EL SILENCIO EN EL ABUSO SEXUAL INFANTIL

  RESUMEN
  Este trabajo está motivado por un acrecentamiento de consultas por problemáticas por abuso sexual infantil en la clínica. El abuso sexual infantil  ha sido reconocido a nivel internacional a partir de la Convención de los Derechos del Niño, como un atentado a los Derechos Humanos, entre los que se incluye los derechos sexuales. El abuso sexual infantil es una realidad que afecta a muchos seres humanos y  no respeta las capas sociales, culturales  ni económicas. Para Sigmund Freud para que un ser humano pueda desarrollarse en salud física y psíquica,  es necesario que puedan ser respetadas las diferentes etapas de su desarrollo libidinal. Para lo cual  no deben ser perturbados con conocimientos sexuales prematuros, ni que se sientan  invadidos en su subjetividad al ser abusados sexualmente mediante  violencia ejercida sobre ellos

  Palabras claves: abuso sexual infantil / incesto / trauma sexual / secretos / silencios

   INTRODUCCION
  El incesto ha sido condenado por las diferentes sociedades según los estudios realizados  por Francoise Héritier (1994) [1]
La prohibición está referida a las relaciones sexuales entre consanguíneos que hayan llegado a la mayoría de edad legal. Al estar prohibido y ser castigado corporalmente o a través de leyes, pone de manifiesto el carácter universal del tabú del incesto. Esto  permite el camino a la exogamia y se asegura  el pasaje de la naturaleza a la cultura.
Según Roudinesco y Plon (1998)[2] las leyes modernas no intervienen en las relaciones sexuales adultas, pero en todos los países está prohibido el matrimonio incestuoso. Las leyes modernas “solo persiguen la paidofilia (incestuosa o no), la violación, el exhibicionismo o el atentado violento al pudor”.
El abuso sexual infantil  ha sido reconocido a nivel internacional a partir de la Convención de los Derechos del Niño (1989), como un atentado a los Derechos Humanos, entre los que se incluye los derechos sexuales. Se aclara que la palabra “Niño” comprende a personas de ambos sexos tanto en la infancia como en la adolescencia. Los niños pasaron de ser objetos de derecho, a ser sujetos de derecho.  Interpreto que pasaron de ser objetos de deseo sexual  de otra persona, a ser sujetos de deseo  permitiendo de esta manera, un desarrollo sexual infantil de acuerdo a su edad cronológica. Para que un ser humano pueda desarrollarse en salud física y psíquica,  es necesario – según  Freud (1905) <!--[if ! [4] - que puedan ser respetadas las diferentes etapas de su desarrollo libidinal – oral, anal, fálica y  genital. Para lo cual  no deben ser perturbados con conocimientos sexuales prematuros, ni que se sientan  invadidos en su subjetividad al ser abusados sexualmente mediante  violencia ejercida sobre ellos.
Según Philippe Jeammet (1995)5] “uno siente violencia cuando es negado como sujeto, como sujeto deseante o como sujeto existente. Lo que provoca violencia es el sentimiento de no existir, de no ser tenido en cuenta como sujeto y ser tratado como un  objeto en el sentido material del término”.
Estoy  de acuerdo con Marucco (1999) [6] que “la violencia en el ámbito familiar y social, se ha convertido en una de las preocupaciones de nuestro tiempo constituyendo un fenómeno de muy serias implicancias en nuestra actual “sicopatología de la vida cotidiana”; por eso es necesario pensar en la posibilidad de ubicar la realidad exterior como una cuarta instancia psíquica. Siguiendo con esta línea de pensamiento, comparto con dicho profesional que la violencia deja improntas en el desarrollo del psiquismo humano.
Rotemberg (2000)[7] clasifica el abuso sexual infantil en exogámico -  que es aquel cometido por un extraño que puede ser ocasional o reiterado – y en  endogámico - que es el realizado  por algún integrante  de la propia familia -  hecho que cuando ocurre, frecuentemente es reiterado.
Acotaré el tema de esta monografía al abuso endogámico.

  HIPÓTESIS
En  el abuso sexual infantil endogámico, el factor común que aparece en todos los casos es el fenómeno del silencio.  Se despliega en varias  personas: 1) El silencio de la persona abusada que puede tener o no, la connotación de un secreto. 2) El silencio del abusador que siempre es un secreto - por su funcionamiento psíquico perverso – . 3) El silencio de los familiares,  que podría estar determinando la transmisión transgeneracional del abuso mencionado. 4) El silencio de algunos profesionales encargados de atender a estos niños. 5) El silencio de muchos  integrantes de la sociedad sobre el tema de los abusos infantiles, por el afecto de rechazo y horror que les genera el tema.
Poniendo la atención en la presencia de tantos silencios, planteo como hipótesis  primera, que los mismos rodean y mantienen el abuso sexual infantil en diferentes niveles. En segundo lugar considero que la condición mediante la cual, el abuso sexual infantil se perpetúa en el tiempo cronológico de una misma persona, es la existencia   del silencio sobre lo que acontece entre la persona abusada y el abusador. A partir de lo  estudiado por  diferentes autores psicoanalíticos, desplegaré los diversos silencios en sus contenidos y significados posibles. Eso permitirá sostener las  hipótesis planteadas.

