SUBJETIVIDAD, VIOLENCIA Y GUERRA.
“…Ya no somos ni mierda…”
“…Es una vida que se nos pierde…”
Resumen
Mucho se habla sobre el momento de la salida del sujeto de un Grupo Armado Ilegal, ¿Pero que ocurre en el momento en el que se da el paso a la Vida Civil?, mas aún ¿Qué se puede decir cuando este sujeto es aun un menor de edad? El siguiente artículo es una elaboración a partir de un año de trabajo con un grupo de menores de edad desmovilizados. Desde un encuadre psicoanalítico, se le da una mirada a las pérdidas y duelos producto de la salida del grupo, así como a la particular situación en la que se encuentran producto del encuentro entre su estatus de menores de edad y una responsabilidad legal.
Palabras clave: Colombia, Conflicto Armado, Psicoanálisis, Menores de Edad Combatientes
Summary
A lot has been said regarding a person’s defection from an Illegal Armed Group, ¿But what about its insertion into civilian life? Let alone ¿What can be said about children who defect these groups? The following paper is the product of a year-long work with a group of Colombian child soldiers. A Psychoanalytical framework brings upon a look to aspects such as losses and duels associated with the defection from the group, as well as a look upon the particular situation their status as minors and the legal responsibility they’re entitled throws them into.
Keywords: Colombia, Armed Conflict, Psychoanalysis, Child Soldiers
En la coyuntura que vive el país en la actualidad, con un conflicto armado que se ha prolongado a lo largo de su historia presente, y con un final que, a pesar de las mejores (o peores) intenciones de cada bando no parece estar cerca, queda la pregunta alrededor del sujeto que hizo la apuesta por la guerra y ahora, se encuentra en el lugar de Ex - Combatiente. Independientemente de sus motivos o las circunstancias de su ingreso a un Grupo Armado Ilegal, queda la pregunta alrededor de lo que se moviliza en el sujeto una vez ha salido de este ¿Qué perdidas ocurren? ¿Cómo es posible articularse dentro del orden de la sociedad civil? De esta manera, la aplicación de un modelo de trabajo con un enfoque psicoanalítico se convierte en una forma de establecer respuestas a estas preguntas, e incluso, de formular unas nuevas.
Lo que se quería hacer (Y como se hizo…)
Encontrar la manera para realizar el abordaje al trabajo con población desmovilizada es, a falta de un mejor término, un proceso complicado; como lo sugiere una práctica titulada subjetividad, violencia y guerra, implica un trabajo que se encuentra orientado a partir de una pregunta por la subjetividad de aquel que ha hecho un tránsito por la vía de la guerra, y que ahora se encuentra inscrito dentro de las dinámicas de la vida civil. Es en virtud de esta dimensión subjetiva que aparece el que probablemente es el elemento más importante a tener en cuenta dentro de este abordaje: El hecho que no solo se está hablando de la pregunta por la subjetividad de los jóvenes residentes en el hogar, sino que también implica un encuentro del practicante con aspectos de si mismo que quizá le resultaran desconocidos o poco explorados, en virtud de este reconocimiento y este encuentro, es que es posible ubicar a los jóvenes en un lugar distinto de aquel en el que usualmente se les ubica: Dejan de ser víctimas inocentes de una salvaje confrontación, es una desmitificación y una caída de un lugar determinado que no solo permite la ausencia de juicios morales, sino que también da pie a un reconocimiento de los avatares que son únicos al discurso de cada uno de los jóvenes. El reconocimiento de las elecciones que cada uno de los jóvenes ha llevado a cabo y los efectos que tienen cada una de estas elecciones hace posible ubicarlos en el lugar de sujetos únicos que han realizado una serie de elecciones, y no como una masa informe victimizada por un otro.
