El Hilo del Deseo
Carlos Seijas
"Aquello que es pecado es también sabiduría y el reino de lo que vendrá es también Nirvana."
Ananda K. Coomaraswamy
Prólogo
Lo que no es
El presente texto nace como una interrogación ante el absoluto de nuestro materialista siglo XX y XXI: el Cuerpo. El fin de este documento es el de indagar, el fenómeno de la sexualidad; y de alguna forma al dejar escritos estos argumentos, sirvan de base a un análisis y crítica posterior, para que los mismos se vayan enriqueciendo del compartir, propio de los seres que atravesados por la realidad del cuerpo, que a la vez nos hace uno no sólo por compartir esa materialidad corporal, sino unirnos a través de los misterios del nacimiento y la muerte, dos vivencias que sólo pueden experimentarse por medio del cuerpo, y sin las cuales nuestras nociones del mundo espiritual y cósmico quedarían incompletas.
El cuerpo es, simulando la frase de la conocida serie televisiva, "la última frontera", y es por ello que debemos viajar a donde ningún otro ser humano ha llegado. El comprender el lenguaje de la materia. Pues cada vez que en las enseñanzas se nos habla del templo interior, pensamos ciertamente en el alma, más el alma que es el interior del templo, o mejor dicho es el altar en el que se aloja la divinidad del cósmico, ella reside en un santuario físico que guarda ese misterio sagrado. Ese templo al que nos referimos es nuestro cuerpo. Que como cualquier templo debemos cuidarlo, construirlo y reconstruirlo, pues se lo debemos al ser mágico que vive en nosotros. Así como procuramos mantener limpia y arreglada nuestra casa, así debemos cuidar el hogar que albergaremos mientras estemos encarnados. Espero que la aventura que emprendo en estas páginas pueda servir a otros seres que comparten conmigo ésta misma inquietud: ¿Qué hacer con nuestro apetito más voraz?, con ese que sólo se satisface a través de la unión con otro ser, con la carne que no se come, con la fusión de las almas y los espíritus en el atrio del templo, en donde lo mágico y lo ordinario, lo sublime y lo vulgar se unen: la unión de los cuerpos.
El cuerpo es lo que no es. Es el gran ausente y a la vez el gran presente de nuestros tiempos. Está en todas partes y en ninguna, pues si bien todos los seres encarnados tenemos uno, no vemos qué función tiene más que la de darnos placer y luego ese placer se convierte en culpa. El sexo más que ningún otro apetito es la mayor fuente de frustración y aberraciones en el ser humano. Es sin lugar a duda porque no lo hemos puesto en su debido lugar, es decir, como un apetito y no como un mero acto reprimido a la reproducción. Que sirve para la reproducción es obvio, mas comparándolo con los otros apetitos, permítanme interrogarles ¿si tienen hambre comerían cualquier cosa o algo que les agrade? Sabemos que debemos comer más o menos tres veces al día, incluyendo refacciones, pero ¿Cuántas veces debemos tener sexo? Sabemos que al sentarnos en la mesa no se colocan los codos sobre ella, que debemos usar cubiertos, que masticamos con la boca cerrada. ¿Pero, qué nos recomiendan a la hora del sexo? Con ello no hablo de los simplistas y morbosos libros de sexología, pues la idea no es ser el mejor comedor, o el más viril en la cama, es tener un encuentro con otro, con otro cuerpo, con otro ser humano hambriento, hambriento de otro cuerpo, de otro ser, de una unión que sólo es posible por la carne, por la unión de las carnes vueltas uno, vueltas todo. Ya nos hablaba Platón en el Banquete del origen de las diferencias sexuales, de cómo los andróginos fuimos partidos y desde entonces debemos buscar nuestro complemento. Así hemos sido echados al mundo, sin un pedazo y la única forma de satisfacer ese vacío es la unión de los cuerpos.
