DOSSIER ZIZEK, ARRIESGAR LO IMPOSIBLE
IDENTIDAD: UNA CUESTIÓN POLÍTICA
Maribel García*
coordinador.psicologia.sur@uan.edu.co
La pregunta por el ser acompaña a lo largo de toda su existencia al ser humano, pero también tiene un lugar constante en la vida (por decirlo metafóricamente) de todos los colectivos humanos. Y, si bien esta pregunta tiene siempre un aspecto individual que cada uno se ve obligado a afrontar por separado, las respuestas (o las tentativas de respuesta) individuales y las colectivas suelen estar indisolublemente unidas. Así, cuando una persona se plantea qué es, o bien, sin planteárselo explícitamente, hace toda una serie de cosas, las piensa, las desea, difícilmente se mantendrá al margen de alguna referencia a una entidad colectiva.
Entonces, cuando se plantea la cuestión de la identidad, lo individual y lo colectivo tienden a confluir. Es cierto que en la definición de la identidad individual entra también el elemento único, diferenciador, pero la referencia al ser individual se plantea inevitablemente a partir de un conjunto de individuos, pequeño o grande, definido o indefinido, real o virtual. Por lo tanto, la especificidad de lo humano estaría dada por una razón que se hace preguntas y que requiere de diversos horizontes de significaciones para poder encontrar respuestas que fundamentarán los hábitos cotidianos. Pero las preguntas que la razón se formula trascienden el plano de lo inmediatamente útil, de la búsqueda de placer y conocimiento, de lo estrictamente técnico.
Esta compulsión a pensar es mortificante y Zizek la asocia con la pulsión de muerte freudiana y con la negatividad autoreferencial que caracteriza la subjetividad tal como es pensada por el idealismo alemán. En todo caso, este exceso abre una brecha en el orden del ser, pues implica que el comportamiento humano ya no estará programado por un instinto, sino por un universo de significaciones sociales, que resultan de la intersubjetividad, de la imaginación radical, según Castoriadis. Desde este punto de vista, la razón es una locura en el orden del ser, un momento donde se suspende el determinismo para abrir paso a la novedad de la idea. Entonces, tiene que pensarse que en la locura de la razón, es decir de su desarraigo en el ser, surgen ideas como: la realización del bien, la justicia total y el crimen radical. No se especifica, sin embargo, por qué esta tendencia a la interrogación mortificante, o a la búsqueda de sentidos que obturen el vacío primordial de la condición humana, puede dispararse en sentidos tan diversos, como son la reafirmación o la destrucción de la vida. En cualquier forma, queda claro que el orden de lo humano es un salto del ser al vacío. La apertura de posibilidades no inscritas en cadenas de causalidad determinadas.
De acuerdo con esta orientación, la identidad no tiene relación con ninguna verdad o esencia estable de un sujeto, ni con nada que en él se vincule a una esencia de la especie humana. De lo que se trata es de la capacidad del ser hablante para describirse a sí mismo en un momento de su historia. Dicho sea de paso, esta corriente de pensamiento defiende a veces tesis similares a las defendidas por un autor como Giddens, en particular su noción de reflexividad . Parece que Zizek, al igual que Rorty, concluye que las posibilidades de redescripción están siempre abiertas, en función del léxico y de las metáforas empleadas. Lo que se considera como la identidad de alguien, por lo tanto, cambiará en función de cada nueva descripción que esa persona pueda llegar a producir (por supuesto, esto incluye también la recepción que los demás le den a su forma de presentarse).
Cuando se habla de descripción, no se hace referencia a que esa persona necesariamente hable de sí misma, "se describa" haciendo una lista de sus cualidades. Se trata de un conjunto de cosas que el sujeto piensa sobre sí mismo, creencias, deseos, enunciados más o menos explícitos, y sobre todo de una enorme cantidad de enunciados que transmiten algo indirectamente pero que, de un modo u otro, funcionan como las frases de un guión teatral. Sea como fuere, no hay una descripción verdadera, sino que cada una de ellas será más o menos adecuada al momento en que se realice y a la serie de las contingencias de la historia individual. Tal como lo expone Zizek: "la dimensión ética última es la construcción de un espacio en el que cada grupo/individuo tendría el derecho a contar su ficción, su versión de los acontecimientos. Así que se suspende la dimensión de la verdad" .
En ese sentido, hay que repensar la izquierda asumiendo el trauma de lo insoportable de su propia historia. Hay que luchar contra el postmodernismo (presentarlo todo como narraciones relativas) para reivindicar la verdad universal, el sujeto político y la emancipación radical. Lo que Zizek plantea no es una propuesta sistemática sino una serie de propuestas dispersas que vale la pena valorar. Orienta su propuesta siguiendo la pista de la teoría de los cuatro discursos: hay que oponerse al discurso del Amo, sea en su versión autoritaria o en la versión actual del discurso universitario, que como se ha comentado es el discurso de la élite dirigente de los expertos. También al discurso histérico, que consiste en reivindicar al Amo (al Estado) lo que es imposible. La cuestión es cómo se concreta este discurso alternativo. El único discurso revolucionario es el que Lacan denomina el discurso del analista. Lo que nos concreta Zizek al decirnos que este discurso es el de la destitución subjetiva, el del acto sin sujeto.
Toda esta reflexión teórica tiene el proyecto de recuperar el vínculo entre ética y política desde lo que él llama la política de la verdad. Esta propuesta quiere luchar contra la pretensión postmodernista de separar la ética de la política, que considera que aunque hay una serie de principios éticos universales el campo de la política es estrategia del más puro pragmatismo. Hay que reivindicar la política, dice Zizek, que surge de la verdad de la mirada comprometida de los excluidos y de la acción que deriva de ella, asumiendo todas sus consecuencias, por muy desagradables que sean.
Pero, volviendo a la génesis de la identidad como un factor político de primer orden, resulta útil comentar que la constitución del sujeto social se da desde y a partir del lugar que ocupa en lo social, lo político, lo cultural y en el espacio simbólico de otros sujetos. Específicamente en lo político no existen vacíos, ya que estos son siempre ocupados por las acciones y posiciones manifiestas de los diferentes actores. Los sujetos siempre están inscritos a un proyecto o bien están procurando construir un proyecto. Entonces en el establecimiento de una relación entre la identidad y lo político imaginamos un espacio, hasta cierto punto indeterminado, de construcción del sujeto histórico; pero este espacio está encargado por el propio sujeto de que se trate.
*Psicóloga. Magister en Psicopedagogía clínica Infantil