Es dentro de esta concepción que el enfoque psicoanalítico dado a la práctica se convierte en una herramienta harto útil para poder llevar dicha aproximación a cabo, haciendo posible la creación de espacios de escucha al discurso subjetivo, un discurso el cual se encuentra ritmado y estructurado por aquel que lo pronuncia, espacios en los que la neutralidad asociada a los espacios propios del psicoanálisis se manifestará a través del abandono, por parte del practicante de un rol convencional de interlocutor; en lugar de responder a las preguntas que hace el joven, o de formularle nuevos interrogantes, la labor del practicante habrá de consistir en devolver las preguntas y articulaciones que lleva a cabo el sujeto, nunca en un sentido que aluda a una forma de confrontación, de reproche, o de interrogación sino que implique un encuentro el cual aporte con respecto a los objetivos delimitados en los procesos de atención institucional, con lo cual, se pasa a la pregunta alrededor de la relación del trabajo de práctica con el modelo institucional.
De la misma manera que ocurre con la aproximación con los jóvenes, el establecimiento de esta tampoco es una tarea fácil; implica mantener un balance entre el reconocimiento de una serie de necesidades y dinámicas institucionales por un lado; y el mantenimiento de una distancia y una separación las cuales son necesarias para la realización del trabajo de práctica por otro; esto no solo hace posible lograr una instancia de aporte a los procesos de atención institucional, también permite el reconocimiento de las particularidades propias del modelo institucional, y la manera en la cual este es puesto en práctica, y, de la misma manera que es posible realizar elaboraciones sobre la subjetividad de los jóvenes implicados dentro del proceso del Hogar Transitorio, y el efecto que este proceso tiene sobre ellos, también es posible lanzar una pregunta por la dimensión subjetiva con respecto a aquellos que se ubican dentro de un orden institucional, los encuentros e impases que se dan producto de la cotidianidad del hogar y que inevitablemente tienen un efecto sobre el grupo de jóvenes.
Empero, la posibilidad de realizar dicha pregunta solo existe en la medida que se da el reconocimiento tanto por parte de los practicantes como de la institución, del lugar ocupado con respecto a lo institucional, y que apela a la comprensión de la diferencia existente entre el reconocimiento y la acomodación del trabajo con respecto a dichas dinámicas. Sin esto, la posibilidad de dar cuenta de la dimensión subjetiva en la vinculación y desvinculación de la guerra habría de verse limitada.
La pregunta que guía la práctica, relacionada con la naturaleza de la subjetividad de aquel que hace una apuesta por la guerra, es una pregunta cuya respuesta se encuentra mediada a través de unos conceptos y un andamiaje teórico enmarcados dentro de una tradición psicoanalítica, que habrá de permitir el establecimiento de un lugar a través del cual poder avanzar en la exploración de esta pregunta primordial, de una manera tal que se pueda articular con el funcionamiento institucional, aportando a este al mismo tiempo que mantiene una distancia.
Las huellas inevitables del paso
“…And when all the battles are lost,
We like to paint our names on the wall[1]…”
Sahara Hotnights – Whirlwind Reaper
La pregunta por la subjetividad con respecto a las elecciones realizadas en relación con la apuesta guerrera, realizada en el momento en el que el sujeto se encuentra fuera de dicha apuesta, implica una aproximación desde el discurso de este, y mas exactamente, la elaboración alrededor de las huellas que quedan producto del paso por el grupo armado; la pregunta por estas huellas conduce a la pregunta por el vínculo social, cuya formación es inevitable y habrá de garantizar la cohesión del grupo armado en virtud de una dinámica de identificación, del reconocimiento de una sensación de igualdad entre el sujeto y aquellos que como el se encuentran transitando una vía guerrera “…Es que el era como mi hermano, ¿si ve profe?…” es lo que dice una joven al referirse a uno de sus compañeros en el grupo armado. Al mismo tiempo que las identificaciones mantienen la cohesión del grupo, la existencia de un ideal, y de alguien que encarne aquello asociado a este son los que contribuyen a la conducción del colectivo guerrero; es de esta manera que surge el comandante como portador de dicho ideal y que puede llegar a adoptar el papel de una figura paterna.
