturaleza tierna y hostil-agresiva; los últimos salen a la luz hasta que han sido transformados en representaciones de angustia.
No obstante que, no siempre es fácil pesquisar los tan tempranos deseos sexuales, aquellos que se expresan con mayor frecuencia en la niña son (Freud, 1933 [1932]c/1997):
1. Hacerle un hijo a la madre.
2. Parirle un hijo a la madre.
3. La angustia, referida a la madre, de ser asesinada o envenenada, que puede posteriormente ser el núcleo de la paranoia.
4. La fantasía de seducción por la madre, en la prehistoria preedípica de la niña. Fantasía que toca el terreno real por los cuidados corporales brindados por la madre.
Sobre los motivos para el desprendimiento amoroso de la madre, Freud (1931/1998) indica los siguientes:
1. La niña descubre la diferencia anatómica de los sexos y la asume como una inferioridad orgánica, de la cual culpa a la madre generándose un resentimiento contra ella por haberla traído al mundo sin pene.
2. La niña pequeña, ejecuta su onanismo sobre el clítoris, ésta es entonces, una forma de actividad fálica que transcurre de manera libre. Sin embargo, en algún momento recae sobre ello la prohibición, de tal forma que la niña se ve forzada a abandonar su actividad viril. Esto provoca que la niña se rebele contra la persona que prohíbe y sea la madre o sus sustitutos la niña atribuirá a la madre tal cosa, pues los suplentes son para ella una prolongación de la madre, ya que "más tarde se fusionan regularmente con ella" (p. 234).
3. El que la madre no haya alimentado lo suficiente a la niña, lo cual se asume como falta de amor.
Tras lo anterior, se puede concluir que los motivos de la resignación de objeto materno, señalados por Freud, tienen estrecha relación con una función que establece un corte subjetivo en la niña, pues primero, al tiempo del destete la madre establece una separación entre ambas, es decir, ejerce una función de limite; segundo, la madre la trae al mundo sin pene, es decir, castrada en lo real del cuerpo; tercero, la obliga a renunciar a una actividad fálica que se ejercía sobre un órgano que fantasmáticamente se había homologado al pene.
Por último, cabe señalar que los procesos subjetivos no sólo acontecen en un tiempo histórico datable, pues ellos se reorganizan en diversas etapas, tal es el caso del desprendimiento amoroso de la madre, pues éste se afianza en la pubertad cuando la madre asume el papel de protectora de la castidad de la hija, donde la represión va encaminada a destruir los restos de actividad masculina que se circunscriben al clítoris.
1.2.3 La castración y sus efectos
El término castración proviene del latín castratio y surgió a finales del siglo XIV para designar la operación mediante la cual se priva de sus glándulas genitales, necesarias para la reproducción, a un hombre o animal y Freud lo retoma para señalar el complejo de castración como los sentimientos inconscientes de amenaza que experimentan los infantes tras constatar la diferencia anatómica de los sexos (Roudinesco & Plon, 1998).
En 1925/1997 Freud señala que "el onanismo de la primera infancia, cuya sofocación más o menos violenta, por parte de las personas encargadas de la crianza, activa el complejo de castración" (p. 269), a ello, el autor añade posteriormente que en la niña el complejo de castración se inicia con la visión de los genitales del otro sexo (Freud, 1933 [1932]c/1997). Según señala Freud (1931/1998), toda niña pequeña está destinada a descubrir la diferencia anatómica de los sexos, evento que no carece de consecuencia, por el contrario, se convierte en el fundamento que estructura la subjetividad femenina con independencia a los caminos que ella siga. Desde ésta lógica, la primera reacción de la niña es de completa desvalorización de la feminidad y de la figura materna, sin embargo, en un segundo tiempo, la niña "reconoce el hecho de su castración y, así, la superioridad del varón y su propia inferioridad, pero también se revuelve contra esa situación desagradable" (p.231), tras lo cual surgen tres caminos posibles de recorrer:
1. Se promueve un apartamento general de toda actividad sexual. La naciente mujer se asusta ante la comparación con el varón, se torna insatisfecha con su clítoris y renuncia a cualquier actividad fálica, y con ello a toda su sexualidad, pues cabe recordar que la sexualidad de la niña se ejerce por ésta vía.
2. La niña se aferra a la masculinidad amenazada y procura autoafirmársela.
3. Se produce la actitud femenina normal, en la que la niña toma como objeto al padre y de esta manera arriba al complejo de Edipo positivo.
Otras ideas de importancia crucial en torno a la castración y sus efectos, son señaladas por Freud (1937a/1997) en su documento Análisis terminable e interminable, donde indica que es preciso que, en alguna medida, el complejo de masculinidad se sustraiga a la represión para que contribuya a edificar la feminidad, lo cual sucede por transmutación, pues "del insaciable deseo del pene devendrán el deseo del hijo y del varón, portador del pene" (p. 252). Sin embargo, en dicho texto Freud aduce que con harta frecuencia el deseo de masculinidad se ha conservado, como tal, en lo inconsciente y despliega a partir de la represión sus efectos perturbadores, pues éste no fue transmutado en deseo del pene, por lo que no se produce un deseo de tener un hijo ni de entablar una relación con un portador de éste. Así, la castración estructura los vínculos consecuentes tanto de la mujer como del hombre, pues, en adición, permite desarrollar una actitud pasiva frente a ciertas exigencias de la vida posterior; aspecto que no escapa a la esencia misma de la cura analítica, pues mientras en el hombre se refleja en la resistencia hacia el analista, para la mujer es el motor por el cual encamina su deseo a la experiencia analítica, en ambos casos ello se evidencia en la transferencia (Freud, 1937a/1997).
Por su parte, Lacan hace (1957a/2005) una lectura crítica sobre el texto freudiano Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (fechado en 1911[1910]/1998) y señala que, gracias a los descubrimientos sobre la bisexualidad, Freud pudo despejar la función del complejo de castración y elaborar, en consecuencia, la importancia que habría de cobrar el falo imaginario como objeto del penisneid de la mujer, a saber, la envidia del pene, que constituye una arista importante de la feminidad, pues establece en sí misma una relación particular de la mujer con el falo. En esta estructura sitúa Lacan su análisis sobre la relación de objeto, señalándola como la condición original que está destinada a instituir determinada relación estable entre los sexos, fundada en correspondencia a una relación simbólica.
En adición, Lacan (1957a/2005) asevera que, en dicha obra, Freud introduce la noción de lo imaginario en la estructuración del infante, en la medida en que éste se vincula con una madre que, a su vez, está vinculada en un plano imaginario con el falo como falta, es decir, el infante se encuentra aislado en una confrontación dual con la mujer, desde la cual se enfrenta al problema del falo en cuanto falta y en cuanto a ocupar el lugar de la falta, en un plano imaginario, no en vano, menciona Lacan, es aquí donde Freud introduce por primera vez el término de narcicismo.