De ahí que el cuerpo sea el gran ausente, viéndolo como mera máquina reproductiva o de desazón placer. Pues así como hay quienes comen para vivir otros viven para comer. El fin de estas breves líneas es el de compartir no mis conclusiones sino más bien mis preguntas; mis preguntas hacía ustedes, para que reflexionemos juntos, alrededor de uno de los apetitos más complejos con el que hemos sido dotados: el sexo. ¿Me acompañan?
Carlos Seijas
Nueva Guatemala de la Asunción,
22 de febrero de 2007
"He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: No he sido feliz."
Jorge Luís Borges
"El remordimiento"
I
Cópulas disjuntas
Antes de comenzar nuestra exploración, creo conveniente y necesario para que pueda explayarme en mis argumentaciones, exponer brevemente lo que entenderemos por sexo, sexualidad y amor. Por estar constituidos como seres materiales complejos, o dígase con la clasificación naturalista que se desee, estamos sexuados, es decir, nacemos hombre o mujeres y en raras ocasiones ambos, tal el caso de los llamados hermafroditas. En burdo o tenemos genitales masculinos o tenemos femeninos, y por tal cosa nos clasificamos en hombre y mujer. A ésta dicotomía se le denomina comúnmente sexo, se es de sexo masculino o femenino. Dos comentarios. Primero, la masculinidad y la feminidad la determina la cultura y es el sujeto que la escoge como su sexualidad, como veremos. Segundo, posmodernamente y ese defecto mental contagiado por la cultura norteamericana de lo políticamente correcto nos dicen que es peyorativo hablar de sexo masculino o femenino, sino que debemos decir género. En español, y los lingüistas me apoyarán en este argumento, el tal género hace referencia a la agrupación de seres u objetos que poseen propiedades en común, es decir nuestro género es "humano", y la especie "pensante-pensante", o en latín homo sapiens-sapiens. A lo que los norteamericanos se refieren con gender, mal interpretado por género, es al sexo, es decir gender hace referencia a ser hombre o mujer, en cambio género gramatical se refiere a la concordancia que afecta a los objetos, artículos, adjetivos, pronombres, etc. En concreto, cuando en español hacemos referencia al género estamos hablando que casa es femenino, es decir, LA CASA, y reloj es masculino, El RELOJ, pero por ejemplo en francés l'horloge es femenino aunque la contracción no lo evidencie, ese es género para los que hablamos lenguas romances. En cambio para los anglófonos hace referencia al ser hombre o mujer, para nosotros eso es sexo. Ésta acotación la considero necesaria porque no volveremos a referirnos a hombre y mujer como género. Por lo que entenderemos por sexo además de la separación entre hombres y mujeres, su unión, el acto carnal, la penetración.
A diferencia del sexo, la sexualidad es subjetiva, es decir, no nacemos sexuados, lo elegimos, es por ello la única elección libre que nos deja hacer la cultura, aunque nos haga pagar con la culpa de diversas formas. Con esto me refiero a cuando decidimos que más allá de estar sexuado como hombre o mujer, uno decide si absorber lo que la cultura ha construido como el imaginario de hombre o de mujer. Es decir, uno puede nacer sexuado hombre, pero preferir comportarse por lo que la cultura entiende por ser mujer, o nacer sexuada mujer y comportarse como hombre. A esto comúnmente se le conoce con el nombre de orientación sexual. O dicho de otra forma, cuando un hombre se comporta como mujer, la cultura lo tilda de amanerado, aunque eso no signifique que le gusten los hombres, de la misma forma a una mujer que se comporte como hombre se le dice hombruna, mas puede tener como objeto de deseo sexual a los hombres. Por ello a la orientación sexual se le une la escogencia sexual, que implica decidir cuál es nuestro objeto de deseo, es decir, que como hombre escogemos como objeto de deseo a las mujeres, o bien los hombres o ambos, y así mismo en el caso de las mujeres, que pueden escoger como objeto de deseo a un hombre, a una mujer o a ambos.