¿Si son las identificaciones las que sostienen al colectivo, que sostiene a las identificaciones? Esta pregunta remite al rol de los registros imaginario y simbólico en relación con las dinámicas de la identificación. Una masa social debe encontrarse homogeneizada de alguna manera a través de la imposición de un uniforme, que como el mismo significante lo indica, le da la misma forma a los miembros de un grupo, un uniforme que producto del diario trajinar terminará por ser investido con una serie de atribuciones que lo hacen valioso, uno de los elementos representativos de lo que implica ser un guerrero “…Tan bonito ese hijupeuta uniforme…” dice uno de los jóvenes, “…Es que el que no tenga uno de estos, eso significa que es un guerrero flojo, un mal guerrero…” dice otro joven en referencia a un cinturón tejido con sus manos y que se convierte en el último de sus vínculos tangibles con el grupo armado.
Al mismo tiempo que la presencia del uniforme y todo lo que este comanda es algo que no escapa al discurso de los jóvenes, la pérdida de este es un evento de naturaleza traumática “…Los primeros días sin el uniforme, me daba hasta vergüenza que me vieran por ahí…” implica una destitución y una caída que se ponen de manifiesto en el registro del cuerpo; en relación con este, el drama relacionado con el arma se convierte en una experiencia de investidura y destitución; que viene determinada por el papel que tiene el arma dentro de la cotidianidad del guerrero, es el instrumento a través del cual realiza su tarea de dar muerte, pero en función de la naturaleza tan singular de dicha tarea, y de lo que está en juego en la realización de esta, el arma de fuego termina por poseer una serie de investiduras y atribuciones similares a las del uniforme, dejando huellas de similar naturaleza “…Lo que pasa es que sin eso (el arma), uno se siente mal, se siente como si no tuviera protección…”, además de esta sensación de desprotección, es una experiencia similar a la perdida de un miembro del cuerpo; es una de las muchas destituciones asociadas a la salida del grupo armado.
La cohesión del grupo también se mantiene a través de la manera en la que es configurado el enemigo; la aversión dirigida a este no es mas que la redirección de los conflictos y aversiones que surgen de manera inevitable en un colectivo; mientras que en el grupo armado el encuentro con el enemigo estaba enmarcado dentro del momento del combate y el imperativo de “matar o morir”, tras la salida de este, aquel que era identificado como enemigo viene a convertirse en alguien con quien se comparte la cotidianidad, la mesa a la hora de comer, o incluso la habitación a la hora de dormir. ¿Cómo asumir el hecho que ahora aquel que antes era visto como el enemigo a derrotar sea un compañero dentro de la vida diaria? ¿Alguien con quien se establezcan lazos distintos a los de la aversión? Esta relación de igualdad entre adversarios que se da dentro de la vida civil se encuentra enmarcada en la manera en la que la sociedad ve a aquellos que tomaron parte en un grupo armado ilegal, sin distingo de el lugar de donde vienen les impone el mismo significante de desmovilizado, con todas las exclusiones que se encuentran asociadas con este; aquellos que otrora fueron enemigos a muerte en función de sus diferencias irreconciliables ahora son vistos por la sociedad civil a la que tratan de incorporarse como iguales.
La etiqueta de “Menores de edad” aparece signada por una contradicción entre su edad cronológica (Y el estatus legal proveniente de esta), y experiencias como el consumo de sustancias o la iniciación precoz de su vida sexual; vinculada con esta iniciación precoz que aparecerá otro de las huellas del paso por el grupo armado: Una vida amorosa que se caracteriza por la constante búsqueda de parejas, en relaciones que terminan tan rápido como empiezan, marcadas por la novedad de los ingresos al hogar, y que se convierten en una instancia mas de los intentos por darle una resolución a la falta inherente al sujeto, intentos que siempre implican a un otro al cual se acude con la esperanza de que posea aquello que garantice una ilusión de completud. La misma apuesta por la guerra puede llegar a ser reconocida como un acto adulto, a través de lo que moviliza la imagen del arma “…Mire profe, puros chinitos con AK’s echando plomo como viejo…”
Por otro lado, la contradicción asociada a la etiqueta de menor de edad se manifiesta en el terreno legal; el regreso (o ingreso en algunos casos) a las lógicas y dinámicas propias de la vida civil es a fin de cuentas, un encuentro con la responsabilidad legal, como se manifiesta en el hecho de la existencia de los procesos legales en su contra; sin embargo, esta instancia de encuentro con la ley se encuentra en contradicción respecto al hecho que pasan a ser considerados como menores de edad y en ocasiones, como niños, mas aun, el hecho que se encuentren bajo una medida de protección: ¿Cómo es posible responder ante un estado por crímenes cometidos, cuando se encuentra bajo protección por ese mismo estado?