RECORRIDO BIBLIOGRAFICO
  María  Kupermann de Kuitca y Diana Becher de Goldberg (1994) [8] dicen que el abuso sexual infantil puede ser ocasionado por personas allegadas al niño o por extraños a él e incluyen la explotación sexual del menor.
Estas mismas autoras (1999) [9] definen al abuso sexual infantil como “el compromiso de un niño  inmaduro dependiente,  en actividades sexuales que no comprende y para las cuales no está capacitado para dar su consentimiento o que violan los tabúes sociales de los roles familiares”.
  Esther Romano (2001) [10] basándose en estudios internacionales y los efectuados en el Hospital Durand de Buenos Aires demuestra,  que si bien hay abusos ocasionados por mujeres, en la mayoría de los casos las personas abusadoras son varones predominando la figura masculina y paterna. En el caso de los abusados predominan las personas de sexo femenino[11] y en todos los casos existe un abuso de poder.
En su Tesis Doctoral,  Emilce Dio de Bleichmar (1997) [12] postula que esto ocurre por problemas culturales en donde se  ubica a la niña y mujer como objeto sexual,  sexualizando precozmente a la niña y que por lo tanto,  es un problema de género.
  Nora Onofrio de Serrano (2003)[13]  trabajando sobre bisexualidad y género explica que:  “El psicoanálisis y la psicología de género confluyen en el punto donde se relacionan por un lado el territorio del inconsciente y por el otro, el territorio de los mandatos y presiones sociales; en el área común donde el sujeto está sujetado a la vez por las fuerzas del inconsciente y por los imperativos de la cultura, se conforma el lugar del encuentro entre ambas disciplinas” .
Freud  el  21 de setiembre  de 1897 le escribe a W. Fliess sobre el  abandono de la teoría de la seducción según la cual  toda neurosis podría ser explicada por un trauma real. Le comunicó:  “Ya no creo en mi neurótica”. Esa afirmación  podría ser interpretada erróneamente si pensamos que él le daba valor tan solo a la vida fantasmática de sus pacientes.
Destaco – pese a la frase citada de Freud – que él,  nunca abandonó los casos reales de abuso sexual infantil. Al haberse dado cuenta de la existencia de la fantasía y el deseo, le permitió elaborar su teoría del fantasma, la teoría del sueño, del inconsciente, de la represión y el Complejo de Edipo. En octubre del mismo año señala: “Cada espectador fue alguna vez, en germen, en su imaginación, un Edipo”. Abordó de esa manera la cuestión de los deseos incestuosos.  Tomó la tragedia de Edipo como fantasía universal y describió  el complejo  del mismo nombre,  que está ligado a la fase fálica de la sexualidad infantil.
Freud (1923-1925) [14] explicita que las dos posiciones – positiva y negativa – respecto de cada progenitor son complementarias y constituyen el Edipo descrito en el Yo y el Ello.
  Se puede observar que el  complejo freudiano mencionado aparece ligado desde el inicio con el deseo del incesto y la prohibición de su realización. Creo necesario destacar que no he encontrado en la teoría freudiana que fuese explícito el deseo en los niños, en el sentido  de deseo incestuoso que  implique coito genital  hacia el adulto o la adulta. Cuando Freud realiza sus descubrimientos en base a  su auto análisis y por observaciones de adultos, la palabra de éstos, está signada por la adultez con la  interpretación adulta de las fantasías infantiles correspondientes. En la tragedia literaria aparece la culpa por haber transgredido la ley del incesto lo que  lleva a Edipo y a Yocasta, a consumar su propio castigo. Hago notar que en la realización de esa tragedia se  repite la violencia en dos generaciones: el padre envía matar a su hijo y su hijo lo mata a él. Se ha producido violencia transgeneracional y además, mezcla  y confusión de los lugares ocupados en la familia: Edipo es  padre y hermano a su vez de sus propios hijos y es esposo e hijo de su madre, la que es también madre y abuela de los hijos de Edipo. Cuando tienen conocimiento de los lazos de sangre y de haber faltado a la prohibición cultural del incesto,  ocurre la culpa y el castigo como forma de seguir perteneciendo a la cultura, ya que -  prohibición del incesto  - es el ingreso a ella. Dicha prohibición marca la entrada a un  orden simbólico – humanización y lenguaje - que organiza la estructura familiar con vínculos de sangre y de alianza. Se ofrece así una matriz identificatoria organizadora del psiquismo y de la identidad, que permite estructurar un sujeto deseante por la castración simbólica.
  Es evolutivamente esperable que en la etapa edípica los niños tengan conductas de tipo seducción hacia el adulto pero es éste, el que debe poner límites y no malinterpretar la ternura que el niño desea recibir, con el vínculo sexual que el adulto pretende ofrecer.
