PSIQUE Y GLOBALIZACIÓN

Liliana Parra

ABSTRACT
Se presenta un acercamiento a algunas manifestaciones del psiquismo ante las condiciones cambiantes que conlleva la globalización en el marco del neoliberalismo al que asistimos en las recientes décadas.

La era global a la que asistimos en los últimos años se viene experimentando de diferentes maneras, las cuales tienen una manifestación en el psiquismo ante el desarrollo tecno-científico, las nuevas formas de presentarse las condiciones laborales, sociales, políticas, económicas, la presencia y características de las comunicaciones, lo que genera a su vez, diversas formas de establecer lazos familiares, de pareja, de amistad y sociales.

Este artículo focaliza aquellas expresiones o manifestaciones de la psique ante las situaciones que planeta la globalización, que cada vez son más frecuentes en las sociedades occidentales, y que influyen en el tipo de vinculación, de manera manifiesta o encubierta, que estamos estableciendo.  Por tanto, quienes estudiamos la mente humana y los múltiples factores que influyen en el devenir de tal o cual estructuración psíquica, ante las condiciones del medio en que se desarrolla, nos vemos llamados a atender dichas manifestaciones, en este caso cómo estamos asumiendo las implicaciones de esta era global.

Manifestaciones como las siguientes hacen su aparición en nuestro escenario, cada vez con más frecuencia:

Melancolía, tristeza, desánimo, sensación de vacío, desesperanza, sin sentido, sentimientos de angustia, "terror sin nombre", sentimientos de soledad, abandono, aislamiento, ser objeto de, manipulación, abuso, desconfianza, expresiones de rabia, agresiones, maltrato, exigencias de estatus social, imagen, sentimientos de extrañeza, enajenación, despersonalización, sentimientos de omnipotencia, conductas maníacas, compulsivas, megalómanas, exhibicionistas, incapacidad para aplazar, inmediatismo, intelectualidad sobre afectividad, mecanización o parálisis del pensamiento, molestias psicosomáticas.

Los modos actuales

Para abordar las manifestaciones que se vienen presentando, que implican una amplia de-construcción y por tanto una re-significación de representaciones, imaginarios e ideales en los que nos veníamos moviendo, se puede acudir al análisis del cambio de paradigma comunitario al paradigma societario, y por ende a la revisión de sus consecuentes expresiones, desde la lectura de un tipo de globalización como el de hoy, hasta ahora soportado en lógicas neoliberales, donde las reglas del libre mercado se imponen tanto en las condiciones de vida como en el manejo de la economía pulsional.

Si se analizan las transformaciones en las áreas de la vida humana, el paradigma comunitario se podría caracterizar así: la comunidad en la que se nace propone una serie de criterios, tradiciones e ideales para la permanencia en el tiempo y en un espacio territorial particular, de la identidad cultural y social de cada comunidad, e incluso sirven de referencia para la construcción de una identidad personal.  A partir de allí, el vínculo que instaura el individuo, lo determina y lo marca, en gran medida, lo externo representado en la mayoría de los casos en las instituciones -o por lo menos es lo se espera-.  En cierta forma esta marca limita porque condiciona, sin permitir ir más allá.

En el paradigma comunitario la familia como grupo primordial, transmite el legado ancestral conciente y no conciente, donde el lenguaje juega un papel estructural, dando el sentido al propio proyecto de vida.  Por lo tanto, es en la familia donde se construye la identidad de género, la identidad sexual y la identidad familiar.  Al pertenecer a este grupo se hallan referentes y por tanto seguridad, y la sensación de que hay algo esencial, que no cambia y que es estable.  Hay un vínculo con el origen.

El ámbito laboral ha ofrecido en dicho paradigma -ahora cada vez menos- condiciones de empleo permanentes, prestaciones para garantizar la continuidad en un mismo puesto de trabajo de manera indefinida, rutinas poco inalterables de ocupación-descanso, seguridad social, entre otros, conocido como pleno empleo. En lo político se encuentran la convicción política y la militancia como pilares de la participación.

El paradigma societario se caracteriza por estar en el futuro.  Los vínculos son abiertos, no están determinados sino en permanente cambio, negociación y renovación.  No son tan arraigados, tienden a ser inestables, transitorios y frágiles. Frases propias como "uno mismo se hace", o "hágalo usted mismo", dan cuenta de un tipo de vínculo que enfatiza más en el yo y en el individualismo, lo que implica hacerse cargo de las decisiones, de la libertad y de pensar por uno mismo.

