LOS LAZOS QUE UNEN
Julián Felipe Gutiérrez Bermúdez[1]
“…Peleaban por su país, pero morían por el hombre
que estaba a su lado…”
James Bradley, Iwo Jima. Seis hombres y una bandera
“…Nosotros los pocos afortunados, nosotros la banda de hermanos,
Pues aquel que hoy derrame su sangre junto a mí, ha de
Ser mi hermano…”
William Shakespeare. Enrique V
Resumen
La atención psicosocial a aquellos que han pertenecido a un Grupo Armado Ilegal en Colombia empieza a configurarse como un área de trabajo de gran importancia y creciente alcance, en respuesta a lo cual, aparece el campo de estudio del psicoanálisis como una alternativa a ser tomada en cuenta dentro de los distintos modelos de atención; tomando esto en cuenta, el presente artículo busca esbozar la manera en la que las distintas categorías de estudio propias de este se pueden aplicar tanto al trabajo con la población desmovilizada, como al encuadre por parte del profesional.
Palabras clave: Colombia, Aplicaciones del Psicoanálisis, Conflicto Armado, Desmovilizados
Summary
Psycho-social care to former members of Illegal Armed Groups in Colombia has gradually become a field of work of the utmost importance and a growing reach, to which the psychoanalytical field of study appears as an alternative that needs to be taken into account among the different attention models that have been proposed; taking this into account, the following paper tries to lay a groundwork in the way the tenets associated to psychoanalysis can be applied both to the work with former guerrilla and paramilitary fighters as well as the preparation done by the psychologist or psychoanalyst.
Keywords: Colombia, Applied Psychoanalysis, Armed Conflict, Former Combatants.
No resulta para nada descabellado afirmar que la guerra es la piedra angular de las civilizaciones. Implica la movilización de la totalidad de los recursos de un país, desde su industria hasta sus habitantes. Las naciones constituyen sus mitos fundacionales en épicas batallas contra los mas crueles opresores, al mismo tiempo que la confrontación armada se convierte en el escenario de las horrores mas indecibles y los actos mas sublimes de los que es capaz el ser humano al mismo tiempo que se ha producido lo que en su momento dio en llamarse el “matrimonio entre la industria y la milicia”, una alianza entre intereses económicos y militares que han convertido a la guerra en un negocio particularmente jugoso.
En general, la idea de la confrontación armada entre ejércitos o facciones así como todo lo que se asocia con esta, ejerce un poderoso efecto sobre la psique, el cual viene a manifestarse en el conjunto de productos culturales sobre la guerra; y que van desde trabajos hechos con toda la seriedad que amerita abordar dicho tema, hasta intentos descarados de trivializar, tergiversar, o reducir a la categoría de cliché.
Sin embargo, queda la pregunta por el sujeto que toma parte dentro de la guerra; ya sea de forma voluntaria u obligada, es inevitable el compromiso de distintos elementos de la subjetividad en relación con la guerra. ¿Qué nos dicen las categorías de estudio propias del psicoanálisis, en relación con el sujeto que hace la apuesta por la muerte que es la guerra?
Hablar del sujeto en psicoanálisis es, en un sentido primordial, hablar de un sujeto escindido, que en virtud de esa escisión, se encuentra inscrito en una serie de registros, siendo uno de estos registros, el de lo simbólico, con lo que entra en juego el lenguaje, y una concepción del sujeto como sujeto de lenguaje, que se encuentra, como lo establece Gerber “…Organizado desde el orden del lenguaje que lo gobierna…” (Gerber, 1983, p.93). La fragmentación del sujeto producto de su inscripción dentro del ordenamiento del lenguaje le permite construir un discurso del cual haga parte, lo cual solo será posible a través de la fragmentación del sujeto: El “Yo” del enunciado es completamente distinto al sujeto que formula el enunciado, nos encontramos entonces ante dos sujetos: uno de la enunciación y otro del enunciado; Aquel que esta hablando, y aquel del que se está hablando no son el mismo, a pesar de la ilusión que nos hace creer que ese es el caso.
La escisión asociada con el lenguaje permite un descentramiento del sujeto respecto a la representación que posee de si, dando pie tanto al Yo imaginario, como a la división entre este y un otro, con lo que la exploración alrededor del sujeto da pie a la exploración alrededor del cuerpo; el cual, no es un “Verbo hecho Carne”, sino mas bien, una “Carne atravesada por el Verbo”, el encuentro de lo orgánico con el significante lo enmarca dentro de un discurso determinado, con lo que su existencia deja de verse limitada al plano de lo real innominado, la carne se hace, como dice Bicecci, “…Cognoscible por la presencia de lo simbólico que la ha trocado en realidad…” (Bicecci, 1983, p.276).