Siguiendo a  Ferenzi [15](1932) advierto que es el adulto el   que debe clarificar  “la confusión de lenguas” como la nomina este autor y que es necesario   distinguir  entre   el lenguaje de la ternura y  de la pasión. En relación a esto señalo, que una cosa es  desear ocupar el lugar del padre al lado de la madre y otra muy diferente es querer mantener relaciones sexuales   con la misma. Cuando se produce el abuso sexual infantil  coincide - en parte -  con ese deseo incestuoso del niño que no implica coito - y entonces se produce un trauma psíquico externo: se hace realidad el deseo de ocupar un lugar de preferencia de alguna manera, al lado de un  progenitor y no del  otro. Por   su estado  psíquico evolutivo la niña o el niño  desconoce la entidad del vínculo sexual genital adulto y esa realidad cuando se la muestran,  los impacta en forma de trauma psíquico por varios  motivos: a) por mostrársele una  realidad sexual que desconoce por su edad; b) porque hace cumplimiento en cierta medida de sus deseos; c) por tratarse de un acto perverso que obliga al ocultamiento; d) por el sentir aislamiento, indefensión e incomprensión,  de lo que está aconteciendo.
Juana Berezin de Guiter (2002) [16] refiriéndose al hecho de que muchas  víctimas infantiles no reporten sus experiencias a nadie, dice que esto es una poderosa evidencia de que el hecho  está rodeado por el conflicto. El niño no comprende “lo sexual” en el sentido que lo comprenden los adultos cuando éstos  no acatan la  prohibición del tocar (masturbar y ser masturbado) “La prohibición del tocar constituye el establecimiento de una frontera entre el Yo y el Ello porque construye la represión. La prohibición edípica remarca el establecimiento entre el Yo y el Superyo, consolida la represión y permite la internalización de los padres protectores. Toda prohibición es un límite que separa las regiones del aparato psíquico dotadas de cualidades psíquicas diferentes”. “Toda prohibición está caracterizada  por su bilateralidad: se aplica tanto al que emite las prohibiciones como a su destinatario. Cualquiera que sea la vivacidad de los deseos edípicos, incestuosos u hostiles despertados en los progenitores con ocasión  de la paulatina maduración  sexual de sus niños, no deberán ser realizados con éstos. De la misma forma para que la prohibición del tocar ejerza su efecto de reestructuración del funcionamiento psíquico (ya que es estructurante ser “tocado” en el tiempo y espacio adecuado y luego debe hacerse la reestructuración a través de la prohibición) debe ser respetada por padres y educadores. Las faltas graves y repetidas constituyen un  traumatismo acumulativo que a su vez produce importantes consecuencias psicopatológicas.”
Didier Anzieu (1995) [17] sostiene que el traumatismo es al menos tan narcisístico como sexual y que  se produce cuando un “incidente” – un contacto corporal ya sea violento, ya sea solamente “irritante” , es decir excitante lo pone brutalmente frente a su desconocimiento de satisfacciones genitales y a su impotencia para dar y recibir. Manifiesta que  toda la piel es una vasta zona erógena potencial y  la llama  “Yo-Piel” y dice al respecto: “El traumatismo sexual precoz aparece cuando los orificios de la envoltura corporal son investidos fantasmáticamente por el niño como lugares de placer sexual, pero que no pueden ser aún investidos como lugares de ejercicio de relaciones sexuales efectivas”.
Eva Rotemberg (2000) [18]pensando en una dialéctica entre la pulsión y el objeto afirma que “la vivencia traumática se inclinaría hacia el polo del objeto real y la fantasía de seducción hacia el polo pulsional. Si bien el abuso estaría determinado por la presencia avasallante del objeto real y una sobrecarga pulsional, la fantasía de seducción  se sostiene dentro de la relación de la pulsión  y el objeto de la pulsión, en tanto que el objeto real es sobreinvestido por proyección”
En “Estudios sobre la histeria” (Breuer y Freud) (1893-95) [19] es posible apreciar   que cuando ocurre un trauma sexual precoz, el niño recibe un aflujo excesivo de excitación que el aparato psíquico no puede tramitar; por más que quiera dominar el afecto, es demasiado intenso para su capacidad de dominio reprimiendo entonces las representaciones al inconsciente. Retorna como retorno de lo reprimido o escindido y desde el Ello, retorna como pulsión de muerte en descarga o repetición.
Freud  (1938-1940) [20]   explica,  que mientras el Yo es endeble, se defiende del trauma “mediante intentos de huida (represiones, esfuerzo de desalojo) que más tarde resultan desacordes al fin y significan unas limitaciones duraderas para el desarrollo ulterior”. Remite a las experiencias de Roux sobre la diferencia del efecto de agresiones en un ser inacabado y en el adulto desarrollado, marcando que los efectos del trauma son más devastadores, cuanto más pequeño sea el ser humano que los recibe. En ese  mismo texto dice Freud que,  “cuando la sensibilidad sexual del niño es provocada a destiempo – temprana infancia  -  es esforzado su querer alcanzar -  sexual por unas vías que ya no podrá abandonar. Dado que estas impresiones caen bajo la represión enseguida o bien tan pronto quieren retornar como recuerdo, establecen la condición para la compulsión neurótica que más tarde imposibilitará al Yo, gobernar la función sexual y probablemente lo mueva a extrañarse de ella en forma permanente. Esta última reacción tendrá como consecuencia una neurosis; si falta se desarrollarán múltiples perversiones o una rebeldía total de esta función, cuya importancia es inconmensurable no sólo para la reproducción, sino para la configuración de la vida en su totalidad”
Las palabras de Freud dan cuenta de que las vivencias traumáticas infantiles pueden determinar según su procesamiento psíquico por un lado, una neurosis  y por otro lado perversiones, dentro de las cuales incluyo la patología del abusador.