Si lo comunitario es heterónomo se podría decir que lo societario se caracteriza por lo autónomo.

Para superar esta dicotomía se acude a dos salidas: el repliegue en lo comunitario, que da la respuesta a quiénes somos, de dónde venimos, para dónde vamos y cómo; o el repliegue en lo personal, buscando en sí mismo para saber quién soy y superar la crisis.

En medio de estos cambios y búsquedas hay intentos por dar algún tipo de significación a lo que estamos viviendo, pues no todo lo entendemos ni todo queda integrado en nuestro entorno otrora familiar y ahora abierto. Nos encontramos con que los referentes con que nos identificábamos como personas y participábamos para construir sociedad, se amplían o cambian; lo que nos deja un poco a la deriva y en algunos casos cerca al sentimiento de soledad, abandono y vacío.  Con la consecuente necesidad de buscar aferrarnos a algo casi de manera impulsiva y hasta compulsiva.

En las últimas décadas, y al parecer cada vez más, diferentes autores estudian y conceptualizan desde la práctica, manifestaciones y cuadros clínicos que tienen que ver con las sensaciones de vacío, sin sentido, superficialidad, entre otros ( ).  Por ejemplo, se encuentra:

-La categoría de lo neutro, lo blanco, como el territorio de la des-investidura.  Duelo blanco, duelo negro.  Locura privada.  Patologías del vacío.  (André Green)
-Self blanco (Giovachinni)
-Estructuras tóxicas (D. Maldavsky)
-La ambigüedad como un aspecto del funcionamiento yoico.  Personalidad autoritaria.  Yo fáctico (José Bleger)
-Patologías de la dimensionalidad (Donald Meltzer)
-Patologías del narcisismo (D. Meltzer, A. Green, Heinz Kohut, Otto Kernberg)
-Yo interactivo o carácter binario (Eduardo Romano)

También hay autores que relacionan las características del contexto, culturales, políticas y sobretodo económicas de las sociedades actuales, con la potencial aparición de dichos cuadros.  Partiendo de la premisa freudiana, para su argumentación, de que el ser humano es un ser relacional y en la interacción con el medio, va estructurando su psiquismo y constituyendo su identidad.  Sólo menciono algunos ejemplos que he seleccionado para el caso: 

*Enrique Guinsberg en su artículo La personalidad neurótica de nuestros tiempos neo-liberales ( ), propone que entender el modelo de sujeto y de subjetividad de nuestra época neo-liberal y comprender su incidencia en el psiquismo, implica conocer las características de este modelo social y de producción.  Donde el núcleo básico del funcionamiento social es el individuo, con la consecuente reducción de los intereses comunitarios o colectivos, provocando la búsqueda del triunfo y la ganancia a niveles individuales.  Tal predominio provoca la tendencia individualista, llegando a plantearse el narcisismo como cuadro psico(pato)lógico dominante del presente.  Además, las causas del malestar en la cultura neoliberal son múltiples, aunque provenientes del mismo modelo.

Guinsberg no es el primero ni el único en mencionar que hay una tendencia a que las patologías del narcisismo predominen en nuestro tiempo.  André Green, Donald Meltzer, Otto Kernberg, y la Escuela Lacaniana, ya lo han desarrollado desde el Psicoanálisis y la Psicología.

*El libro de Julia Kristeva, Las nuevas enfermedades del alma (1995), desarrolla como el ser humano contemporáneo, de tanto consumir objetos, imágenes y píldoras, ha perdido su alma, ha perdido toda vida interior.  Hoy en día la posesión de bienes y, por lo tanto, el dinero, lo virtual (la T.V., cine, Internet), el Prozac (la píldora de la felicidad) y el Viagra (la píldora del amor), harían las veces de la felicidad.  Kristeva se pregunta si el resurgimiento del interés por las religiones y la necesidad de vivenciar una espiritualidad, es el resultado de una búsqueda o de una pobreza psíquica que le pide a la fe una prótesis de alma para una subjetividad amputada.  Acuciados por el estrés, impacientes por ganar y gastar, por gozar o morir, los hombres y mujeres de hoy se ahorran esta representación de su experiencia que se conoce como vida psíquica.  La vida psíquica del ser humano moderno se sitúa desde ahora entre los síntomas somáticos y la puesta en imagen de sus deseos.  "Las nuevas enfermedades del alma" son las dificultades o incapacidades en las representaciones psíquicas, que llegan incluso a aniquilar el espacio subjetivo.