Nos encontramos entonces, ante una materia orgánica y un cuerpo que se definen como tales a partir de una instancia de reconocimiento, en primer lugar, ante una imagen especular, pero más importante, ante un otro con “o” minúscula, que no es el que se encuentra relacionado con la administración de la ley, sino a través del cual se hace posible delimitar lo que es propio y ajeno al cuerpo del sujeto, con lo que le será posible a este establecer una articulación entre los distintos registros en los que se encuentra inscrito. Estamos hablando entonces, del prójimo, propio de un registro imaginario, que provee un reflejo de la imagen subjetiva, tanto a nivel de aquello en lo que se es similar, como aquello en lo que se es distinto.
Hasta el momento, se ha hablado de un sujeto que se encuentra fragmentado a lo largo de múltiples registros, y que se define a través del contacto con el otro, con lo que empiezan a verse implicados tanto el otro como el lazo social con respecto al sujeto, ¿Pero que nos dice esto en relación con la guerra? Esta es, en un principio, una actividad de naturaleza colectiva, el famoso “ejército de un solo hombre” popularizado a través de la ficción no es mas que eso, una ficción; la guerra no se hace con uno solo, se requiere un sujeto en el papel del agresor y un sujeto frente al cual se dirige dicha agresión, y que habrá de responder y retallar dicho ataque; el acto de la constitución de un ejercito, implica la creación de una masa que debe mantenerse cohesionada en virtud de algún mecanismo, como lo es la noción de espíritu de cuerpo; la guerra viene a ser entonces, una instancia de construcción del lazo social, una instancia la cual, habrá de convertirse también en un telón de fondo (en la medida que cabe el termino) para las mociones pulsionales.
Tomando como punto de partida a la taxonomía que en su momento llegó a establecer Freud sobre las pulsiones, ubicándolas bien fuera como Pulsión de amor (Eros) o de muerte (Thanatos), no se requiere un esfuerzo particularmente grande para ubicar a la guerra como una instancia de manifestación de esta ultima, una instancia en la cual la muerte del otro (el enemigo) no es condenada, sino que se celebra, y el sujeto es aupado a cumplir con este mandato de muerte, bajo la égida de un gran ideal que es el que le pide a los sujetos que maten.
Se da paso entonces, a la pregunta por el efecto que tiene la Danza Macabra asociada con la guerra sobre la mortalidad del sujeto, obligándolo a desechar la creencia afincada en el inconsciente sobre su inmortalidad, deja de convertirse en una evento singular para tornarse en el pan de cada día “…Los hombres mueren realmente; y ya no individuo por individuo, sino multitudes de ellos, a menudo decenas de miles en un solo día. Ya no es una contingencia…” dice Freud a la hora de abordar el tema del encuentro del sujeto con la muerte (Freud, 1986a) curiosamente, un año antes de la batalla del Somme de la Primera Guerra Mundial, que ha pasado a los anales de la historia como una de las batallas mas sangrientas de las que se haya tenido noticia. Es un reconocimiento que habrá de implicar una paradoja frente a la cual el único camino posible es el camino del Héroe, aquel sujeto que ignora su mortalidad en aras de alcanzar la victoria ante el enemigo, el sujeto que elige ubicarse en el plano de lo puramente simbólico, un nombre inscrito en un panteón, y que habrá de sustentar la apuesta que hacen sus hermanos-en-armas por la muerte.
Por otro lado, la exploración alrededor de la pulsión se encuentra necesariamente relacionada con el goce. Independiente de su naturaleza erótica o mortífera, la satisfacción de la moción pulsional implica una búsqueda de goce por parte del sujeto, implica un intento de “…Irrumpir a través del principio del placer en búsqueda de goce…” en palabras de Dylan Evans (Evans, 1997, p. 103); y con lo cual, habremos de encontrarnos de nuevo con el sujeto, el cual, producto de su atravesamiento por el lenguaje, se encuentra destinado a una secuencia ad infinitum de significantes a la hora de referirse a si mismo, y que resultará tanto en un enganchamiento por parte de este a una imagen de si mismo, como en una entrada en escena del otro. En un sentido más general, la vida en sociedad, así como el lazo social, aparecen como consecuencias de los intentos por alcanzar un goce determinado “…El goce, es el motivo principal de la vida en sociedad…”, según Pommier (Pommier, 1987, p.19).