Relata Didier Anzieu (1995)[21] que Freud en la exposición pronunciada en 1986, especifica explícitamente la violencia dirigida contra el niño expresada por la sexualidad adulta mediante la seducción sexual que apunta a la satisfacción sexual del seductor  y al despertar de sensaciones sexuales en la víctima. Aunque tenga un rol pasivo físicamente el niño participa psíquicamente  por sus deseos, afectos o fantasías. Frente al traumatismo sexual precoz, desde el punto de vista tópico el afecto y la representación reprimida son separados de la conciencia y desplazados por un proceso de regresión  hacia el inconsciente produciéndose una “disociación”. Desde el punto de vista dinámico el afecto es suprimido, la representación es reprimida pero el recuerdo tiende a retornar. La libido – energía específicamente psíquica movilizada por la situación traumática - hace aparecer la de un cumplimiento libidinal con una realización de deseo, ya que la excitación en exceso es una excitación libidinal que se encuentra ligada.
Freud en 1893[22] es categórico en afirmar que el traumatismo sufrido es a causa de peligros reales o imaginarios.
Según manifiesta Masson en 1984 [23] Freud nunca abandonó la idea de la existencia de lo ocurrido en la realidad.
En relación a esto recuerdo que Freud efectuó su residencia médica en Paris  participando en la morgue y en autopsias públicas a causa de traumatismos físicos, especialmente sexuales, lo que certifica que él no ignoraba estas situaciones de la vida real.
En Freud (1938-1940)[24]  casi al  final de su obra leemos: “Nuestra atención es atraída en primer lugar por los efectos de ciertos influjos que no alcanzan a todos los niños, aunque se presentan con cierta frecuencia, como el abuso sexual contra ellos cometido por adultos, su seducción por otros niños poco mayores (hermanos y  hermanas) y, cosa bastante inesperada, su conmoción al ser partícipes de testimonios auditivos y visuales de procesos sexuales entre adultos (los padres), las más de las veces en una época en que no se les atribuye interés ni inteligencia para tales impresiones, ni la capacidad de recordarlas más tarde”.  En  un segundo tiempo –  a posteriori – un suceso actual le recuerda el anterior  y entonces adquiere significado sexual  la escena primaria descripta -  el abuso como tal -  sintiéndose el mundo en forma aterrorizante al comprender la magnitud  del sentido sexual de los actos sufridos pasivamente en la prepubertad: se produce la invasión del psiquismo por el aumento libidinal  y por su correlato, la angustia. Desde el punto de vista genético – los niños abusados sufren de una vulnerabilidad especial  y  se puede plantear - como lo hace Massud Khan (1997) [25] - la existencia previa  de “traumatismos acumulativos”. Este autor toma en consideración los sucesos psicofísicos que ocurren en la etapa preverbal de la relación madre – hijo. Existiría un fracaso en el rol de la madre como protección contra las excitaciones en relación con las necesidades analíticas del niño, creando sometimiento en él y dificultad en la barrera anti  - estímulos. En algunos casos de abuso sexual pueden haber padres cómplices o madres entregadoras por un  conflicto con su propia sexualidad o una madre deprimida, o  que desinviste a su hija y la niña puede vivir esa situación como que la madre es complaciente del abuso. En todas esas circunstancias,  la niña se siente desprotegida.
Comparto los conceptos de Benyakar  y Lézica  (2005) [26]  de que se trata – en otros casos - de  vivencias traumáticas definidas  como la desarticulación entre afecto y representación. Lo traumático es desintegrador,  porque los elementos permanecen pero su integración no resulta posible; han desaparecido como resultado de lo traumático, que así inicia su proceso. La experiencia traumática irrumpe en el psiquismo en forma de internalización forzada desubjetivante: el sujeto se convierte en objeto pasivamente percipiente de una realidad que lo avasalla.  La tensión a la que el sujeto  se ve expuesto, no es acorde a su capacidad elaborativa, produciendo un estado de inermidad psíquica, de indefensión. Para evitar la inundación del aparato psíquico, la vivencia queda en el interior, encapsulada, que funciona como cuerpo extraño, que ellos denominan introducto que se cristaliza: se saltea el proceso de internalización activa conservando su cualidad perceptual.  En el complejo traumático existe la vivencia de vacío traumático (“no se puede decir; no tengo palabras; sé que no va entenderme; no puedo hablar”), aunque veces, puede surgir un funcionamiento psíquico que permite restituir un  trabajo regulador. Otras veces el psiquismo queda acorralado forzándolo a la decatectización  del medio circundante. En forma concomitante ellos relatan una vivencia de desvalimiento psíquico que presenta dos elementos: a)incapacidad de interactuar con el medio, dado que no puede reaccionar en forma eficaz para impedirlos los acontecimientos; b) el sentimiento de no poder reaccionar con un registro de que se han perdido los recursos para articular y así producir la vivencia. Por  último existe la   vivencia  de desamparo que lleva al convencimiento de un escepticismo sobre una posible ayuda para salir de la situación que lo aqueja y puede llegar hasta una postura hostil.
