La invención de los olvidados.
cultura, culpa y compasión.
Sólo basta una risa y un retrato
para poder darse cuenta.
Sólo cuando mis ojos vuelcan la historia y la caída,
un declive en forma de arenal,
hormonas que atraviesan los recintos de mi cuerpo.
Bastaba la espera para crear un lenguaje.
Cuando despierto
la risa se distrae y el silencio en mi memoria es todo lo que anhelo.
Jenny Levine G, 2008.
Resumen.
En el presente ensayo se realiza un pequeño recorrido a través de uno de los malestares de la cultura: la compasión. Se ha creído que este sentimiento es no-egoísta y moralmente bueno, sin embargo encarna otra cosa. Nace a partir de la agresividad, la hostilidad y la culpa. Se cuestiona el problema de la culpa ante el acto compasivo, las posiciones que se presentan en este diálogo, el juego del poder y la inclusión de los excluidos. Partiendo principalmente de textos de Freud y Nietzsche, se intenta abordar este conflicto que aun se encuentra con muchos agujeros.
Palabras claves. Compasión, cultura, agresividad, culpa, inclusión, exclusión, Freud, Nietzsche.
Una vez que el hombre tiene la fortuna de encontrarse con el lenguaje, queda para siempre atrapado, trastocado y condenado a padecer la desdicha de no poder decir lo que su corazón anhela, o la desdicha de hablar más de lo que quiere, o la desdicha de no saber lo que dice, o de no entender ni qué dijo, ni para quién lo dijo. Está atrapado entre dichosos malentendidos del lenguaje. La entrada en el lenguaje como pase a la cultura se presenta como una llaga en todo sujeto y toda relación.
El malestar de la satisfacción imposible que la cultura impone es el precio que pagamos por ser y es un gran costo el que hemos cumplido. En esta cultura del mal estar encontramos el poder en cada instante de nuestra existencia; relaciones de poder que están entrelazadas y enquistadas, y forman parte de este sufrimiento.
Hay experiencias de poder que son tan cotidianas que a veces pasamos de largo y no damos cuenta. Por eso nos dedicaremos a mirar lo obvio, a analizar eso que nos sucede todas los días; esas situaciones que no consideramos hechos importantes y las dejamos de lado sin saber que son estas relaciones las que hacen posibles aquellas otras que sí consideramos significativas y han merecido nuestra atención, nuestra mirada y nuestro análisis.
En esta cultura encontramos personas que han recibido el prejuicioso nombre de anormales. Anteriormente estos eran enviados fuera, excluidos y desterrados para evitar la relación con éstos y así apartarlos del conocimiento general de los otros, los "normales". Sujetos como el vagabundo, la prostituta, el criminal y el indígena, habían sido separados de la cultura y eliminados de la existencia. Sin embargo, más tarde, muchos han sido "reintegrados" a la cultura mediante una política de inclusión de los excluidos, un gran disfraz que grita "somos iguales", que lo único que encubre es agresión y poder de superioridad. En esta época de modernidad y "progreso" nos hemos dedicado a crear un ambiente de igualdad de derechos y convivencia. Hemos traído a los indígenas a convivir entre nosotros, y digo nosotros, porque somos los que hemos tenido el poder de decir: "yo que tengo poder te voy a ayudar a ti que no tienes". Estos intentos de inclusión se vuelven mucho más agresivos que la exclusión misma, ya que el poder se reafirma aún con más fuerza.
Dentro de este efecto de inclusión se encuentra otra acción que conocemos y vivimos diariamente: la compasión. El "pobrecito lo voy a ayudar", el "yo que puedo y tengo le voy a dar porque no puede y no tiene", encubre un sentimiento de superioridad y agresión de autonombrarse poderoso, y una espera de recompensa.
¿Qué sucede con el vagabundo que pide limosna? Dentro de las experiencias que vivimos diariamente, por lo menos en nuestro país, nos topamos dolorosamente con la compasión. Digo dolorosamente porque es un camino en donde toda vertiente queda sin una solución que no lleve más que al remordimiento. Algunas personas dan limosna y algunos no lo hacen. Algunos dan dinero a viejos y a niños, mientras otros dan comida. Pero ¿qué encubre esta acción?, ¿qué sucede detrás de esta ayuda?
En todos se esconde un mismo fin: la culpa. ¿Culpa de que esa persona no tenga y yo sí?, o ¿culpa de yo ser la razón por la que él está así? como dice Nietzsche: a los mendigos molesta el darles y molesta el no darles (1).
Existe una inclinación agresiva que funciona como una disposición pulsional autónoma, originaria, del ser humano. Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte que hemos descubierto junto al Eros, y que comparte con este el gobierno de universo. La lucha entre Eros y Muerte, pulsión de vida y pulsión de destrucción, es el contenido esencial de la vida en general, y por eso el desarrollo cultural puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana (2).