1.2.4 El complejo de Edipo
En una nota introductoria al texto freudiano Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896b/1997) James Strachey señala que en el momento en que Freud renunció a la idea generalizada del abuso sexual infantil de sus pacientes, como lo señala en la carta 69 que dirigió a Fliess en septiembre de 1897 (1950 [1897]b/1996), se produjo un viraje de la máxima importancia en la concepción psicoanalítica, pues ello le permitió percatarse de la importancia que tienen las fantasías en los acontecimientos anímicos, lo cual posibilitó a su vez el arribo de Freud hacia el descubrimiento de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo.
En el manuscrito N, fechado en mayo de 1897 (1950 [1897]a/1996), según señala James Strachey en su nota introductoria a Duelo y melancolía (Freud, 1917 [1915]/1992), aparece prefigurada, por primera vez, la idea incipiente del complejo de Edipo. Resulta interesante que en dicha idea, Freud vincula el deseo de dar muerte a los padres en la configuración misma de la neurosis y en las manifestaciones de representaciones de carácter obsesivas, así, Freud señala:
Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. Afloran conscientemente como representación obsesiva. En la paranoia les corresponde lo más insidioso del delirio de persecución (desconfianza patológica de los gobernantes y de los monarcas). Estos impulsos son reprimidos en tiempos en que se suscita compasión por los padres: enfermedad, muerte de ellos. Entonces es una exteriorización del duelo hacerse reproches por su muerte (las llamadas melancolías), o castigarse histéricamente, mediante la idea de la retribución, con los mismos estados [de enfermedad] que ellos han tenido. La identificación que así sobreviene no es otra cosa, como se ve, que un modo del pensar, y no vuelve superflua la búsqueda del motivo (1950 [1897]a/1996, p. 296).
En una carta que dirigida a Fliess, el 25 de octubre de 1897 (1950 [1897]c/1996), la cual se enumera como la Carta 71, Freud revela haber tenido un descubrimiento, con motivo de su autoanálisis y la consecuente interpretación de algunos de sus sueños, a decir, un suceso que acontece de manera universal en la niñez temprana, para algunos, y no tan temprana, para algunos otros. Tras ello Freud precisa haber comprendido el poder cautivante de la saga Edipo rey, quien desafía las objeciones del oráculo y enfrenta un destino dramático, a la letra Freud escribe:
La saga griega captura una compulsión que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella. Cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía un Edipo así, y ante el cumplimiento de sueño traído aquí a la realidad objetiva retrocede espantado, con todo el monto de represión {esfuerzo de desalojo y suplantación} que divorcia a su estado infantil de su estado actual (1950 [1897]c/1996, p. 307).
En dicho texto Freud advierte que lo mismo ocurre con Hamlet, personaje de Shakespeare, quien vacila en vengar la muerte del padre matando al tío por haber, él mismo, fantaseado la muerte del padre por su pasión hacia la madre, por lo que se comprende que en el desenlace se procure un castigo al dejarse envenenar por su rival.
Los elementos más importantes para la elaboración del complejo de Edipo estriban en que, en esa carta, Freud (1950 [1897]c/1996) encuentra que el infante experimenta una pasión hacia la madre y tras ello adviene una fantasía sobre la muerte del padre, la cual se alberga en lo inconsciente y produce una culpa que se manifiesta en la procuración peregrina de autocastigos, tal como se aprecia en sus pacientes, quienes parecen transitar por una serie de desventuras de carácter auto punitivo, tal como lo hace Edipo en Colono (Sófocles, 403 d. C.). Luego entonces, encontramos aquí una noción muy específica sobre lo que es el complejo de Edipo en la teoría psicoanalítica.
Llama la atención que Freud no haya mencionado públicamente, en sentido estricto, sus descubrimientos de 1897 (1950 [1897]c/1996). Más adelante hace algunas insinuaciones al respecto, pero se mantiene cauteloso al mencionar la figura de la madre como sujeto de deseo del infante, así tenemos que, Freud se interroga, en A propósito de un caso de neurosis obsesiva (1909b/1998), "¿qué querrá decir que el padre tiene que morir si en el niño se mueve aquel deseo concupiscente?" (p. 131), esta incógnita ocupa al desarrollo de la cura de su paciente y la respuesta convoca a la triada que forma el complejo de Edipo. Sin embargo, para ese entonces las elaboraciones se sitúan más del lado del padre del paciente, y no se aborda plenamente la figura de la madre como sujeto de deseo del paciente, pues se señala que "la fuente de la cual la hostilidad contra el padre obtiene su indestructibilidad pertenece evidentemente, por su naturaleza, a los apetitos sensuales, a raíz de los cuales ha sentido al padre, de algún modo como perturbador" (Freud, 1909b/1998, p. 144); se esboza entonces, la figura de la madre del paciente como objeto primario de su deseo, se le menciona, pero sólo se dice que tras la inclinación sensual del paciente hacia las sirvientas, sobre lo cual éste narra experiencias tempranas, suele estar una inclinación previa hacia la madre o hermanas. Las construcciones viran sobre la figura del padre como perturbador del deseo del paciente:
El deseo (de eliminar al padre como perturbador) se había generado sin duda en épocas en que las constelaciones eran de todo punto diversas: quizá no amara al padre con más intensidad que a la persona anhelada sensualmente, o bien no era capaz de tomar una decisión clara; fue en su temprana niñez, antes del sexto año, cuando se le instaló su recuerdo continuado, y esto pudo haber permanecido así para todos los tiempos (p. 145).
El hecho de que en el texto, de 1909b/1998, no aparezca la alusión directa al papel que juega la madre en el deseo arcaico del obsesivo puede atribuirse a un asunto de reserva, pues en ese momento las elaboraciones teóricas de Freud no le permitían desplegar un argumento tan vasto como lo hace en 1924b/1997, en su documento sobre El sepultamiento del complejo de Edipo.
Las exposiciones de 1897 (1950 [1897]c/1996), se reafirman en 1909b/1998, cuando Freud señala "no se puede poner en duda que en el ámbito de la sexualidad algo se interponía entre padre e hijo, y que el padre había entrado en una neta oposición con el erotismo del hijo, tempranamente despertado" (p. 158). Si bien, ese algo, no es nombrado, ni profundizado y quizá otra de las razones por las que Freud no arriba a ese punto cita a la transferencia, entendida en el sentido lacaniano de la relación dual (Lacan, 1961b/2006).