Es una contradicción que se ve potenciada por el efecto que tiene el grupo armado en relación con la responsabilidad, un efecto organizador que le da al sujeto ordenes precisas alrededor de lo que tiene que hacer, dejándolo eximido de toda responsabilidad, dando pie a un shock para el sujeto dentro de la vida civil, que intenta buscar en ello una defensa a aquello que hizo en el tiempo de la guerra “…En la guerrilla todo lo hace uno obligado…” es la explicación que una joven se da a si misma a la hora de encontrarse con los abandonos realizados; el paso a la vida civil es en ultimas cuentas el encuentro con una responsabilidad frente a la cual no puede escapar el sujeto, ya sea impuesta por la cultura misma en virtud de las trasgresiones establecidas o como producto del encuentro con una ley; la inscripción dentro de esta, y la exposición ante un otro que esta implica, muchas veces es entendida solo como un requisito el cual no tiene mucha importancia, el cual solo es necesario para acceder a determinados beneficios “... Es solo un pedazo de papel…” es lo que tiene que decir un joven al momento de hacer el tramite para obtener su cédula de ciudadanía; siguiendo esta lógica, la trasgresión de esta ley implica la pérdida de unos beneficios los cuales, vistos dentro de las lógicas de la vida civil se convierten en una instancia de destitución “…Yo ya no tengo nada, ya lo perdí todo…”.
La guerra, en tanto una instancia relacionada con las mociones pulsionales, necesariamente debe encontrarse relacionada con el acto de matar, ya sea por la propia mano, o como un elemento propio de la cotidianidad, el sujeto que hace la apuesta por la guerra se encuentra marcado por este acto, un encuentro el cual también es una instancia de contradicción, el careo con la muerte, y la convicción a nivel inconsciente de la inmortalidad propia; al mismo tiempo, el encuentro con el acto de matar es un encuentro con el goce el cual termina por instaurar al sujeto en una dinámica de repetición, quizá no del acto de matar en si, pero su con la imaginería asociada a este, la fascinación con las armas, la preferencia por imágenes de muerte y guerra no son mas que intentos por parte del sujeto por reinstalarse en dicho goce de muerte; el efecto que tiene la imagen de las armas de fuego sobre los jóvenes es la muestra mas clara de que el paso por el grupo armado los ha dejado atrapados dentro de la seducción del arma.
El acto de dar muerte también termina por verse entroncado con la responsabilidad; mientras que en el tiempo de la guerra y la ilegalidad la muerte del enemigo es comendada y celebrada por el grupo, en la vida civil, en el momento de la legalidad el acto de dar muerte se convierte en la trasgresión mas grave y que debe ser castigada con la mayor severidad. En el caso de los jóvenes que han llevado a cabo el acto de matar, su paso a la civilidad puede convertirse en un momento particularmente traumático, por cuanto al momento mismo de este paso se encuentran cruzados por una suerte de “marca de Caín” la cual los denota como culpables de un crimen.