En el momento en que esta pulsión de destrucción hace intentos por ser expresada, se encuentra con una gran barrera que puede ser un impedimento: la cultura. Hay una tensión entre el superyó que se ha vuelto severo y que trata de impedir que esta agresión sea exteriorizada. A partir de esto se genera una "conciencia de culpa" donde la cultura yugula el peligroso gusto agresivo del individuo, debilitándolo, desarmándolo, y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior, como si fuera una guarnición militar en la ciudad conquistada (3).
Uno de los reclamos ideales dice: "amarás a tu prójimo como a ti mismo". En tal caso no podremos sofocar un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué deberíamos hacer esto?¿De qué nos valdría? Pero sobre todo, ¿cómo llevarlo a cabo?¿Cómo sería posible? Mi amor es algo valioso para mí, no puedo desperdiciarlo sin pedir cuentas. Tengo que amarlo si es el hijo de mi amigo, pues el dolor del amigo, si a aquel le ocurriese una desgracia, sería también mi dolor, forzosamente participaría de él. Pero si es un extraño para mí, me sería difícil amarlo. No es sólo que ese extraño es indigno de mi amor; tengo que confesar honradamente que se hace más acreedor de mi hostilidad, y aun de mi odio (4).
Tras todo esto se puede discernir que el ser humano no es un ser amable, dócil o benévolo como se ha pensado anteriormente, sino que tiene inmerso un gran incentivo de agresividad que quiere satisfacer en otro, quiere humillarlo, explotarlo, martirizarlo y hasta asesinarlo. Aquella humanidad establece por principio que precisamente la "maldad desinteresada" es una propiedad normal del hombre - : ¡y, por tanto, algo que la conciencia dice sí de todo corazón! (5).
Cuando sobrevienen los intentos agresivos sobre otro, el superyó invade la conciencia con una culpa de no poder cumplir con los ideales que me impone, inadvertidamente, el objeto de amor, y cuando no se pueden cumplir estos ideales, hay una amenaza de la pérdida del objeto de amor, de esa mirada que constituye y ha de ser necesaria para nuestra existencia. Se evita la pérdida de este objeto mediante la generación de una dependencia de uno a otro. La compasión es la necesidad de esa mirada, y más aún, la necesidad de castigo que nos impone la conciencia de culpa creada a partir del nacimiento de la cultura.
Para Nietzsche, los impulsos desinteresados, no-egoístas, ese llamado amor al prójimo es una debilidad, un caso concreto de la incapacidad para resistir a los estímulos. Sólo los decadentes defienden que la compasión es una virtud. "Yo reprocho a los compasivos que pierdan con tanta facilidad el pudor, el respeto y el sentimiento de delicadeza que lleva a guardar las distancias. Y es que la compasión apesta a chusma inmediatamente, y se parece tanto a los malos modales que es imposible distinguirla de ellos" (6).
Te ofreces en sacrificio, te tortura tu riqueza,
te entregas,
no te proteges, no te amas.
La gran tortura te obliga en todo tiempo,
el tormento de un granero rebosando, de un corazón rebosando,
que ya nadie te agradece…
Has de volverte más pobre,
¡sabio-necio!
si quieres ser amado.
Sólo se ama a los que sufren,
sólo se da amor a los hambrientos,
¡empieza por regalarte a ti mismo, oh Zaratustra! (7)
A partir de lo anterior, podemos esclarecer que existen dos posicionamientos siempre respecto a un otro: el vagabundo y el compasivo. Los llamaré así por fines prácticos, empero, se juegan otros papeles todavía más tajantes: el amo y el esclavo. Podríamos pensar en primera instancia que el vagabundo es el esclavo y el compasivo es el amo, sin embargo es más que sólo eso. ¿Es el vagabundo el esclavo o lo es el compasivo?, ¿no es el compasivo esclavo de su culpa y su compasión, de la mirada del otro que lo somete?, ¿no es el compasivo esclavo de su compasión?, ¿no es el vagabundo amo de la compasión que le causa al compasivo?, ¿no es la mirada del vagabundo amo de la culpa que se le refleja al compasivo?
La mirada -como medio de formación de todo sujeto y empuje constante de reconocimiento- es el tablero de partida de ajedrez en donde juegan dos sujetos mirantes que se reconocen en tanto juegan en el mismo tablero. Así como no hay amo sin esclavo, no hay nada de exclusión social sin un sujeto que produzca el gesto de excluirse (8): "¿Qué dice usted que soy?" "Entonces voy a llamarme como usted me llama" (9). Hay tanto un sentido de victimización como un carácter de excepción en todo "excluido".