El sentimiento de desamparo y escepticismo se incrementa en las llamadas revictimizaciones, también llamadas violencias secundarias por Piera Aulagnier (1977) [27]: Cuando  los objetos protectores – médicos, asistentes sociales, policía y  personal de la justicia -  hostigan a los niños abusados sexualmente, ellos terminan  retractándose de la denuncia del abuso. “La vivencia queda enlazada al fracaso en la relación con el objeto en su función coelaboradora, es decir, la vivencia de desamparo queda como vivencia de fracaso de la relación con el otro”
Loureiro (2005) [28]manifiesta que los abusados  sufren  de Aislamiento, Silencio e Incomprensión y que no  pueden llegar a entender el porqué su madre no habla de lo ocurrido, sintiéndola fría y distante.
Comparto las respuestas que  Bollas(1989) [29]  brinda al respecto. El se pregunta sobre el porqué la niña tiene esos sentimientos y dice, que si bien hay madres descriptas como “un socio decisivo en la senda que lleva al abuso perpretado en la niña”, él, en su experiencia  clínica nunca encontró esa dinámica descripta.  “ En cierto sentido, cuando el padre comete un acto de incesto des- estructura  la relación de la hija con él, en tanto padre” Explica que la víctima del incesto paterno le impide a la niña salir de la relación preedípica  con la madre, produciéndose un trauma temporal. Bollas dice que “Es un error pretender que la niña desea que el padre cometa su acto de incesto; cuando se produce el abuso, la niña siente que ha retrocedido al contacto cuerpo a cuerpo que antes tenía con su madre desde el nacimiento;  la niña  siente ese contacto como un claro crimen contra la madre, un abuso de las relaciones, algo así como que el padre se reviste, del cuerpo de la madre.
Comparto con  Kuperman y Godberg (1999) [30] el decir  que desde el punto de vista psicoanalítico todo abuso sexual intrafamiliar debería ser considerado como incestuoso, en la medida que  en cualquier convivencia el niño proyecta su triangulación edípica, fundante de su psiquismo. No obstante lo anterior - pienso - que no puede ser comparado en lo real el abuso sexual del padre  - o de quien cumple esa función, con otra persona de la familia. Un padre que no cumple como padre, determina un especial duelo por ese hombre que no cumplió su rol de  padre y también un  duelo en el niño por haber perdido el lugar de hijo. Duelo también,  porque se le ha colocado en otro lugar diferente al de hijo, perdiéndose de esa manera la filiación en la familia.
Como dice Bollas (1989) [31] “Si el incesto del padre instituye una reversión tópica porque es un objeto libidinal el que busca su fuente de satisfacción en el psico soma de la niña, entonces esta violación de la niña es también un ataque al sueño y al soñar. Si él es el objeto de deseo de la niña, entonces se lo supone “dentro” del espacio de sueño, no fuera en el mundo real. Toda niña víctima de un abuso nocturno no puede menos que preguntarse “¿Esto es un sueño”? “¿Es real lo que ocurre?” Entonces la niña no se puede sentir segura ni en los sueños porque siente que sus sueños son realidad”.  Es una reversión del lugar del reposo y como la víctima de una pesadilla, no puede despertar.

  DIFERENTES TIPOS DE SILENCIOS
El silencio en el abuso sexual infantil  puede estar determinado y representar diferentes significados, ya sea en la abusada como en abusador, en los familiares, en los profesionales y / o en algunos integrantes de la sociedad. Hay silencios que pueden constituir un secreto, tal como el del abusador que lo mantiene sobre  el abuso sexual infantil que está cometiendo, silenciando al mismo tiempo al abusado. Muchas veces  el silencio del abusado no se corresponde con un secreto. El secreto familiar es aquel que los integrantes de la familia guardan celosamente; es algo que conocen pero ocultan y en otros casos se mantiene por el mecanismo de defensa de la renegación. Existe también el secreto profesional, que es aquel deber que tienen los miembros de ciertas profesiones de no revelar los hechos conocidos en el ejercicio de la profesión, tal cual lo es, el secreto médico. Este secreto lo hago extensivo a los psicoanalistas.
Osvaldo Bodni (2006) [32] menciona que Freud desde 1891 en su trabajo “La Afasia” estudió las dificultades del lenguaje y también el significado del silencio desde el punto de vista psicológico; les llamó afasias funcionales que relacionaba con el trauma para los casos en lo que el síntoma no se ajustaba anatómicamente a la lesión cerebral, con efectos más allá de su alcance psicológico. En el mismo trabajo Bodni estudia este tema y nos relata  que: “En  1894  Freud introdujo el conflicto psíquico en la investigación de las histerias, tratadas casi como afasias funcionales, positivizó los síntomas negativos y convirtió al silencio clínico en la expresión activa de una defensa. La ruptura de la conducción era debida a una acción psíquica destinada a evitar el sufrimiento  provocado por un “conflicto”, concepto que sustituyó al de “lesión”. El carácter activo de la defensa producía la escisión de la conciencia en grupos de ideas inconciliables, uno de los cuales no es verbalizable, excluido, inmutable y patógeno” “ Una forma de “regresión se observa en las situaciones traumáticas, cuando el estímulo desorganiza el aparato al atravesar sus barreras protectoras, como se observa en el mutismo estuporoso de las patologías de catástrofe”.