El amor es un sentimiento complejo, muy escurridizo, pues a la vez se le entiende como un acto sublime o como el coito mismo. En el diccionario, siempre tan elocuente, nos dice que el amor es lo que atrae a hombres y a mujeres, pero bien sabemos que lo que los atrae es el sexo. El amor siempre deja un algo que no es posible abarcar. Por el momento sólo diremos que el amor es al alma lo que el coito al cuerpo.
Las anteriores aclaraciones aunque puedan parecer innecesarias o bien confusas en éste primer momento, serán la base de nuestra búsqueda. Es la historia la que me hace advertiros de las diferencias entre sexo, sexualidad y amor, pues a quienes se han aventurado en éstos avatares se les termina tildando con nombres deleznables pues rápidamente se cree que hablar de sexo implica que se carece de valores o de ética; y es más bien lo contrario, hablar en su justa medida de sexo, sexualidad y amor es más bien un acto sublime de entrega al otro, a ese que somos todos nosotros, atrapados en la cultura que nos dice que el sexo es malo, sucio, pecado. Ni qué decir de aquellos trasnochados teólogos que creen erróneamente que la caída del hombre se debe al sexo y que el pecado original es la unión carnal. Si leyeran la raída Biblia cristianizada, encontrarían que fue el comer del árbol de la sabiduría, del bien y del mal. No dice que comieron del árbol del sexo.
Por ello a grandes pensadores como Freud se les ha tildado de reduccionistas, pues una vez más erróneamente dicen que su obra es panpsiquista, pues todo lo reduce al sexo. Mas el psicoanálisis, creación del Dr. Freud, hace referencia al complejo tema de la sexualidad, que como ven es nuestro único momento de libertad y a la posterior lucha de la cultura por amoldarnos a las normas preestablecidas; y a la vez, la lucha del ser por liberarse de esas ataduras. Freud lo vio una y otra vez en su clínica, el gran tormento del ser humano es el sexo. Pues luego de saberse hombre o mujer comienza la vorágine del relacionarse con otros hombres y mujeres y eso es también sexualidad. Junto con ello, llega el amor, apasionado, desenfrenado. Cuando somos presa de sus néctares no podemos pensar con claridad, nos da por ser poetas, y nos transmutamos de animales reproductivos a seres divinos. Pues así como estamos conformados de cuerpo, espíritu y alma, de esa misma forma el sexo, la sexualidad y el amor se manifiestan de forma trina. Sólo el ser humano es capaz de unirse de acuerdo a sus tres naturalezas: corporal, espiritual y cósmica. Por la unión corporal podemos entender el sexo, por la espiritual la sexualidad, y por la cósmica el amor. Aún así ya que diferenciar absolutamente o dicotómicamente cada una de esas experiencias sería una tarea intelectualizante y correríamos el riesgo de perdernos en el camino de nuestra búsqueda. Nuestro reto será más bien el de encontrar la forma de unir esas tres naturalezas, a través de la experiencia del cuerpo, del espíritu y del alma, en sus tres uniones. Así, podremos entender la experiencia del sexo a través del cuerpo, el espíritu y el alma. Entender nuestra sexualidad física, espiritual y cósmica; para poder imbuirnos en el misterio del amor manifestado en el templo del cuerpo, donde se aloja nuestro ser divino y de cuya unión nace el espíritu. Para finalmente nutrirnos de su fruto, permitiéndonos comprender el enigma de las bodas alquímicas de esas tres naturalezas, que sólo puede ser posible a través de la unión con otro ser, otro cuerpo, otro espíritu y otra alma.
"El psicoanálisis vuelve a la vida más simple, reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel, suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente."