*En su libro La Cultura Digital (2000), Eduardo M. Romano describe el carácter binario o interactivo como la expresión en el contexto telemático de fin de siglo de las estructuras clínicas estudiadas en los últimos años por A. Green (patologías del vacío), Meliah, Sifneos, Joyce Mc Dougall (alexitimia), D. Maldavsky (estructuras tóxicas).  Las personas con este tipo de carácter binario privilegian la percepción-conciencia en un estado de desacople afectivo; desarrollan una percepción adhesiva con las imágenes, sonidos y textos del computador, que puede vivenciar como estímulos auto-calmantes. Les resulta eficaz un núcleo que no discrimina lo vivo de lo inanimado, ni el yo del no-yo (se suelen mantener los límites, pero se desmiente transitoriamente la realidad mundana); privilegian el universo de los números y el ideal de ganancia y oscilan entre la frialdad afectiva y la hiperactividad; padecen sentimientos de depresión y desasosiego; utilizan habitualmente los medios electrónicos como ilusorios soportes de su identidad y autoestima (representan una especie de doble yo); organizan sus percepciones de la realidad y sus vínculos bajo la estricta lógica binaria de la Informática, sin medias tintas, claroscuros ni síntesis posibles entre tendencias antagónicas; se establece un "goce de artefacto", hecho que trasciende el placer perceptivo e intelectual.

Al igual que J. Kristeva, E. Romano, entre otros, coinciden en la acusada falta de representación subjetiva, de trabajo psíquico y elaboración frente a las vivencias cotidianas; reforzado por el estilo de vida "light" que impera en nuestra cultura, donde el tiempo no alcanza, vivimos de prisa en prisa, los estímulos nos vienen de varios lados a la vez, pero no nos detenemos en uno en particular para observarlo, analizarlo y sacar una conclusión; sólo hay disposición para quedarnos con la fachada, con lo que se ve a primera vista.  Esto ejemplificado en el acto de alimentarnos; informarnos sólo con titulares y enunciados; el intento por acceder a una tecnología que está en constante innovación y que nos avasalla; establecer relaciones esporádicas y momentáneas; con escaso o nulo nivel de compromiso social, entre otros.  Quedando sin integrar, sin hacer parte del sí-mismo experiencias del día a día a las que se asiste como espectador, sin implicación afectiva y a veces de manera superficial o epidérmica.  Con lo cual permanecen orbitando sensaciones, emociones, ideas, que más tarde emergerán vía somatizaciones, trastornos del sueño, de la alimentación, fobias, vacío, depresión, actuaciones de tipo compulsivo o agresivo, etc.  Pues, lo que no es tramitado de manera subjetiva, es decir, digerido, asimilado e integrado por nuestra mente, buscará resolución a través del cuerpo o mediante la instrumentación de algo o alguien en el afuera.

Los autores citados hacen parte de un sector de profesionales que vienen pensando los modos en que el ser humano está asumiendo y está significando nuestra cultura y nuestro tiempo.  En diferentes áreas del conocimiento, como la Filosofía, la Sociología, la Antropología, las Ciencias Políticas, la Literatura, se aborda la temática y cada vez más se hacen necesarios los análisis desde diferentes lecturas y posiciones. Estamos asistiendo en el presente a una era globalizada en que las personas, al parecer, tienden a caer en estados de desasosiego, de vacío, desilusión, de depresión, por el sin sentido, quizá por economía psíquica, ante los modos actuales.

El vínculo con el otro

Estas sensaciones de desasosiego e incertidumbre frente a lo que estamos viviendo y a lo que vendrá, los malestares y las desilusiones de ir tras un Estado de bienestar y una calidad de vida representada en la capacidad de acceder a unos bienes y servicios, lo que en últimas no es suficiente para alcanzar la felicidad, se encuentran con el vacío subjetivo que hace presencia. El territorio de lo interpersonal es un escenario más, que se suma a los modos de representar las realidades de hoy.  Si tenemos en cuenta el panorama descrito en el punto anterior sobre los modos actuales, se podría proponer una caracterización del tipo de vinculación con el otro que tiende a predominar en este contexto.