Digo que una de las formas que puede tener el silencio del niño abusado, tendría que ver con este último planteo y con la noción de obstructo ya mencionada. Otro tipo de silencio se da cuando el niño se retracta luego de haber hablado del abuso, ya sea ante los familiares o ante la justicia. Parafraseando el título del libro de López (2005)[33] expreso que el abuso sexual infantil es la historia real de un largo silencio.

SILENCIO EN LOS  PROFESIONALES
Poner en palabras el abuso sexual infantil implica romper un silencio. Dejar de mantenerlo oculto y enfrentarse a hechos reales, ocurridos en la historia vital de una persona. Cuando los psicoanalistas se aproximan al sufrimiento humano del abuso sexual infantil  contratransferencialmente despierta en ellos, impotencia, rabia, dolor, horror, perplejidad y desagrado, que tienden a ser evitados para poder seguir con la tarea; pero también puede surgir rechazo. Otras dimensiones de la realidad ponen a prueba el  posicionamiento del quehacer psicoanalítico, cuando la paciente queda en silencio luego de relatar el abuso sexual a que ha sido sometida.
Bollas (1989) [34]> en relación a esto dice  que siente depresión cuando oye la noticia del abuso pero no por empatía con la víctima, sino por “la aparente terminación del análisis. Dice este autor que hay que aceptar la realidad de la paciente “que descentra al analista de su persona de analista y que carga a la transferencia con el hecho de una trasgresión que gravitó pesadamente en su vida” y que  “Produce en la mente del analista la esencia misma del trauma de la vejación, con pérdida inclusive del pensamiento reflexivo”.
Una vez enfrentados al diagnóstico de abuso sexual infantil existe por delante una tarea interdisciplinaria que no se puede rehusar, como por ejemplo posibles audiencias judiciales, en donde la justicia puede  levantar  el secreto profesional. Frente a esta posibilidad puede aparecer en los  profesionales un silencio profesional, por diferentes mecanismos de defensa (negación, renegación)  en el intento  de anular lo inédito que aporta la experiencia   bajo el efecto perturbador de lo que se despliega en los consultorios y en los juzgados. Cuando los abusados logran hablar y no se les escucha o no se les entiende, planteo el riesgo  de que actuando de esa manera se puede contribuir al mantenimiento del silencio sobre el  abuso y que éste continúe.
Como psicoanalistas dice Loureiro [35] disciplinas para el proceso diagnóstico. Porque todas las disciplinas tienen que tener un compromiso de acción, ya que la omisión de la misma constituye violencia social que determina revictimización secundaria”.
En el grupo de investigación coordinado por Antar y Gurman (2005)[36] relativo a  “Diferentes observaciones sobre la clínica psicoanalítica”, ellos  comparten una “intensa polémica” que se instaló en los profesionales luego que de hacerse explícita la denuncia de abuso sexual infantil por parte de una hija,  en una primera entrevista familiar. Ellos se  cuestionaron si debían o no hacer la denuncia en  el ámbito judicial. Esa familia ya había comenzado un tratamiento familiar que habían abandonado frente a la propuesta de hacer la denuncia del caso.
Planteo que el silencio profesional de estos hechos frente a la justicia -  de alguna manera - contribuye a mantener oculto y que continúe en el tiempo este tipo de abusos sexuales. La actitud profesional estaría explicada por negación y renegación del abuso. Si no dan lugar a la palabra de la ley, el silencio de los terapeutas pasa a formar parte del secreto familiar de estos hechos, frente a la sociedad.

EL SILENCIO EN LOS NIÑOS ABUSADOS
No es habitual  que los niños relaten el abuso a que están sometidos y muchas veces pasan años,  antes  de que puedan romper el silencio. Esto sucede porque se da en un largo lapso de tiempo y con un vínculo afectivo intenso con el abusador  en donde puede existir  como mecanismo de defensa, renegación, escisión y existencia del obstructo.
Berazin e Irungaray [37]  plantean que cuando el niño no habla, es por carencias afectivas tempranas y observan en la clínica,  que existe una disfuncionalidad en la sexualidad de la familia.
Rosa Petronacci [38]  hace un planteo similar.
El abusador le impone al niño al silencio sobre el abuso, silencio que es un secreto compartido con el abusador en donde el  niño es obligado a no contar, a callar, por imposición de quien ejerce dominio sobre él y  muchas veces con amenazas de daño hacia los familiares, si hablase del abuso.  En  otros casos,  el silencio del niño proviene de un no hablar porque se trata de algo que es innombrable y que son vivencias, percepciones sin representaciones. En otros procesos  los niños no hablan porque no confían en que puedan ser entendidos ni ayudados ( desvalimiento). En otras situaciones funcionan escindidos: saben pero no saben, utilizando el mecanismo de renegación. El niño calla además  por angustia confusional al no entender que aquella misma persona que lo cuida, también le  ocasiona dolor; puede reconocer en forma paulatina lo impropio del contacto y sentir vergüenza por ello. Hay variaciones en las respuestas en relación al silencio y al hablar sobre el abuso, según la edad que podamos considerar. Un preescolar  en sus primeras etapas no tiene instaurados los diques del tabú y  no puede discernir si hay algo  que está mal en  los  actos abusivos  ya que  provienen de quienes tienen el rol de cuidarle.  Entonces todo lo aceptan. Esas actividades pueden quedar unidas a lo amoroso, al placer,  en tanto no se le provoque dolor, pero de todas maneras implica un  trauma sexual precoz. Años después, en el apres coup,  lo pueden resignificar como sexual  por los valores incorporados por la cultura.  A veces rompen el silencio con actos: le hacen a otros niños o a otros adultos, lo que les hace el abusador. No lo hacen con la intención de denunciarlo, sino que repiten esa actividad, por considerarla normal. Otros en lugar de esas actividades pueden tener diferentes síntomas, que alertan de que algo les está sucediendo.  Un latente sí,  comprende lo que está pasando y sabe que hay prohibiciones, sin embargo también puede callar.  Si un niño mantiene desde los cuatro hasta los 12 o 13 años el secreto,  algo pasa a nivel de la familia,  pero sobre todo  en el niño. O bien habló y no se le escuchó, por renegación familiar. O no pudo hablar por renegación y escisión. O por ser poseedor de una vivencia innombrable.