Posteriormente, en Rasgos arcaicos e infantilismos del sueño (1916 [1915-1916]/1991), Freud explica que el sueño descubre el deseo de eliminación de los padres, particularmente los del mismo sexo, asunto que también aparece enmascarado durante la vigilia y que puede reinsertarse en la trama vital de los individuos gracias al mecanismo de la interpretación. En estas elaboraciones, dicho autor, resalta el carácter sexual en la competencia de amor nítido, donde el infante, sea niño o niña, desarrolla una ternura particular por el padre del sexo opuesto, padre y madre respectivamente, ante lo cual percibe como rival al progenitor del otro sexo, pues éste disputa la posesión exclusiva del objeto amado y estorba así al vínculo de ternura ocupando un lugar que el infante bien podría colmar; además se precisa el carácter temprano de la edad a que se remontan tales actitudes "que llamamos complejo de Edipo porque esta saga realiza, apenas moderados, los dos deseos extremos que resultan de la situación del hijo varón: matar al padre y tomar por esposa a la madre" (p. 189), sin embargo, el texto no sostiene que el Edipo agote los vínculos entre padres e hijos, pero si establece que hay una incitación de los padres, quienes frecuentemente se guían por una elección amorosa marcada por la diferencia sexual, de tal forma que el padre prefiere a la hija y la madre al hijo, se advierte entonces el deseo de los padres como promotor del complejo de Edipo en sus hijos, a quienes llegan a tomar, en casos de enfriamiento conyugal, como sustitutos del objeto de amor desvalorizado. De dicho documento se desprenden los siguientes aspectos importantes:
1. Aún persiste, mayoritariamente, la idea de que el complejo de Edipo sucede en sentido univoco y sólo se atisba un esbozo de la dualidad subyacente a él cuando se señala que "hasta puede experimentar una inversión" (p. 189).
2. Existe una pretensión sospechosa de embellecimiento o de desmentida al respecto del Edipo como suceso regular y se le abandona al mundo de la creación literaria, pues parece que sólo en éste ámbito, fantasmático por excelencia, puede ser tolerado o, a precisar, re-vivido a través del personaje incestuoso. En este punto cabe precisar que los hallazgos freudianos proporcionan un entendimiento clave sobre los destinos que la cultura deposita en la formación de redes sociales superiores, es decir exogámicas, pues para evitar el carácter endogámico que iría en su detrimento establece la prohibición del incesto, la cual es entendida, desde Freud, como "la prohibición de buscar satisfacción sexual en parientes cercanos consanguíneos" (1917[1916]a/1998, p. 291); misma que se vuelve "tan inexorable mediante la ley y las costumbres" (Freud, 1917 [1916]b/1998, p. 305). Esta idea es, probablemente, la que anima el trabajo de Claude Lévi-Strauss Las estructuras elementales del parentesco (1969/1998), considerada una pieza clave de la antropología, donde dicho autor señala que fue la interdicción al incesto la que posibilitó el pasaje de la naturaleza a la cultura y con ello la emergencia del ser humano, como tal.
3. El complejo de Edipo se anuda íntimamente al complejo de castración, que aquí se entiende como "la reacción frente a la intimidación sexual o al cercenamiento de la práctica sexual de la primera infancia, que se atribuyen al padre" (p. 190).
4. Las barreras inhibidoras, o encauzadoras, de la pulsión sexual no existen desde un inicio en el infante, por lo contrario, se instituyen con la educación. En ello se explica el hecho de que el niño dirija "sus primeros apetitos sexuales y su curiosidad a los seres más allegados, y a quienes más ama por otras razones: padres, hermanos, personas encargadas de su crianza" (p. 191), pues son tales personajes con quienes convive plenamente. La investigación psicoanalítica concluye que la incestuosa elección de objeto amoroso "es la primera y es la regular, y sólo más tarde adviene una resistencia a ella, que en modo alguno puede tener su origen en la psicología individual" (p. 192).
Así, esbozada en 1916 [1915-1916]/1991, Freud desarrolla ampliamente la idea del complejo de Edipo completo en el texto El yo y el ello (1923/1997), donde atribuye a la bisexualidad originaria la influencia significativa en los destinos que sigue el complejo de Edipo, pues ésta hace que tal complejo se muestre como parte de un esquema más amplio; por lo cual cabe precisar que el complejo de Edipo más completo es doble, pues tiene una vertiente positiva y otra negativa. Es decir, el infante no tiene únicamente una elección tierna de objeto a favor del progenitor del sexo opuesto y, en consecuencia, una actitud ambivalente hacia el progenitor del mismo sexo, sino que también experimenta una elección objetal amorosa sobre la figura del mismo sexo y, en contraparte, una actitud ambivalente sobre la figura paterna del sexo contrario. Para el primer caso es el Edipo positivo, mientras que en el segundo se trata del Edipo negativo; lo cual vuelve por demás complejo el análisis de las elecciones de objeto y las identificaciones primarias. Luego entonces, Freud atribuye la ambivalencia hacia ambos padres a la disposición bisexual del infante y corrige su anterior aseveración al respecto de que ésta obedecía a la actitud de rivalidad que se había desarrollado por identificación, a la letra Freud precisa:
Se hará bien en suponer en general, y muy particularmente en el caso de los neuróticos, la existencia del complejo de Edipo completo. En efecto, la experiencia analítica muestra que, en una cantidad de casos, uno u otro de los componentes de aquel desaparece hasta dejar apenas una huella registrable, de suerte que se obtiene una serie en uno de cuyos extremos se sitúa el complejo de Edipo normal, positivo, y en el otro el inverso, negativo, mientras que los eslabones intermedios exhiben la forma completa con participación desigual de ambos componentes (p. 35).
Al profundizar en este tema, Freud (1923/1997) muestra que para el caso del varón, en épocas tempranísimas se desarrolla la investidura de objeto materno, con apuntalamiento anaclítico, y sobre el padre se establece una identificación. Entonces, ambos vínculos marchan paralelamente, hasta el momento en que los deseos sexuales hacia la madre, en el caso del niño, experimentan un refuerzo generando la percepción de que el padre es un obstáculo para la ejecución de tales mociones, inaugurándose así el complejo de Edipo, cuya vertiente positiva permitirá que en el niño asista el deseo de eliminar al padre para ocupar su lugar con la madre; en la vertiente negativa del complejo subsistirá la ternura envestida hacia el padre y la atribución a la figura materna de haber causado tal hostilidad.
Para el caso de la niña, según puede argüirse, tal como se había señalado en el apartado sobre la fase preedípica, sucederá una situación análoga hasta cierto punto, pues en ella coexistirán mociones de deseo y hostilidad hacia ambos padres, pero será la castración la que inaugure un viraje hacia feminidad, pues ésta habrá de introducirla de manera plena en el complejo de Edipo positivo, es decir, en la aspiración amorosa hacia la figura paterna y la consecuente hostilidad hacia la madre como rival, a diferencia de lo que ocurre en el niño pues, cabe recordar que, en él la amenaza de castración deviene tras el complejo de Edipo. Esto se aprecia en el texto freudiano Sobre la sexualidad femenina (1931/1998), donde se enuncia que "la mujer llega a la situación edípica normal positiva luego de superar una prehistoria gobernada por el complejo de Edipo negativo" (p. 228).
En consecuencia a lo anterior, se puede argüir que ambos sexos comportan actitudes masculinas y femeninas y será el encauzamiento cultural el que permitirá reprimir la aspiración opuesta a la disposición biológica.