¿Qué ocurre entonces con aquellos que no dieron muerte, pero si fueron testigos de la muerte de un otro? tambien implica un encuentro con la responsabilidad, que es de una naturaleza diametralmente distinta al que se da en el primer caso; mientras que el haber matado a alguien implica el asumir las consecuencias de dicho asesinato, el ser testigo de la muerte de alguien se convierte en una instancia de compromiso, aquel que muere puede resultar siendo idealizado, convirtiéndose en una figura benévola y omnisciente respecto a la cual se redirige un desfile de arrepentimientos y culpas, o bien puede esta muerte convertirse en la explicación alrededor de las elecciones que realiza el sujeto; aquel o aquella que muere habrá de dejar un lugar el cual intentará ser llenado por parte del sujeto por otras personas las cuales pueden llegar a operar en el lugar del padre o la madre muertos. “…Es que ella es como mi mamá…” “…Menos mal yo si tengo una mami que me cuida…”
Los rastros que deja el paso por el grupo armado en el sujeto, junto con el movimiento subjetivo asociado con la ubicación dentro de la vida civil se encuentran signados por una contradicción que viene a estar relacionada con la manera en la que son incluidos en la vida civil. Bajo el estatus legal de menores de edad, los cuales no son menores de edad cualquiera, su paso por la ilegalidad y lo clandestino los ubica en una instancia de responsabilidad legal, la cual tradicionalmente no se encuentra relacionada con la minoría de edad, al mismo tiempo que se encuentran marcados por el contacto con aspectos propios de la adultez; sin caer en discursos asociados con la recuperación de infancias perdidas ya hace mucho tiempo, surge la pregunta alrededor de la posibilidad de considerar como menores de edad, o incluso niños a sujetos que ya han sido inscritos de manera plena dentro del registro de la adultez.
La contradicción mas importante es, sin lugar a dudas, la que demarca su relación con la sociedad civil; la misma sociedad y el mismo “orden establecido” que los invita a ingresar a este con promesas de beneficios y reconstrucciones de vidas ya pasadas no tarda en demostrarles o bien la lejanía o bien la imposibilidad de lograr dichas prevendas; en las ocasiones en las que esto fue la misma determinación apara abandonar el grupo, el sujeto no puede hacer mas que quedarse con la pregunta del porque de la salida, y la encrucijada de querer regresar a un grupo que no lo quiere de regreso. Esta sociedad civil habrá de patrocinar y querer solo una “inclusión a medias” en la cual, los sujetos no hagan parte del grupo armado, pero tampoco estén a los ojos de la comunidad, ubicándolos en una periferia que los hace susceptibles de un regreso al grupo armado.
Al igual que ocurre con los vínculos subjetivos con el grupo que manifiestan la imposibilidad de una salida total del grupo armado, la constante contradicción dentro de la cual se encuentran los jóvenes atendidos por el hogar transitorio se convierte en un punto de capital importancia para ser tenido en cuenta; resulta necesario un acompañamiento a los jóvenes en las maneras en las cuales se haga posible el reconocimiento de dichas contradicciones de una manera que resulte adecuada.
Otros rastros que quedan
De la misma manera que el trabajo propuesto implicó una serie de movilizaciones subjetivas por parte del sujeto que realizó la apuesta por lo mortífero, también quedan una serie de preguntas, encuentros y desencuentros en aquel que instauró los espacios de escucha y palabra. Implicó la pregunta por la manera en la que se debía establecer el posicionamiento dentro de las dinámicas institucionales, mediante la delimitación (por llamarla de alguna manera) de las funciones y el papel a ser llevados a cabo por parte del practicante es que habría de llevarse a cabo la creación de dicho lugar, reconociendo las instancias en las cuales se podría cimentar y expandir el trabajo llevado a cabo al mismo tiempo que se evitaba el paso a lugares que pudieran llegar a comprometer el lugar tercero, lo cual también hubo de ser llevado a cabo con los jóvenes.
Por otro lado, implicó el reencuentro con una realidad nacional, en la medida que implicó el abordaje de esta no desde una perspectiva histórica o estadística. El llevar a cabo la escucha del discurso de sujetos que realizaron la apuesta por la guerra y la ilegalidad, y que ahora se encuentran fuera de dichas dinámicas representó, sin llegar a los extremos de posiciones idealistas o “complejos de Mesías” cierta sensación de significado o trascendencia alrededor del trabajo realizado. Finalmente, y probablemente la mayor ganancia, el trabajo con menores desmovilizados en un medio institucional se convirtió en el momento para la familiarización con las dinámicas propias de la vida profesional, tanto en las relaciones profesionales como personales que se pudieran llegar a constituir, con lo cual la finalización del trabajo de práctica llevado a cabo también se convirtió en la finalización de una etapa de formación profesional.
[1]“… Y cuando todas las batallas están perdidas, nos gusta pintar nuestros nombres en la pared…”