  Lic. Irungaray [39]plantea en su Monografía sobre Abuso Sexual Infantil que el silencio en si mismo es una defensa y va acompañado de  carencias psíquicas   y que cada vez que se repite el abuso, él no está reconocido como niño; hay una carencia primaria traumática emocional.
Destaco el hecho de que cuando el niño logra hablar,  muchas veces no se les cree, se desestima el hecho. Una madre puede dudar del discurso de su hija – renegando – quizás por haber sufrido ella abuso sexual en su infancia, habiendo sufrido un trauma sexual precoz en su infancia, que no ha podido tramitar. Se da de este modo la transmisión transgeneracional del abuso.  Puede suceder el caso de madres que habiendo sido abusadas en la niñez, piensan que eso es algo que debe ocurrir por ser mujeres, de este modo la repetición es la reaparición en el hijo, de lo aceptado por la cultura o puede ocurrir la repetición por lo desestimado, desmentido y reprimido en los padres.
Cruppi y Glusman (2003) [40] manifiestan que “Uno de los más agudos dolores de la infancia es sufrir la incomprensión del adulto o la falta de respuesta a sus preguntas o más aún, el sentir que la respuesta a esas preguntas es una mentira”.
S. Tisseron y otros (1995)[41] afirman que cuando en una generación algo no es hablado ( por angustia, vergüenza, temor) quedando como lo indecible, pasará a la generación siguiente como innombrable y a la tercera como impensable. Hay trasmisión de vínculos violentos y como vimos el incesto es un acto violento  que violenta la subjetividad del niño. Hay recuerdos traumáticos abolidos de una generación, recuerdos que retornan de diferentes modos y determinan una repetición. Cuando el incesto es cometido por aquellos de los que depende la vida, las zonas erógenas se constituyen con marcas en el que a nivel del cuerpo pueden llegar a tener un funcionamiento masoquista (cuando el dolor no ha sido tan insoportable como para impedir la ligazón de Eros o como un cuerpo doliente, agujereado (cuando ha quedado con agujero representacional); son aquellos niños que rechazan el contacto corporal, y en ambos casos se desarrollan psíquicamente en silencio de palabras. El Yo se estructura con una imagen devaluada de si mismo y no pueden hacerse cargo a veces ya no tan solo del lenguaje sino tampoco  de su propia motricidad. A la par que siente el niño el haber sido elegido como objeto amoroso del abusador, también percibe los deseos de destrucción del mismo, en donde el accionar erótico también está unido a la pulsión de muerte. Si no se les cree cuando hablan, los niños callan en el entendido que no recibirán ayuda. Esta situación puede llegar a confundirles y favorecer la escisión en el pensar que eso que les sucedió, no ha podido ocurrir en la realidad. Esto podría explicar el porqué algunos niños no pueden hablar en busca de ayuda como defensa ante el abuso;   sufrirían de traumas acumulativos. Otros sí, aquellos que no los han sufrido y que tienen una familia continente,  pueden hacerlo. El niño abusado está frente a una disyuntiva: o se identifica con el abusador que le arremete o acepta el abuso en sometimiento   debiendo entregar – por decirlo de alguna manera – su capacidad de pensar. Al retractarse, los niños quedan nuevamente en silencio, no hablando por la desconfianza que les generan los objetos que deberían haber sido protectores; quedan indefensos. El revelamiento del secreto en cuanto testimonio debe ser contemplado como un proceso - en muchas oportunidades lento y dificultoso - donde la consideración del niño como vulnerable a consecuencia del abuso sufrido, sugiere protección y  cuidados especiales,   que puedan establecerse como condiciones de seguridad para un testimonio adecuado.
Comparto con P. Jeammete y con Janin, que el abuso es un acto violento que atenta contra la subjetividad del niño.
Janin, B.: (2002)[42]  se pregunta cuales son los efectos de la violencia en la constitución de la subjetividad, las marcas que la violencia deja en la constitución psíquica de un niño y como posibles efectos menciona: 1) Anulación de la conciencia  en tanto registro de cualidades y sensaciones. 2) Tendencia a la desinscripción a la desinvestidura, a la desconexión. 3) Confusión identificatoria. 4) Repliegue narcisista. 5) Repetición de la vivencia en su forma activa y pasiva. 6) Irrupciones del proceso primario. 7) Actitud vengativa frente al mundo. 8) Déficit de atención. 9) En relación a la motricidad suelen tener actitud de descarga desorganizada. 10)  Ligazón del dolor con el erotismo.