A la hora de explorar el porque ocurre la guerra, así como las ramificaciones de esta, Freud establece como la guerra viene a estar firmemente relacionada con el lazo social; en tanto confrontación de poderes, es aquel mas fuerte y potente el que logra la victoria, siendo esta fuerza y potencia superiores adquiridas generalmente a través de la alianza de poderes de mayor o menor cuantía, no en vano La unión hace la fuerza, la retaliación a una agresión y la derrota de un enemigo vienen a ser posibles solo por la unión de sujetos, lo que a su vez implica un grado determinado de comunidad entre aquellos que la componen, así como una serie de pactos y regulaciones que garanticen el sostenimiento de dicha comunidad: las alianzas que terminan por hacerse necesarias para poder vencer a un enemigo en la guerra son alianzas en las cuales el lazo social inevitablemente hará presencia.
Se establece así entonces, un intrincado ínter juego entre distintas instancias, dentro del cual, la guerra aparece no solo como un escenario de lo pulsional, sino que al mismo tiempo se convierte tanto en precursor del lazo social en virtud de los vínculos que se forman entre los sujetos que optan por la vía armada, como en sustento de la vida en comunidad y del ordenamiento posterior a la ocasión de la guerra.
Existe además otro soporte al lazo y a la comunidad de la guerra; un soporte cuya existencia se insinuó a la hora de hablar del Camino del Héroe, y que se convierte en un preámbulo apropiado para explorar el rol del ideal, y la manera que este se entronca con los vínculos entre sujetos que implican la existencia de un cuerpo armado. Una exploración que implica, en primer lugar, preguntarse sobre aquello que implica la identificación, y la elección de un objeto ajeno al yo propia de la identificación. Aparece como un momento dentro de la constitución subjetiva por cuanto aquello que identifica al yo a su vez lo determina.
En lo que concierne a la exploración que en esta ocasión nos concierne, se presenta una articulación entre las dinámicas identificatorias y el ideal que es de naturaleza decisiva con respecto al sujeto que pertenece a un cuerpo armado.
En un principio, el sujeto hace la apuesta por la vía armada en función del efecto seductor que el ideal ejerce sobre el, pero esta vinculación se sostiene tras el encuentro con un colectivo de sujetos que han realizado a su vez dicha apuesta, haciéndolos pasar por las mismas situaciones, triunfos y penurias que les permiten reconocerse como iguales, se da entonces, un reconocimiento que da pie a una modalidad del lazo social que habrá de sustentar al cuerpo armado “…Dependemos unos de otros y por ello nuestra confianza es absoluta…” dice un veterano marine de la segunda guerra mundial al hablar de sus camaradas (Bradley, p.165), mientras que otro afirma “…Adquieres un tipo de orgullo especial al ser entrenado en la tradición del cuerpo. Conseguían que nos sintiésemos parte de un equipo especial…” (Bradley, Op. Cit, p. 104) una afirmación la cual, pone de manifiesto el rol que juega el cuerpo armado como una masa humana en el sentido freudiano del término; al hablar del funcionamiento psíquico de las masas, Freud pone de manifiesto la necesidad de una figura que logre comandar a la masa, al mismo tiempo que garantice los vínculos entre los integrantes del grupo, actuando como un sustituto del padre, amando s sus subalternos por igual, y que en el caso del cuerpo armado, viene a verse idealizado por sus subalternos, una figura omnisciente e incapaz de errar; un valeroso capitán, el cual, habrá de ser seguido por sus subalternos hasta las puertas del mismísimo infierno. Una lealtad incondicional la cual no es mas que un testimonio del rol jugado por el comandante como un Portador del Ideal, un ideal que es asumido como propio tanto por quienes componen al cuerpo armado, como por la masa en si; una introyección del objeto en la que al mismo tiempo que el cuerpo armado es parte del sujeto, este se reconoce como parte del cuerpo.
Bien sea como una orden de alistamiento en un ejército con tal de derrotar a un enemigo que amenaza a la patria, o la apuesta por un derrumbe de lo establecido para lograr un nuevo orden, el ideal se convierte en un significante que puede llevar al sujeto a efectuar una ofrenda de la vida propia, que al ser realizada en función del ideal, se convierte en una Negación de la Muerte; La unificación de aquellos que componen el cuerpo armado alrededor de un ideal determinado aquello ubicado en el lugar del Ideal del Yo, y que actúa como rector de una imagen especular va a ser el mecanismo de unificación. Una unificación que da pié a “…Un afecto tal que nos empujaba a arriesgar diariamente nuestras vidas unos por otros, sin dudarlo un instante, incluso sin ser conscientes de ello…”, como lo explica otro veterano de la batalla de Iwo Jima (Bradley, Op. Cit, P.165), “…Es que el era como mi hermano, ¿si ve?...”dice una joven ex – combatiente a la hora de hablar sobre aquellos a quienes dejó atrás.