El vínculo con el otro puede ejemplificarse por medio de la relación que se da con algunos objetos como las drogas, el teléfono móvil, o con algunas personas (bien sea la pareja, la madre, un amigo) en quienes se busca incondicionalidad en el tiempo y en el espacio, una respuesta inmediata a la demanda y que no pida nada a cambio.  Es decir, algo o alguien que atienda y gratifique los pedidos en el momento que se solicitan, sin excusas ni retrasos, sino en el momento mismo en que surgen, sin contar con las necesidades, requerimientos o limitaciones que el otro pueda tener.

En el fondo de la cuestión estaría la negación de que la satisfacción plena y absoluta no se dará nunca.

Esta búsqueda se instrumentaliza a través de otro en quien se delega la responsabilidad por el logro del sosiego o por el dolor de la frustración.  Se espera del otro que colme y que, en la acepción de W. Bion, funcione como rêverie, en quien se proyecta ansiedades, emociones e impresiones sensoriales, para que sea este quien tramite lo que yo no puedo por mí-mismo y regresarlas de una manera menos angustiante.  Se busca un tipo de receptividad continente, como el de la función materna, donde por identificación con esa capacidad de operar sobre la vivencia emocional en bruto, a fin de procesarla como pensamiento o en materia apta para la elaboración psíquica, se adquiere la pantalla interna que permite el pensamiento, el juicio de la realidad y la demora en la descarga de los impulsos.  Cuando falta esa capacidad continente de la mente, la tensión o el aspecto ansiógeno se descarga en un objeto externo.

Muchos fenómenos de maltrato, violencia doméstica, impulsividad, agresión, poca tolerancia a la frustración, entre otros, pueden ser entendidos desde esta incapacidad de contención propia, puesta en escena en la relación interpersonal con quienes nos rodean; o con quien sea percibido como amenazante de cierta presunta estabilidad física, emocional, ideológica, laboral, económica o social.

En estos casos la separación del objeto ilusoriamente "satisfactor" o su negativa a ocupar ese lugar, puede ser vivida con la invasión del vacío y de la angustia, como una caída, un quedarse sin sostén.  Lo que puede generar regresiones a estados psíquicos primitivos, con sus consecuentes mecanismos de defensa, ansiedades y determinados modos de vinculación con los otros, que pueden ir desde el ensimismamiento, el aislamiento (afectivo y físico), el desapego defensivo, hasta la manipulación, pasando por una demanda constante de la presencia permanente del otro.

Con el ensimismamiento y el aislamiento se estarían bordeando características autistas, dejando de lado las experiencias y estímulos del mundo exterior donde la no-integración se transforma en un sentimiento de desintegración.  En el desapego defensivo se recurre a la disociación entre pensamiento y afectividad e incluso entre psique y cuerpo, cuya falta de relación se transforma en un sentimiento de despersonalización.

De hecho, no es de extrañar las vinculaciones con poco compromiso, o las personalidades fácticas que viven en la acción, haciendo y desde allí se definen, pero una vez se detienen y dejan de hacer, tienden a una confusión de su identidad.

No sólo las personas del carácter binario que señala Romano tienden a una vinculación en términos de superficialidad.  También las personalidades denominadas "cabeza-hueca" (empty-headedness) y los casos de adosamiento, que D. Meltzer cita para hablar de la bi-dimensionalidad ( ), en la que hay una experiencia de adhesión entre self y objeto (como si estuvieran las piezas de un edificio pero sin el pegante), donde no se establece una relación con el interior, es decir, no se concibe al objeto con un adentro, construcción necesaria para establecer una relación.  No se tolera la separación ni la total intimidad, porque los interiores no se han construido aún; separarse del objeto es intolerable, es vivido como amenazante, destrucción, desgarramiento, entumecimiento, en una palabra se da lo que Meltzer nombra como "des-mantelamiento".

Si pensamos la constitución del espacio interno en una sociedad de mercado, donde su funcionamiento está determinado por las leyes del libre mercado, la promoción de dicha construcción es reemplazada por el afán de la ganancia, el rendimiento dentro de una fuerte competencia, donde entran en juego ideales de estatus e imagen buscados por medio del consumo.  El mercado es el objeto, la imagen es la fachada que está en función de ser para el otro, es decir, la imagen depende de las demandas de ese objeto-mercado.  Se queda en la superficialidad, en la fachada y el ser se limita a ser una imagen que se vincula con la fachada de otros, dejando de lado las diferentes dimensiones de la estructura mental.  El entorpecimiento de los enlaces entre el pensamiento y la afectividad, así como el automatismo, la mecanización o parálisis del pensamiento, economizan el transito por el espacio interno propio y la no-concepción del objeto con un adentro.