Sigmund Freud
II
El hilo en el laberinto
Desde sus primeros acercamientos al fenómeno de la psique, Freud acertó que todos y sin excepción, los "problemas" clínicos, tenían y siguen teniendo hoy en día, una misma fuente: la sexual. Cuando Freud habló por vez primera de la sexualidad en los niños, fue insultado y lapidado, gracias a Dios, no a muerte, por sus mismos colegas. Estuvo a punto de ser echado de la sociedad de médicos y de que incluso le retiraran su licencia médica. Pero el médico vienés siguió firme a sus supuestos, y quienes hemos leído detenidamente sus escritos y los de sus discípulos en todas las corrientes que el psicoanálisis pueda tener llegamos a la misma hermosa conclusión: en el principio de la experiencia analítica fue el amor. ¿Qué significa esto? En palabras de Julia Kristeva, una literata que enamorada del psicoanálisis la ha llevado a ser una de sus máximas representantes, que "toda historia, es una historia de amor". ¿O existe otro ser que pueda amar? Sólo el ser humano es capaz de manifestar el amor, en sus tres naturalezas, el amor corporal, espiritual y cósmico. Todos son de alguna forma una unión. Debemos ser muy cuidadosos de como realizarla. Ven que mi duda esta fundamentada, pues para cualquier místico, iniciado o maestro es relativamente fácil hacer referencia a las más difíciles formas del amor: la espiritual y la cósmica. Puesto que dicho en breve, el amor espiritual es el que sentimos y nos une a todos los seres que compartimos esta dimensión llamada Tierra, y el cósmico es la reintegración hacia el estado original del hombre. Como bien es sabido por todos, estos temas son ampliamente abordados por las enseñanzas de todas las escuelas esotéricas y exotéricas, incluso por los teólogos y filósofos. Por lo que no deseo abordarlos en estas líneas. Mi interés me lleva a tratar el mismo tema que fascinó al Dr. Freud y al Dr. Lacan y sigue fascinando tanto a legos como sabios, pero lamento decir que no he encontrado referencia al mismo desde una perspectiva mística occidental: la sexualidad.
Si la sexualidad ha sido y sigue siendo centro de fascinación para el ser humano es porque pocas han sido las culturas que le han dado su debido lugar y aprecio. No sin razón estos últimos dos mil años de dominio occidental del cristianismo, han recaído en la obtusa visión de personas individuales que han vertido sus complejos haciéndolos pasar por ley de Dios. No me refiero exclusivamente al celibato sacerdotal obligatorio, sino al casi obligatorio celibato mental en torno al sexo que nos impone la cultura occidental. En las familias no se habla de ello, más es uno de los productos de mayor consumo y complejas manifestaciones: desde la zoofilia, la coprofilia, el masoquismo, la pedofilia, etc.; formas que han ido tomando el vedado tema. Así como Blavatsky nos invita a develar a Isis, yo os invito a develar a Eros.
Por referente occidental nuestro inicio son los griegos, pues si más de alguno me dirá que el tema lo toman casi exhaustivamente en la India, eso es misticismo oriental, no occidental. Por lo que para que occidente pueda alcanzar un renovado misticismo debemos encontrar, por decirlo de alguna forma, nuestro propio Kamma Sutra (Hilo del deseo) . Estamos tan faltos de hablarlo, que ni siquiera tenemos la forma de nombrarlo. Cuando hablamos de sexo usamos metáforas, no podemos nombrarlo directamente, incluso los genitales, nos cuesta llamarlos por sus nombres. Decir pene o vagina, testículos y clítoris es peor que decir malas palabras. No digamos hablar del acto sexual. Cuando tenemos que poner ejemplo lo más a la mano que tenemos es la metáfora alimenticia. Decimos por ejemplo que los enamorados "se comen a besos", que el sexo es "rico" o incluso nos da "náusea". La exploración del propio cuerpo y sus placeres, así como la del cuerpo del otro y sus placeres, nos es prohibido y advertido desde cualquier púlpito como pecado. ¿Y qué del no fornicarás? Me preguntarán con razón. Pues yo os digo que no os hablo de fornicar, sino de hacer el amor. Podremos amar con el espíritu y con el alma pero ¿Y con el cuerpo? ¿Por qué nos es prohibido amar con el cuerpo? ¿No es el cuerpo el fin primero y a la vez el último en el que se manifiestan los grandes principios del Creador? Si el sexo estuviera limitado exclusivamente a la reproducción, una vez pasada la menopausia en la mujer ¿Ella debería de excluirse de la vida sexual? Vemos que no es así. Que el sexo nos persigue hasta nuestra muerte. Así como se nos educa en los grandes saberes de cómo alimentarnos y cómo respirar, qué debemos leer, ver, escuchar e incluso pensar, ¿Por qué no se nos educa en cómo debemos amar con el cuerpo?