En 1925/1997 Freud afirman que "el complejo de Edipo es algo tan sustantivo que no puede dejar de producir consecuencias, cualquiera que sea el modo en que se caiga en él o se salga de él" (p. 275).
En el texto Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos (1925/1997), complementa sus aseveraciones, de 1923/1997, indicando que el complejo de Edipo en ambos sexos ocurre en sentido doble, es decir, el amor del infante va dirigido hacia el padre y hacia la madre, o sus representantes. Así, a la letra, Freud señala:
Ahora bien, hay una complicación que dificulta nuestro esclarecimiento: aún en el varoncito, el complejo de Edipo es de sentido doble, activo y pasivo, en armonía con la disposición bisexual. También él quiere sustituir a la madre como objeto de amor del padre; a esto lo designamos como actitud femenina (1925/1997, p. 268- 269).
Lo que sucede, según explica Freud, es que en la prehistoria del complejo de Edipo, en el hombre, hay una identificación de naturaleza tierna con la figura del padre, en ella aún está ausente el sentido de la rivalidad hacia la madre y, como se había señalado, es el onanismo de la primera infancia y su posterior sofocación, por parte de los cuidadores, lo que activa al complejo de castración, asunto que le hace suponer a Freud que "este onanismo es dependiente del complejo de Edipo y significa la descarga de su excitación sexual" (1925/1997, p. 269). Tras ello, Freud advierte que quizá es la acción de espiar con las orejas el coito parental, a edad muy temprana, lo que da lugar a la primera excitación sexual, y en virtud de los efectos que trae con posterioridad, esto pasa a ser el punto de partida para el ulterior desarrollo sexual, pues el onanismo y las dos formas del complejo de Edipo, se entretejen a tal experiencia, sin embargo existe una imposibilidad para generalizar la observación del coito y más aún aparece el problema de las "fantasías primordiales" (1925/1997, p. 269).
Cabe recordar que, como se señaló en el aparatado anterior, Freud enuncia (1925/1997) que el primer objeto de amor para ambos sexos es la madre, y añade que en el caso de la mujer, la inclinación amorosa hacia la figura paterna, el complejo de Edipo es en realidad una formación secundaria y que el onanismo infantil tomó su fuerza de la fantasía de tener un hijo del padre.
Lacan, por su parte, señala (1958a/2001) que en la niña pequeña se producen, desde la etapa de la teta, emociones que se asocian a emociones corporales profundas, lo cual es localizable en los recuerdos infantiles. Tal asociación va de la boca a la vagina, y aunque aparecen de manera vaga, durante dicha época, tienen repercusión crucial en el estado desarrollado de la feminidad, donde ésta función de órgano, que se afianza en épocas posteriores, muestra la continuidad por migración de la pulsión erógena. Lo anterior ya se apreciaba en los Tres ensayos para una teoría sexual (Freud, 1905b/1998), sin embargo, la singularidad que aporta Lacan en estas enunciaciones consiste en despejar toda duda sobre el carácter biológico de la constitución de un sujeto y por ende de su sexualidad, de tal forma que ubica el recorrido erógeno de la boca a la vagina como el trazo de "la vía real de la evolución de la feminidad en el plano biológico" (1958a/2001, p. 283), criticando a Jones por tachar de artificioso y consagrado tal planteamiento. Así, tras el análisis de los argumentos freudianos Lacan señala al órgano cliteroidiano como el referente que permite ubicar, en su onanismo, el inicio del fantasma fálico que juega el rol decisivo en la mujer, pues éste es, desde Freud, un pene fantasmático en tanto no es más que una exageración del pequeño pene de la anatomía femenina.
Luego entonces, la decepción que provoca el no tener pene y la salida de ello, brindan el espacio para la entrada a la posición femenina; el complejo de Edipo positivo permite el acceso "a ese pene que le falta, por intermedio de la aprehensión del pene del macho, ya sea que lo descubra en algún compañero, o lo descubra, igualmente en el padre" (Lacan, 1958a/2001, p. 284) y tal como señala De Groot (citada en Lacan, 1958a/2001), la niña entra en la fase positiva del complejo de Edipo, a partir de una fase precedente del mismo, es decir, de la fase negativa, donde el fracaso de la relación materna encuentra ocasión para la relación con el padre y la fantasía del poder tener a partir del poder dar un hijo como equivalente del pene anhelado. Entonces, dice Lacan, el penis-neid "resulta ser la articulación esencial de la entrada de la mujer en la dialéctica edípica, así como la castración se encuentra en el corazón de la dialéctica en el hombre" (1958a/2001, p. 284).
De esta forma, Lacan (1958a/2001) retoma los argumentos freudianos, señalados con anterioridad, y los resume planteando que hay, en la niña, tres formas de entrar al complejo de Edipo (de tipo positivo, según huelga aclarar), y en consecuencia a ello hay tres formas de salir de él. Las formas de entrada acontecen al respecto de la fase fálica, como sentidos del penis-neid, tal como sigue (Lacan, 1958a/2001, p. 285):
1. Hay penis-neid en el sentido de fantasma, ese anhelo, ese afán tanto tiempo conservado, a veces por toda la vida -que el clítoris sea un pene. Es un primer sentido del penis-neid. Freud insiste en el carácter irreductible de este fantasma cuando se mantiene en primer plano.
2. Hay otro sentido, el penis-neid cuando interviene en el momento en que lo deseado es el pene del padre. Es el momento en que el sujeto se aferra a la realidad del pene allí donde éste se encuentra y ve donde puede ir en busca de su posesión. Queda frustrado tanto por la prohibición edípica como debido a la imposibilidad fisiológica.
3. Finalmente, en la continuación de la evolución surge el fantasma de tener un niño del padre, es decir, de tener ese pene bajo una forma simbólica.
Las formas de entrada, ya señaladas, permiten la salida a manera de frustración, privación o castración, respectivamente (Lacan, 1958a/2001):
1. La frustración sucede en el orden de lo imaginario y se sustenta en algo de carácter real, aquí la frustración se ciñe sobre el pene como objeto real no recibido del padre.
2. La privación sucede como algo real, que está sustentado en un objeto simbólico, se trata aquí de que la niña no tiene el hijo del padre, pues es incapaz de tenerlo en tanto promesa, modo en que tal hijo estuvo como símbolo de lo que en la niña estaba frustrado. Entonces el deseo del hijo del padre interviene en un momento evolutivo, a título de privación.
3. La castración amputa de manera simbólica al sujeto de algo imaginario, "que en este caso se trate de un fantasma, concuerda perfectamente" (p. 285). Aquí la niña se ve compelida a renunciar a su teoría, tal como señalaba Freud (1908b/1996), a la esperanza de que algún día el clítoris habrá de crecer tan grande, y devendría "tan importante como un pene" (Lacan, 1958a/2001, p. 285).