SILENCIO DEL ABUSADOR
Freud desde 1905 [43] ubica el abuso sexual como  un acto perverso. El abusador miente manifestando que él no cometió el abuso. Impone  silencio al abusado por medios coercitivos y seductores. Crea un ámbito donde se establece un vínculo afectivo y de confianza que evita la revelación de las conductas abusivas. El secreto impone un modo de comunicación donde se establecen ciertos códigos y reinterpretaciones de la realidad creados por el abuso. El abusador guarda “silencio – secreto” que  compartido con el abusado, por varios motivos: a) en el conocimiento de que sus actos son delictivos; b)  en el saber que si se revela el abuso, no podrá continuar con el mismo; c)  porque el abuso es sintónico con su yo; d) por lo anteriormente dicho, no tiene sentimiento de culpa. El abusador  usa al niño como objeto sexual e inclusive le amenaza con aniquilarlo si se resiste o revela lo vivido. El secreto compartido con  el abusado le permite al abusador,  tener poder y control sobre el espacio personal de la víctima y  con eso evita así la divulgación del abuso.
Piera Aulagnier y otros (1968)[44] dicen que la diferencia entre la persona normal, neurótica y perversa, no está en el fantasma, sino en el desafío  que con su fantasma ejerce sobre el otro y con él transgrede la ley. Si hablamos de Ley significa hablar del Edipo, la castración del sujeto y de sus progenitores. El desafío mencionado es el disfrute del goce propio, sin considerar al otro como sujeto.
Esther Romano (2007) [45] desde una mirada psicoanalítica basada en su experiencia clínica y forense, afirma que  “En la actividad paidofílica la descarga pulsional sostiene: 1) la negación del reconocimiento del ‘otro’; 2) la sujeción al principio del placer; 3) procesos de escisión y desmentida de la castración (Freud); 4) autoidealización con fantasías de omnipotencia (Klein); 5) alteraciones tempranas en la constitución de objetos transicionales, con utilización distorsiva a la manera del fetiche (Winnicott, Greenacre, Romano); 6) el desafío a la ley paterna ( Lacan)”  Aclara  sin  pretensión de universalidad que en el paidofílico pueden existir: “1) fallas en la función  de holding; 2) estados de psíquicos de inermidad y/o vacío existencial; 3) ‘caída’ de la idealización materna, en el período de individuación-separación, coincidente con lo remarcado por Winnicott en relación a la tendencia antisocial; 4) distorsiones en la constitución del Ideal del Yo-Superyó; 5) patología de la transicionalidad articulable con la disposición a la mentira que, asociada a una hiperestimulación sensual precoz, es base firme en la ‘construcción‘ del objeto fetiche ( Winnicott,  Greenace, Glasser, Green,  Baranger, Goldstein, Zac de Goldstein, Romano)” . Basada en ejemplos clínicos señala que en los casos presentados por ella “tienen en común, independientemente del gradiente de agresividad franca y / o de los contenidos ideativos asociados a su actividad paidófila,  un nivel de sadismo implícito en la relación con el niño dada la negación de su autonomía y los efectos devastadores en su desarrollo evolutivo”. Informa además, sobre las denuncias a las cuales se puede enfrentar el profesional que trate estos casos, lo  que lleva a  reflexionar sobre el destino de las intervenciones u omisiones, que podrían devenir, en riesgos de orden jurídico o incluso físico (amenazas). También conlleva considerar la responsabilidad como psicoanalistas, desde el lugar de la abstención y del secreto ante el conocimiento de acciones delictivas en el contexto de los tratamientos.

CONCLUSIONES
A partir de la hipótesis del silencio como mecanismo que mantiene y perpetúa el abuso sexual infantil, se exponen diferentes autores que han estudiado el tema  en sus bases metapsicológicas y  diagnósticas. Las mismas permiten confirmar dicho planteo, el cual se desarrolla a lo largo de esta monografía. Se desarrollan diferentes tipos de silencios - en niños abusados, en profesionales, en familiares y en  el adulto abusador. Se diferencia el secreto del silencio y se expone que no siempre este último en los niños constituye un secreto. El niño no puede denunciar en la mayoría de los casos a los adultos porque generalmente se encuentra amenazado y el abusador forma parte de la familia. Es necesario un compromiso profesional al respecto. Se señala que lo  real marca una diferencia entre la fantasía de seducción y el abuso cometido y que eso genera dificultades en el abordaje psicoanalítico de estos casos. En la seducción hay una proyección de un deseo prohibido porque entra en conflicto con  otros valores. En el abuso existe una violencia producto del deseo de un adulto que toma al niño como objeto cosificado. Para un diagnóstico diferencial entre ambos – aunque falte el recuerdo sobre el hecho traumático – existe la memoria perceptual que va denunciar un saber vivido y el psicoanalista tiene la tarea de lograr hacerlo conciente. Es imprescindible levantar silencios y secretos, dándole importancia a la palabra, hecho fundamental en la tarea psicoanalítica.

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