El compasivo en tanto que se compadece del vagabundo y lo ayuda, lo ata a sí mismo y lo conserva. Al ayudarlo se nombra amo cada vez que puede. Esto mismo ocurre con Jacques y Denise en la institución Bonneuil, cuando el primero le enseña a Denise a escribir con su mano impotente. El día en que Jacques se dio cuenta de que Denise "curada" se le escapaba, pasó por una crisis seria. Si perdía a Denise perdía su domino (10).
Se trata de asistir a un sujeto para que así pueda depender de mí y me nombre amo, ya que sin ese alguien a quién ayudar, ¿dónde quedo yo? En el asistencialismo se juega el reconocimiento de uno mismo y la necesidad de un reconocimiento existencial. Se necesita la mirada del otro para saberse sujeto, saberse existente; como una representación de la misma mirada que nos constituyó.
La religión debe de ser tomada en cuenta, pues forma parte de este entramado de relaciones que es el hombre, y es importante señalar una de sus vertientes en donde la compasión se relaciona con la misma. Nietzsche es uno de los tres maestros de la sospecha que ha dedicado gran parte de sus estudios a hacer una crítica severa a la religión, y en especial al cristianismo. Nietzsche designa al cristianismo como la religión de la compasión y afirma que esta está en contradicción con las emociones tónicas que elevan la energía del sentimiento vital y producen un efecto depresivo. Conserva lo que está a punto de perecer; combate a favor de los desheredados y de los condenados de la vida, y manteniendo en vida a una cantidad de fracaso de todo linaje, da a la vida misma un aspecto hosco y enigmático (11). Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma. Pues me he avergonzado de haber viso sufrir al que sufre, a causa de la vergüenza de él; y cuando le ayudé, ofendí duramente su orgullo (12).
La visión de Nietzsche es un poco extremista porque es imposible deslindarnos de esta "conciencia de culpa", esta "cosa sombría", o "mala conciencia" que hemos heredado desde su comienzo largamente salpicado con sangre, como todas las cosas grandes en la tierra (13).Aunque este autor sugiere que hay que desprenderse de las ideas morales, pasar de ser un camello -llevando la humildad, el sometimiento, soportando las pesadas cargas de la moral del resentimiento hacia la vida; a ser un león - señor de su propio desierto-, es imposible llevarlo a cabo del todo. Sin embargo, el discurso nietzscheano abre también a otros modos de pensar la ética más allá de toda moral.
Considero que estas ideas son muy valiosas, ya que vivimos en un país muy creyente y religioso, y creo que la forma en que nos relacionamos, seamos creyentes o no, está marcada y trastocada por las influencias que tiene la religión como estatuto de pensamiento y moralidad.
Al estar atados bajo los influjos del lenguaje y por lo tanto, la cultura, nos vemos constituidos con una falta o vacío adherente que forma parte de nosotros y es la causa de todo sufrimiento neurótico que vivimos día a día.
Hay muchos conceptos que permanecen recónditos en nuestro estudio sobre la cultura, ya que realmente no existe un camino de salida que burle el sufrimiento; y pensándolo bien: ¿qué sería de nosotros sin la cultura?
Referencias.
(1) Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1884), Madrid: Alianza Editorial, 2008 p. 140.
(2) Sigmund Freud, "Malestar en la cultura" (1927-1931), en Obras Completas, Volumen XXI, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1996, p. 118.
(3) Sigmund Freud, "Malestar en la cultura" (1927-1931), en Obras Completas, Volumen XXI, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1996, p. 120.
(4) Sigmund Freud, "Malestar en la cultura" (1927-1931), en Obras Completas, Volumen XXI, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1996, p. 106-107.
(5) Friedrich Nietzsche, "Segundo tratado: culpa, mala conciencia y otras cosas afines" (1887), en La genealogía de la moral, Madrid: Alianza Editorial, 1995, p. 75.
(6) Friedrich Nietzsche, Ecce homo (1888), Madrid: Clásicos Selección.
p. 46.
(7) Friedrich Nietzsche, poemas (1979), Madrid: Hiperión, 2007, p.129.
(8) Paul - Laurent Assoun, "La exclusión. Para una arqueología del significante social de perjuicio" (2001), en El perjuicio y el ideal, Argentina: Nueva visión, p. 36.
(9) Paul - Laurent Assoun, "La exclusión. Para una arqueología del significante social de perjuicio", (2001), en El perjuicio y el ideal, Argentina: Nueva visión, p. 32.
(10) Maud Mannoni, "La institución estallada" (1990), En La educación imposible, México: Siglo XXI Editores, p. 71.
(11) Friedrich Nietzsche, El Anticristo, (1888), México: Fontamara, 2007, p. 22
(12) Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1884), Madrid: Alianza Editorial. 2008, p. 140.
(13) Friedrich Nietzsche, "Segundo tratado: culpa, mala conciencia y otras cosas afines" (1887), En La genealogía de la moral, Madrid: Alianza Editorial, 1995, p. 74.