Lacan señala que en este último punto es precisamente cuando se trasciende el referente biológico, del pene, sin por ello anularlo, pues se trata de "ir más allá de la teoría de la pulsión natural, ver que el falo interviene precisamente … aquí como significante" (1958a/2001, p. 286).
Entonces, se argüiría que la relación de lo femenino al falo cobra valor significante en tanto que acontece como un fantasma, es decir, ya no se trata del pene como tal sino del clítoris como un fantasma del llegar a tener pene, y más tarde, tras la renuncia a ello, del clítoris como significante de la falta, lo que a su vez encaminará a la niña a concatenarse a otros significantes: el pene del padre, luego el hijo del padre como representante del pene del padre y posteriormente, en la exogamia, la esperanza de un hijo de un representante del padre. Se trata de una cadena de significantes por la que circula la feminidad a partir de un símbolo que se erige en alusión a lo que no se tiene, el pene, ello tras haber dado cuenta de la diferencia anatómica de los sexos.
1.2.4.1 Sobre el sepultamiento del complejo de Edipo
Recapitulando las ideas anteriores, cabe decir que en el origen del infante hay una disposición bisexual que permite el lazo amoroso y paralelamente la hostilidad con ambas figuras paternas, o sus representantes. Existen entonces, como consecuencia de dicha bisexualidad, dos identificaciones y dos elecciones de objeto, es decir, cuatro disposiciones. Posteriormente, lo que era una identificación amorosa primordial, se torna hostilidad hacia la figura del propio sexo (a partir de la castración) para el caso de la mujer y en exacerbación de las mociones sexuales hacia la figura materna, en el varón; ello constituye el núcleo de la situación edípica como tal, pues sólo resta una elección de objeto, dirigida, en ambos casos, hacia la figura del sexo opuesto y una actitud hostil hacia la figura del propio sexo, lo cual se llama, según se ha señalado, complejo de Edipo positivo. En este punto la cultura ejerce su influencia demandando que la aspiración contraria sea sepultada por efectos de la represión, pero ¿cómo sucede esto en cada sexo? y ¿qué consecuencias devienen de ello? A continuación se arguye una explicación al respecto.
Freud señala (1923/1997) que la salida y el desenlace de la situación edípica depende también de la potencia que tenga la disposición bisexual en cada ser; así, en ambos casos la actitud edípica puede desembocar en la resignación amorosa de la figura paterna del sexo opuesto y la identificación con la figura paterna del propio sexo, sin embargo, en función de la fuerza que tengan las disposiciones masculinas, para la mujer, y femeninas, en el hombre, se puede ocasionar lo contrario, es decir, la identificación hacia la figura del sexo opuesto, la madre para el varón y el padre para la niña. De producirse el primer caso, se afirmaría la sexualidad inherente a la dotación biológica, en cambio, la segunda situación implicaría que se destaque la sexualidad propia del sexo contrario al orgánico.
Sin embargo, cabría precisar que a juzgar por lo señalado en el apartado anterior, más bien se trataría del restablecimiento de la identificación que fue resignada en pro de la hostilidad necesaria para acentuar el complejo de Edipo positivo. Pues había, en el origen, dos elecciones de objeto y dos identificaciones, sin embargo para que se produzca la afirmación de la vertiente necesaria, para la supervivencia de la cultura a través de la complementación entre hombres y mujeres, es preciso que la elección objetal cernida sobre la figura parental del propio sexo sea resignada y como toda investidura libidinal es energía psíquica sexual, tal energía no se destruye sino que se deposita en el objeto parental del sexo contrario, lo que a su vez engendra la ocasión para la hostilidad en beneficio de la figura que amenaza y obstaculiza el vínculo amoroso recientemente fortificado. Se arguye entonces, que la hostilidad hacia la figura del propio sexo no tiene razón de ser si no es en función de que se ha vertido sobre la figura opuesta la carga amorosa correspondiente a la primera; esto sucederá con pretexto de la castración para el caso de la niña, resta explicar el proceso por el cual se produce la exacerbación de las mociones pulsionales hacia la madre en el caso del niño.
Huelga aclarar que no se trata de que la moción amorosa hacia la figura del propio sexo sea eliminada por completo, sino que sólo es atemperada y, en alguna medida, trasmudada. Lo anterior se clarifica, cuando Freud (1923/1997) señala que aún al tiempo del sepultamiento del complejo de Edipo subsisten las cuatro aspiraciones contenidas en él, y que éstas se desmontan, desdoblándose de tal manera que permiten paralelamente la identificación madre y la identificación padre, lo que hace que se retengan los objetos correspondientes a cada identificación, es decir, el objeto-madre y el objeto-padre, correspondientes según sea el caso, al complejo de Edipo positivo y al invertido; entonces, Freud señala que la discrepancia de la bisexualidad originaria y la consecuente acentuación de una de las mociones innatas "debiera referirse por entero a la bisexualidad, y no, como antes lo expuse, que se desarrollase por la actitud de rivalidad a partir de la identificación" (p. 35).
Según profundiza Freud (1923/1997), el resultado de la fase sexual que gobierna el complejo de Edipo es una sedimentación en el yo, la cual consiste en que ambas identificaciones, padre y madre, se unifiquen y permanezcan como tal, provocando una alteración del yo en la que éste se ve enfrentado "al otro contenido del yo como ideal del yo o superyó" (p. 36); entonces, el superyó aparece como resultado de las primeras elecciones objetales del ello y de la enérgica formación reactiva establecida sobre cada una de ellas; manteniendo un vínculo dual con el yo consistente en la premisa de ser como la figura paterna preponderante, en términos de identificación, y paradójicamente en la prohibición de ser como tal figura, dada la imposibilidad, por reserva, de hacer todas las cosas que ésta hace.
La dualidad del superyó tiene su origen en la fuerza represiva que sobre el Edipo estuvo empeñada, tras lo cual el yo infantil se fortaleció erigiendo dentro de sí el obstáculo que representaba la figura paterna para las realizaciones edípicas, de alguna manera el yo infantil tomó prestada la fuerza de tal figura y la consecuencia trascendental de ello, radica en que el superyó conservará el carácter solicitado y su imperio devendrá riguroso en proporción a la intensidad con que se haya vivido el complejo de Edipo y su represión; el superyó aparecerá, en la vida posterior, ya sea como conciencia moral o sentimiento de culpa inconsciente sobre el yo (Freud, 1923/1997).
Otras ideas que Freud (1923/1997) expresa al respecto de la formación del superyó, tras el sepultamiento de Edipo, son:
1. El superyó es el resultado de dos importantes factores biológicos:
" El desvalimiento y la dependencia del ser humano durante su infancia.
" El complejo de Edipo, que reconduce a la interrupción del desarrollo libidinal por mediación del período de latencia, lo que muestra la acometida en dos tiempos de la vida sexual humana.