Desde que el ser humano lleva registro de sí mismo, lleva registro de su sexualidad, lo que tenemos evidenciado en las primitivas figuras llamadas Venus en las que el ser humano veneraba el milagro de la maternidad y si no me equivoco, para que hayan madres tiene que haber padres que las preñen. La única forma de preñar que ha conocido el hombre hasta ahora en el siglo XX y XXI es la de la copulación entre un hombre y una mujer. De la misma forma los registros históricos de la humanidad nos dan muestra de que la unión carnal no se limitaba a la penetración vaginal, pues desde siempre se ha practicado otras formas, tales como el sexo oral y el anal ; así como la unión carnal entre seres humanos del mismo sexo. Ya Platón en su célebre diálogo El Banquete, nos cuenta de labios de Aristófanes de estas diversidades sexuales, de la cual deriva su célebre y malversada frase de que quienes deben gobernar son los filósofos. Si se lee con cuidado, se puede observar claramente que los "filósofos" a los que hace referencia Platón, son los homosexuales, pues claramente dice, que deben gobernar aquellos hombres que aman a los hombres y que no se verán impedidos por la carga de los hijos, contando con el tiempo suficiente para dedicarse a amar a los demás. Entiendo que tras dos mil años de ver al sexo como algo malo nos cueste abrir los ojos a él, pero los ejemplos son claros y las evidencias abundan. De todos es bien sabido, que los padres de la Iglesia y por consecuencia, todos los cultos y sectas derivadas de ésta, nos han dicho que el pecado original es el sexo, y de ello la innecesaria necedad de la virginidad de las monjas y la castidad de los sacerdotes.
El sexo es sucio, nos dicen sin pensarlo dos veces. Si algo me ha enseñado el psicoanálisis es que quien ve en el sexo algo sucio, es porque aún maneja una sexualidad infantil. Pues para un niño sus genitales sólo tienen un uso: el de excretores. Es decir, la eliminación de lo que el cuerpo no necesita. Por supuesto que nuestras excreciones las vemos como sucias, aunque el excremento sirva de abono y la urea como nutriente a las plantas. No son sucias, pero si recordamos, de niños nos dicen que esas cosas no se tocan porque son sucias y por ende de donde salen son sucias también. Una vez desarrollamos y nos damos cuenta de que los genitales no sólo sirven para excretar, nace algo que adormecía en el niño: la culpa. Si son sucios, todo lo que se haga con ellos, es por lógica sucio; y lo complejo deviene en que cuando tenemos una unión carnal, ésta nos da un placer que no habíamos experimentado con ninguno de nuestros apetitos. La culpa propia de occidente nos perseguirá toda la vida. Necesito enfatizar una vez más que estas líneas no son una invitación a la fornicación, sino a darnos un tiempo de meditar sobre un apetito propio de nuestro cuerpo que nos ha sido vedado, negado y hasta culpado. Recordemos que ya el maestro Pitágoras nos había hablado de la media dorada, hacia eso apuntan mis humildes argumentos, así sí hemos sido dotados de dicho apetito hay que aprender a mesurarlo o manejarlo y no sentir culpa por los placeres que nos regala.