El ingreso a un cuerpo armado, también se convierte en un intento de darle justificación a la existencia propia, una búsqueda que en un sentido, ha de entroncarse con el Ideal del Yo en tanto implica una percepción, por parte de quienes componen el cuerpo armado, de igualdad “…Nadie quiere destacarse, todos tienen que ser iguales y poseer lo mismo…” Dice Freud a la hora de describir el funcionamiento de las masas, las cuales se constituyen como tales a partir de una homogeneización que las hace susceptibles a una suerte de seducción por parte del ideal, que es el que impulsa tanto al cuerpo armado como a quienes lo componen a realizar su acto de guerra “…Las masas son capaces también de elevadas muestras de abnegación (…) Consagración a un ideal…”
Hasta el momento, la exploración realizada ha puesto de manifiesto el papel que cumple el vínculo social a la hora de abordar lo relacionado con el sujeto que ha hecho una apuesta por la vía armada; un vínculo que empieza a manifestar su importancia en el momento mismo de la constitución subjetiva, pasando por una exploración de las dinámicas de la vida en comunidad, junto con todo lo implicado con la moción pulsional así como el alcance del goce asociado con esta, el vínculo social, ese lazo que une subjetividades siempre se hace presente. Empiezan a surgir entonces, los soportes y mecanismos que explican a la noción de Espíritu de Cuerpo, aquella percepción, por parte de aquellos que han pertenecido a un cuerpo armado, de hacer parte de algo que trasciende y va mas allá de sus existencias individuales.
Por otro lado, tanto el ideal como las dinámicas identificatorias se configuran como pistas a través de las cuales descifrar el alcance de dicha noción desde una perspectiva psicoanalítica; el ideal aparece entones, como el impulso que lleva al sujeto a dar el primer paso para hacer una apuesta por la guerra, que a su vez habrá de ser el escenario de un careo con la posibilidad real de la muerte. Identificación e ideal aparecen entonces como garante y sostén de esta apuesta que habrá de ubicar al sujeto como parte de un cuerpo armado, cuya cohesión se mantiene a partir del portador del Ideal, que es reconocido como alguien a quien se aspira ser; ya sea un Comandante, un Capitán o un Héroe de Guerra, es a través de su accionar valeroso y audaz la manera en la que los demás se ven confirmados en su apuesta por lo mortífero; aparece entonces, lo que se puede calificar como una Identificación Vertical, con un comandante que funge como portador del ideal, o incluso como una suerte de figura paterna, mientras que el reconocimiento que el sujeto hace de si mismo en otros que han realizado la apuesta por la guerra implica una Identificación Horizontal, propia del reconocimiento de una medida de igualdad.
La entrada al grupo armado implica, a su vez, una subyugación de lo ideal, a partir de un encantamiento que este ejerce sobre sus miembros, el cual convierte aquello que los angustia en una suerte de comunión que solo se puede lograr dentro del grupo de Hermanos-En-Armas, una subyugación que adopta su máxima expresión bajo la figura del uniforme, que como bien lo indica el término, le da una misma forma a todos aquellos que pertenecen al cuerpo armado, eliminando así las diferencias que atentan contra la cohesión de este.
Es con este andamiaje conceptual que se presenta el abordaje psicoanalítico al trabajo con población Ex – Combatiente; un abordaje que solo se puede lograr con una preparación por parte del psicólogo la cual, en un principio, implica el abandono de una postura determinada que viene a ser la del Juicio Moral; aquel que se pone en el lugar de escucha al discurso del otro no puede hacerlo con predisposiciones o prejuicios respecto a aquel que habla; so pena de comprometer el estatus de neutralidad que implica un modelo de atención estructurado alrededor de un enfoque de naturaleza psicoanalítica.
En un segundo lugar, es necesario el abandono de lo que daría en llamarse un Complejo de Mesías, en virtud del cual el psicólogo de alguna manera se ve a si mismo como una figura de carácter mesiánico, que con su accionar y su trabajo va a cambiar la vida de la población a la cual atiende. Tal postura no solo peca de ser condescendiente en una manera similar al estereotipo del Noble Salvaje que pululó durante buena parte de la literatura del siglo XIX, sino que también se corre el riesgo de llegar a una suerte de juicio moral semejante al mencionado anteriormente; también se convertirá en una situación que a la larga será perjudicial para el psicólogo por cuanto el encuentro, o mas bien, des – encuentro entre sus intenciones y la realidad de los distintos modelos de atención resulta de cierta manera, traumático en tanto es un modelo que implica una contradicción entre la etiqueta de menor de edad, y una ley que los pone como responsables ante una ley de un pasado criminal, que los trata de ubicar en la categoría de menores de edad cuando han dejado tal clasificación hace ya un buen tiempo, un orden social que conmina al sujeto a abandonar la vía de la clandestinidad y la guerra, bajo un escenario de integración y aceptación, escenario el cual se ve desdibujado ante la exclusión y etiquetación sistemáticas que implica hacer parte de un proceso de reinserción; pero mas significativo con respecto al profesional, es el descubrimiento de los alcances y no-alcances del modelo de atención.