2. La separación del superyó respecto del yo muestra los rasgos más característicos del desarrollo del individuo y de la especie, y eterniza los factores de su origen, en la medida en que procura constantemente una expresión duradera del influjo parental.
3. El superyó es una esencia superior del ser humano, es la entidad más alta, es la agencia representante de nuestro vínculo parental, en la infancia temíamos y admirábamos a las figuras paternas, posteriormente las acogimos en nuestro interior.
4. El superyó es la sucesión del complejo de Edipo y por tanto, es una expresión de las mociones sexuales más potentes y de los destinos libidinales del ello.
5. El yo se apodera del complejo de Edipo en la institución del superyó, pero posteriormente se somete a él.
6. El yo representa al mundo exterior y el superyó al mundo interior, el conflicto entre ambos muestra una oposición entre lo real y lo psíquico.
7. El superyó es una herencia arcaica, resultado de la formación del individuo en la cultura.
8. El vínculo entre el yo y el superyó no es equiparable al del yo y el ello.
9. El superyó es una formación sustitutiva de la añoranza del padre y contiene el germen a partir del cual se formaron todas las religiones.
10. Las figuras de autoridad posteriores al padre, retoman de éste su carácter y permanecen vigentes en el superyó a manera de conciencia y censura moral.
11. Hay un fundamento idéntico del superyó que permite la existencia de sentimientos sociales comunes.
12. La investidura energética del yo proviene del ello. Si el yo no logra dominar de manera plena el complejo de Edipo, tal investidura retornará en la formación reactiva del superyó.
13. Existe entonces, una comunicación plena entre el ello y el superyó, por lo cual este último puede permanecer en gran parte inconsciente.
Tras este último punto, cabe precisar que en los hombres existe una disposición más patente para la formación del superyó, aunque Freud (1923/1997) menciona que "la herencia cruzada aportó ese patrimonio también a las mujeres" (p. 39). Sin embargo, en la mujer el sepultamiento del complejo de Edipo es sofocado con menor fuerza que en el hombre, pues aunque éste sucumbe ante su propio fracaso como resultado de su imposibilidad interna (Freud, 1925/1997), permanece avivado en la esperanza de una compensación simbólica que va del pene a la idea de un hijo como regalo del padre y que posteriormente aparece como promotora del establecimiento de vínculos amorosos que permitan llevar cabo, los deseos ya transfigurados, con un representante de tal figura infantil. A la letra Freud precisa que "ambos deseos, el de poseer un pene y el de recibir un hijo permanecen en lo inconsciente, donde se conservan con fuerte investidura y contribuyen a preparar al ser femenino para su posterior papel sexual" (Freud, 1924b/1997, p. 186). Esto lo retoma posteriormente, diciendo que en la mujer:
Ausente la angustia de castración, falta el motivo principal que había esforzado al varoncito a superar el complejo de Edipo. La niña permanece dentro de él por un tiempo indefinido, sólo después lo deconstruye y aún entonces lo hace de manera incompleta. En tales constelaciones tiene que sufrir menoscabo la formación del superyó, no puede alcanzar la fuerza y la independencia que le confieren su significatividad cultural (Freud, 1933 [1932]c/1997 p. 120).
Cabe aclarar que en la cita anterior se habla de un deterioro en la formación del superyó, pero no se trata de que en la mujer éste no se desarrolle, pues como ya señalaba Freud en 1924b/1997 "también el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un superyó y un período de latencia" (p. 185).
Señalado lo anterior, se puede argüir que para la vida adulta de la mujer, y el desenvolvimiento de su papel cultural, es preciso que se conserven restos considerables del complejo de Edipo positivo, por lo cual éste escapa a los alcances hostiles que tienden a destruirlo en el hombre, quizá el medio en que ello se asegura consiste en que la castración ocurra, en la niña, de manera previa al complejo de Edipo, sobre lo cual Freud (1925/1997) menciona que en tanto que la castración esfuerza a la mujer al complejo de Edipo positivo, en ella éste escapa a lo asegurado al varón y sus destinos oscilan entre el "ser abandonado poco a poco, tramitado por represión, o sus efectos penetrar mucho en la vida anímica que es normal para la mujer" (p. 276), por lo cual se entiende que "el superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos en el caso de varón (p. 276); lo cual lleva a Freud a confirmar que por ello los resultados culturales de la desintegración del complejo de Edipo positivo, en la mujer, "son más pequeños y de menor alcance" (1931/1998, p. 232). Posteriormente Freud agrega "probablemente no se yerre aseverando que ésta diferencia en el vínculo recíproco entre su complejo de Edipo y complejo de castración imprime su cuño al carácter de la mujer como ser social" (Freud, 1931/1998, p. 232). La consecuencia de ello será que el conflicto inherente al complejo de Edipo positivo en la mujer, no sea solucionado plenamente, ni por sublimación ni por identificación, de tal forma que persista en la vida adulta y despliegue en sí mismo la esencia de la feminidad cultural.
1.3 La feminidad y sus expresiones
En este apartado, cabe recordar que la vida sexual de la mujer se descompone por regla general en dos fases, la primera es de carácter masculino y va del nacimiento hasta la pubertad, época en que el órgano cliteroidiano inicia, mediante inervación erógena, el despertar de la fase femenina como tal, a través de la vagina. Sin embargo, como señala Freud, "la función del clítoris viril se continúa en la posterior vida sexual de la mujer de una manera muy cambiante y que por cierto no se ha comprendido satisfactoriamente" (1931/1998, p. 230), aspecto que muestra la persistencia de tiempos míticos infantiles en la vida adulta.
Los caminos que se le presentan a la niña, tras el descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos, que como se había señalado, son: un apartamento general de la sexualidad, autoafirmación de la masculinidad amenazada y la actitud femenina normal.
Dichos senderos constituyen un recorrido evolutivo de la subjetividad femenina, de tal forma que cada uno lleva implícitas ciertas consecuencias que configuran el destino que en la vida adulta habrá de tener la feminidad. Por este motivo, se enumeran las consecuencias respectivas a cada camino, las cuales habrán de aparecer en forma de expresiones de lo femenino:
1. Se promueve una renuncia a la actividad sexual en general, pues la sexualidad femenina tiene dos componentes que interactúan entre sí: el masculino y el femenino, de tal forma que la renuncia al primero trunca el arribo al segundo; ello implica que no puedan llevarse a cabo tareas que requieren de cierta inclinación masculina (Freud, 1931/1998). Con esto se promueve la proclividad a la neurosis (Freud, 1933 [1932]c/1997).
2. Se albergará la esperanza de llegar a tener, algún día, un pene, lo cual puede gestar, a su vez, tres destinos posibles (Freud, 1931/1998):
" La idea de llegar a tener un pene será la finalidad cardinal de la vida femenina.
" La fantasía de ser realmente un hombre dominará, de manera frecuente, largos períodos de la vida de la mujer.
" Se promoverá una elección de objeto homosexual.