Al respecto Romano señala (al hablar del carácter binario) que no se establece ningún diálogo interno consigo mismo, pues no existe espacio psíquico para discernir, repensar, remodelar, darle un toque personal o subjetivo a la experiencia.  Las cosas son lo que parecen ser.  El dolor, el desamparo y la depresión no son sentidas como tales, se compensan fusionándose con los objetos de consume mediático, que conforman una parte esencial de las rutinas (goce de artefacto). "El resplandor y la simetría de las imágenes virtuales producen tal efecto de fascinación, que hacen superficial y prescindible el sentimiento" (2000, p. 73). 

En la línea de la inclusión de artefactos desarrollados por la tecnología en la vida cotidiana, llama la atención que a través de ellos se pone a nuestra disposición la presencia permanente del otro de manera ilusoria.  Por ejemplo, el teléfono móvil permite ubicar en cualquier momento y en cualquier lugar a la persona con quien se establece el apego, y hasta enviar y recibir imágenes que den cuenta de la presencia física; ver, escuchar y hasta una nueva sensación táctil al tener "pegado" al cuerpo un objeto electrónico que parece hacer las veces de extensión del propio cuerpo y hasta del propio ser (por un efecto de fusión con el objeto, soy el objeto, además, el mercado y los otros me reconocen y me afirman en ello).

Podría ser que los artefactos de la tecnología fueran usados para sosegar la ansiedad, el desamparo, el vacío, es decir, a manera de autocalmantes, "autoconsuelo" -tal vez, en una pretensión de encontrar, ya no en las relaciones interpersonales sino en el objeto electrónico, la función de continente-.  Pero, al hacer un uso compulsivo de ellos, no potenciamos ni exploramos la capacidad para estar solos, ni nos tomamos el espacio-tiempo para elaborar, re-crear y re-significar las vivencias cotidianas y en particular el lugar que el otro ocupa en mi subjetividad, en mi historia y en mi vida emocional.  En palabras de D. Winnicott, no ejercitamos un espacio transicional que ayude a soportar, elaborar y representar la ausencia ( )del otro y donde se den intercambios entre el mundo interno y el mundo externo que de manera creativa nutran las relaciones.  Volvemos al inmediatismo, a la búsqueda de satisfacción que no cesa ni espera y desespera.

La vicisitud no está en los objetos de la tecnología en sí, pues no cabe duda que en ocasiones facilitan y son de gran ayuda; sino en el uso que los seres humanos estamos haciendo de ellos: al parecer, cada vez más necesitamos de instrumentos para mediar en la relación con nuestros semejantes y quizá esto nos pueda llevar a que nos cueste entablar una vinculación directa, no virtual con el otro.  Como muchos han repetido, vivimos en un mundo con más medios de comunicación que nunca a nuestro alcance, y a la vez vivimos un incremento de la soledad, y no sólo en cuanto al aislamiento físico sino a la sensación de desamparo y de inerme existencia.

Para los humanos implicaría desarrollar otras formas de comunicación, que no pasan por la innovación o re-diseño de los aparatos en sí, sino por explorar en nosotros capacidades de vinculación en una amplia gama y por darle otra significación al lugar que en nuestras vidas y en nuestro espacio interno está abarcando.  Pero, me pregunto: si el tipo de vinculación directa con el otro nos genera tantas dificultades, (sin mencionar que es la forma de relación más conocida y familiar por la historia de la humanidad, tanto que llega aún a ser constitutiva de la identidad), ¿cómo explorar otras formas de vida vincular propios de la globalización, que impliquen además la mediación de objetos electrónicos sin empobrecer el psiquismo?





BIBLIOGRAFÍA

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GIDDENS, Anthony (2000).  Un mundo desbocado.  Los efectos de la globalización en nuestras vidas.  Editorial Taurus.  Madrid.

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GRINBERG, León y GRINBERG, Rebeca (1993).  Identidad y cambio.  Paidós editores.  Barcelona.

KESSELMAN, Hernán (1977).  Psicopatología Vincular.  Tomado de: Biblioteca de textos de la web de Campo Grupal -Argentina-.  (Publicado por primera vez en la Revista Clínica y Análisis Grupal Nº 4.  Madrid-España.)

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ROMANO, Eduardo M. (2000)  La cultura digital. Navegantes de internet, personalidades interactivas y agrupamientos virtuales.  Lugar Editorial.  Buenos Aires.

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  ISSN 2011-8511
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