Una vez habiendo realizado este encuadre con respecto al trabajo y al modelo de atención que se puede llegar a lograr, se encuentra con un modelo que gira alrededor de darle cabida al discurso del otro, un discurso que inevitablemente habrá de girar alrededor de aquello que se tuvo pero que ya se perdió: La perdida del arma, que duele tanto y se siente como un miembro que ha sido amputado; el paso del uniforme de combate a la ropa de civil que se convierte en una instancia casi de desnudez subjetiva, “…Los primeros días sin el uniforme, me daba hasta vergüenza que me vieran por ahí…” dice un joven desmovilizado a la hora de referirse al momento en el que volvió a usar ropa de civil y en si, el encuentro ante una sociedad civil que mira constantemente, muchas veces sin que se deje ser mirada.
Otra instancia del trabajo es la que se relaciona con el acto de matar, un acto, que para esta población tiene implicaciones en varios sentidos, mas específicamente, desde un plano subjetivo, y desde el encuentro con la Ley. Como se había mencionado anteriormente, el sujeto que hace la apuesta por la guerra inevitablemente ha de encontrarse marcado por el acto de matar, tanto por la contradicción que este encuentro suscita con respecto a su creencia a nivel inconsciente sobre su inmortalidad, como por el goce asociado a este acto, el cual termina por incrustar al sujeto en una dinámica de repetición, no necesariamente relacionada con el acto per se, sino con la imaginería asociada a este; la fascinación con las armas, y la preferencia por imágenes de muerte y guerra no son mas que intentos del sujeto por reinstalarse dentro de un goce de muerte, una muestra clara de cómo han quedado atrapados bajo la seducción del arma.
Por otro lado, desde el encuentro con la Ley el acto de matar habrá de convertirse en un encuentro con la responsabilidad, con la contradicción que implica el hecho que mientras en su transito por la vía armada la muerte del enemigo era comandada e incluso celebrada, en la vida civil esta se convierte en la mas grave de las trasgresiones, y que debe ser castigada con la mayor severidad, implica, encontrarse con una Marca de Caín, que los denota como culpables de un crimen.
El encuentro con la muerte no solo es el encuentro con el acto, sino con el hecho de presenciar dicho acto; es la confrontación con una responsabilidad no dictada por la ley, sino desde una dimensión subjetiva, se convierte en una instancia de compromiso en la que aquel que muere termina siendo idealizado o idealizada, se convierte en una figura benévola y omnisciente sobre la cual se redirige un desfile de arrepentimientos y culpas, o termina convirtiéndose en la explicación y justificación alrededor de las elecciones que realiza el sujeto; aquel o aquella que muere habrá de dejar un lugar el cual intentará ser llenado por parte del sujeto por otras personas las cuales pueden llegar a operar en el lugar del padre o la madre muertos. “…Es que ella es como mi mamá…” “…Menos mal yo si tengo una mami que me cuida…” son decires que testimonian estos intentos de ubicar a otros o otras dentro del rol de agentes de una función materna.
Este es el aporte que el psicoanálisis puede llegar a hacer al trabajo con Ex – Combatientes, un aporte y una aproximación que se pregunta por la manera en la que el sujeto en tanto Sujeto de Lenguaje hubo de optar por el camino la guerra, y el rol que esta opción tuvo sobre su constitución. Una constitución la cual, a través de la noción de Espíritu de Cuerpo, aquella convicción de la pertenencia a algo mas grande que si mismo, una trascendencia sustentada en el lenguaje y llevada a cabo a través del lazo social.
Es un aporte que implica, el reconocimiento del alcance que tiene el vínculo con otro dentro de la vida afectiva del ser humano, es a partir de dicho vínculo que somos definidos, y es en virtud de los vínculos que formamos dentro de una comunidad que nuestras existencias llegan a ser reconocidas.
BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS
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POMMIER, Gerard: Freud ¿Apolítico?, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1987
[1] Psicólogo, Universidad Nacional de Colombia