3. Se produce una renuncia al objeto de amor materno y ello abre el camino para que el complejo de Edipo positivo promueva el papel cultural normal de la mujer, de tal forma que se realice una elección de objeto sexual opuesto a su ser biológico y se lleve a cabo la meta sexual edificada sobre la primacía genital.
En la envidia del pene, penisneid, es sustancial el factor infantil, pues ésta se remonta a una formación secundaria producida en ocasión de posteriores conflictos por vía de la regresión a aquella moción de la primera infancia; en la vida anímica de las mujeres adultas la importancia de la envidia del pene se refleja en (Freud, 1933 [1932]c/1997):
1. El plus de la envidia y los celos que aparecen más notorios que en el hombre.
2. Un alto grado de narcisismo que influye sobre su elección de objeto, pues para la mujer la necesidad de ser amada es más aguda que la de amar.
3. La vanidad corporal de la mujer, donde participa el efecto de la envidia del pene, pues aprecia mayoritariamente sus encantos como resultado del tardío resarcimiento por la originaria inferioridad sexual.
4. El sentimiento de vergüenza, mayor que en el varón, se atribuye al propósito originario de ocultar el defecto genital.
5. La creación de la técnica del tejido, donde se advierte la intención de hacer crecer el vello pubiano con la madurez genital, pues éste permite encubrir el área genital.
6. Pareciera que en la mujer, mayor de treinta años, la libido hubiese adoptado posiciones definitivas, mostrándose incapaz de abandonarlas. Ello se advierte en la rigidez del conflicto neurótico.
7. El reclamo de justicia como procesamiento de la envidia del pene, que indica el no poder desistir de ésta.
8. Los intereses sociales son más endebles que los del varón.
9. La aptitud para la sublimación de lo pulsional también es menor.
10. La predilección materna sobre el nacimiento de un hijo, pues con él subsana fantasmáticamente y de manera irrestricta la insatisfacción de la falta de pene.
La envidia del pene despierta un fuerte impulso contrario al onanismo cliteroídeo y la niña entabla una fuerte lucha contra éste, sin embargo, éste no cede fácilmente, ante lo cual la niña asume ella misma, por decirlo de algún modo, el papel de la madre destituida y vuelca todo su descontento contra el clítoris inferior como rechazo a la satisfacción obtenida de él; años después ésta defensa persiste aunque el quehacer onanista haya sido sofocado. Se trata de una defensa erigida contra una temida tentación y, según Freud (1933 [1932]c/1997), el modo en que se tramita tal onanismo es reflejado en la simpatía hacía personas semejantes, la precipitación hacia el matrimonio o la elección de pareja.
Por otro lado, la elección de objeto de la mujer adulta, está matizada por condiciones de la vida infantil y por obra de circunstancias sociales, sin embargo, ésta puede darse en ciertas vías generales (Freud, 1933 [1932]c/1997), ya sea que siga el ideal narcisista del varón que la niña había deseado devenir, o bien, si la niña ha permanecido dentro de la ligazón-padre, es decir, dentro del complejo de Edipo positivo, elige según el tipo paterno, ésta última elección habría de garantizar la dicha matrimonial, dado que en la vuelta hacia el padre, la madre conservó la hostilidad vinculante de la ligadura ambivalente de sentimientos.
A este respecto Freud precisa que "muchísimas mujeres despiertan la impresión de que todo el período de su madurez se halla inmerso en los conflictos con el marido, tal como su juventud estuvo dedicada a los conflictos con la madre" (Freud, 1931/1998, p. 232-233), de tal forma que esas mujeres repiten con su pareja su mala relación con la madre, pues aunque el marido o novio debía heredar la relación con el padre, y en realidad asumió la vinculación con la madre (Freud, 1931/1998), aspecto que según añade Freud:
Se comprende fácilmente como un caso obvio de regresión. La relación materna fue la más primitiva; sobre ella se estructuró la relación con el padre, y ahora en el matrimonio lo primitivo vuelve a emerger de la represión. En efecto, la transferencia de los lazos afectivos del objeto materno hacia el paterno constituyó el contenido esencial del desarrollo que condujo a la feminidad (p. 232).
En tales casos, se puede precisar con nitidez que la elección de objeto en la vida adulta de dichas mujeres, obedece al retorno de ciertas mociones pulsionales que se quedaron varadas en la vida infantil, las cuales fueron albergadas en lo inconsciente y posteriormente adheridas a representaciones expectativa conscientes dando como resultado la transferencia de aquellos vínculos de la prehistoria, plasmados sobre la figura materna, hacia su pareja amorosa a manera de reimpresión; de esta forma se torna evidente el señalamiento freudiano al respecto de que "en el origen sólo tuvimos noticia de objetos sexuales; y el psicoanálisis nos muestra que las personas de nuestra realidad objetiva meramente estimadas o admiradas pueden seguir siendo objetos sexuales para lo inconsciente en nosotros" (1912b/1998, p. 103).
Finalmente cabe recordar, como lo hizo Freud (1933 [1932]c/1997) en su conferencia La feminidad que lo dicho sobre la mujer es incompleto y fragmentario, porque si bien los destinos de la feminidad están comandados por su función sexual, sin embargo, éstos pueden llevar, en cada caso a vías y expresiones particulares, por lo cual conviene dejar un espacio que permita un esclarecimiento posterior, ya sea a través de la propia experiencia, el saber de los poetas o el desarrollo de la ciencia.
Conclusión
La bisexualidad originaria posibilita que en el infante habiten inclinaciones pulsionales e identificaciones hacia ambas figuras paternas. Sólo con posterioridad, alguna de dichas inclinaciones habrá de acentuarse, ello estará en función de los determinantes de la cultura que habrán de marcar el atravesamiento por el descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos, la castración, el complejo de Edipo positivo y su sepultamiento. Los tiempos referidos secuencialmente proporcionan, por su carácter universal, el basamento estructural del desarrollo psíquico de la feminidad. El desarrollo biológico cultural de la feminidad recorre una ruta corporal en la que se produce el tránsito de la pulsión desde la boca hasta la vagina. La aspiración de meta de la pulsión, estipulada culturalmente, en la vida adulta de la mujer obedece a un eslabón que remite a una cadena significante gestada a partir del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos y afianzada por la manera en que se haya transitado por las consecuencias psíquicas de ello, en la medida en que se erijan símbolos de deseo encaminados a tramitar la falta.
La castración en la mujer establece una división en los tiempos del Edipo, negativo y positivo respectivamente, quedando el primero como el auténtico desde el cual se configura el segundo como una formación secundaria.
A partir de la definición lacaniana sobre la subjetividad (1954b/2006) se encuentra oportunidad para puntualizar que la definición de la subjetividad femenina se puede enunciar como: un sistema de símbolos que se organizan progresivamente en función del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos, el arribo a la castración, la consecuente acentuación del complejo de Edipo positivo y la promoción de resarcimientos simbólicos encaminados a compensar la envidia del pene, de tal forma que el camino pautado por dichos tiempos habrá de configurar una experiencia particular que aunada a otros recorridos vivenciales animarán y darán sentido a la feminidad como mito individual asumido en una posición de deseo.
Al respecto de la subjetividad femenina, es preciso resaltar que las particularidades de su constitución, a decir, la manera en la que se suceden los tiempos que permiten organizar una posición femenina implican como condición inherente el desarrollo de una vertiente que puede llevar, bajo ciertas condiciones, a la puesta en acto del ser objeto de violencia.
Esta posibilidad remite al descubrimiento de la diferencia de los sexos e involucra tanto a hombres como a mujeres, pues tras dicho hallazgo se habrán de fijar, en lo más íntimo de cada ser sexuado, una serie de secuelas que, a manera de vestigios que retornan, habrán de matizar las relaciones posteriores, con lo propio y ajeno del sexo biológico. Se arguye entonces, que el desprecio por lo femenino es un resultado de los efectos que la castración ejerce sobre hombres y mujeres. Sin embargo, tal disposición se desplegará en función de la posición sexual asumida y por tanto de la historia de cada sujeto en particular.
En el niño, en un primer momento no hay una atención significativa a la diferencia anatómica, por el contrario, es hasta el advenimiento del complejo de castración cuando tal observación cobrará un sentido de amenaza real de castración, vertida ante las mociones edípicas de la época. De tal forma, que en el niño es hasta un segundo tiempo, cuando comienza a vincularse a la feminidad un matiz peyorativo, el cual originará tres aspectos, que ya sea de manera aislada o combinada se presentarán a lo largo de los posteriores vínculos que establezca el hombre con las mujeres. Tales vertientes son (Freud, 1925/1997):
1. El menosprecio por la mujer, a la que se considera castrada.
2. En casos extremos podría presentarse una inhibición de la elección objetal, que ante un reforzamiento por factores orgánicos puede llevar a la homosexualidad exclusiva.
3. El horror ante esa criatura mutilada y el triunfante ultraje de la misma.
Para el caso de la niña (Freud, 1925/1997), las cosas suceden en otro orden: da cuenta de la diferencia, adopta un juicio al respecto y cae víctima de la envidia del pene. Entonces, la castración la lleva al desasimiento del primer objeto amoroso, a saber de la madre, y la encamina hacia la acentuación del complejo de Edipo positivo. Sin embargo, se produce en ella una herida narcisística que origina, a manera de cicatriz, un sentimiento de inferioridad ante lo masculino.
Tras lo anterior, puede argüirse que en la mujer, el ser objeto de violencia, por parte de su pareja:
1. Es una manera de mantener la paridad con el varón, en la medida en que ello le permite compartir el menosprecio hacia su sexo por considerarlo inferior (Freud, 1933 [1932]c/1997).
2. Es una manera en la cual el yo soporta la culpabilidad ante el fracaso y el paralelo e intenso aferramiento al Edipo positivo.
3. Dependerá de cuanto se haya sustraído el complejo de Edipo positivo a las reprimendas del yo. Pues en cuanto mayor sea su escape de él, mayor será el encauzamiento que la mujer realice hacia la feminidad cultural, lo cual supone una aceptación, por trasmutación, de la castración y la aspiración a una promesa simbólica de compensación.
La relación hacia lo femenino, en ambos sexos, aparece como algo que provoca horror y conlleva a la ejecución de formas que permitan bordear dicho horror, quizá la violencia hacia las mujeres por parte de su pareja, surja, en ambos sexos, como una de éstas tentativas.
En todo caso, el pavor que provoca lo femenino, en la vida adulta, remite a un pasado arcaico del cual emergen vestigios como retorno de lo reprimido. Así, en el texto El tabú de la virginidad, Freud (1918 [1917]/1997) hace un análisis, al respecto del horror que provoca lo femenino en diversas culturas y señala:
Tan pronto el varón debe emprender algo especial -un viaje, una expedición de caza, una incursión guerrera- debe mantenerse apartado de la mujer, y sobre todo del comercio sexual con ella; de otro modo su fuerza quedaría paralizada y se atraería el fracaso … No puede negarse que en todos estos preceptos de evitación se exterioriza un horror básico a la mujer. Acaso se funde en que ella es diferente del varón, parece eternamente incomprensible, misteriosa, ajena y por eso hostil. El varón teme ser debilitado por la mujer, contagiarse de su feminidad y mostrarse luego incompetente … El psicoanálisis cree haber discernido lo principal de los fundamentos de esa desautorización narcisista de la mujer, que linda mucho con el menosprecio, refiriéndolo al complejo de castración y su influjo sobre el juicio acerca de la mujer (p. 194-195).
La desautorización de la feminidad aparece, entonces, como un asunto común a ambos sexos: la angustia de castración (Freud, 1937a/1997). Sin embargo, aunque inherente a la constitución de la subjetividad, en cada caso el desprecio por lo femenino estará a merced de condiciones adyacentes al desarrollo psíquico, quedando como disposición que puede emerger tras ciertas circunstancias, pero no como regla que deba explicitarse.
En suma, la emergencia de la violencia hacia las mujeres, por parte de su pareja, dependerá, en ambos sexos, de la manera en la que se haya elaborado lo inherente a la propia constitución. Con respecto a la mujer puede argüirse que existe en ella una disposición estructural ligada de manera originaria y genuina a la connotación peyorativa, como disposición emergente, de la feminidad y que esta tendencia habrá de retornar de diversas formas, una de ellas: el acto de ser violentada. Por supuesto, ello estará en función de cuánto se asocie la disposición estructural a otros factores constitucionales e históricos, de tal suerte que dicha disposición se vea fortalecida. Es decir, aunque es una disposición estructural, el desprecio por lo femenino no alcanza, por sí sólo, para explicar la emergencia de la violencia en la relación de pareja y menos la permanencia en ella. Una intelección más profunda habrá de remitir a otras vertientes ontológicas, aunadas a tal disposición, tales como: el masoquismo femenino y el goce fálico.
Referencias
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Este documento ha sido retomado de la tesis "PEGAN A UN A MUJER": CUANDO EL MASOQUISMO FEMENINO DEVIENE GOCE FÁLICO, misma que fue elaborada por Susana Carolina Guzmán Rosas, dentro del Programa de Maestría en Psicología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en San Luis Potosí, México.
Nota acerca del autor:
El presente artículo se escribe bajo la autoría de Susana Carolina Guzmán Rosas, quien es Psicóloga, Maestra en Psicología en la línea de Estudios Psicoanalíticos, pasante de Maestría en Antropología Cultural, estudiante de Licenciatura en Filosofía e investigadora en materia de género: conflictos y violencia, etnopsiqué y salud mental, cultura y epistemología del conocimiento.
San Luis Potosí, S. L. P., México.
A Octubre 13 de 2009.
La correspondencia relacionada con este artículo debe enviarse a alalalalalooo@hotmail.com