SI LO DICES YO TE CREO
Resumen
El presente trabajo realiza un recorrido a través de las nociones de neurosis entendida como la suposición de que existe alguien que tiene el saber sobre el sufrimiento del sujeto. Esta figura Lacan la llama el Sujeto Supuesto Saber. El análisis terapéutico abre la posibilidad de invertir esta ecuación neurótica facilitándole un espacio de trabajo lúdico al paciente para que suspenda-como el analista-su saber o el saber de la ciencia a favor del ejercicio del lenguaje infantil. La asociación libre y el juego de palabras del analista refuerzan la caída de esta figura, finalizando con que el propio sujeto se convierte en analista de sí mismo.
Palabras claves: Neurosis-Lenguaje Adulto-Lenguaje Infantil-Psicoanálisis.
Abstract
The present work realizes a tour across the notions of neurosis understood as the supposition of which there exists someone who has know on the suffering of the subject. This one figures Lacan the flame the Subject Supposed To know. The therapeutic analysis opens the possibility of inverting this neurotic equation facilitating a playful working space to the patient in order that suspends as the analyst his to be able or know of the science in favour of the exercise of the infantile language. The free association and the play on words of the analyst reinforce the fall of this figure, finishing with that the own subject turns into analyst of yes same.
Key words: Neurosis - language Infantile Adult - language Psychoanalysis.
I. Introducción:
¿Qué conduce a una persona a la consulta de un psicoanalista? Los desarrollos propios del psicoanálisis, en muchos de sus pasajes, señalan que el sufrimiento en exceso gatilla la producción de una pregunta clave: ¿Por qué me pasa lo que me pasa? Y ese cuestionamiento debe, en algún momento, ser inducido por el psicoanalista, para lograr que el proceso de trabajo analítico, se ponga en marcha. Así, el dolor que se presentifica permanentemente, gracias a lo que Freud señaló como compulsión a la repetición, marca un destino reiterado que hace que la cuota de padecimiento se acreciente, dejando al sujeto en un punto muerto, en el cual reina una extraña sensación, mezcla de ajenidad y esperanza. Vale decir, hay una composición de desconocimiento que potencia la esperanza de que sí existiría alguien que sí sabría sobre aquello y tiene las razones-causa de ese desconsuelo.
¿Cómo ha bautizado el psicoanálisis a esta posición subjetiva?: Neurosis, lugar de inicio del recorrido y que demuestra claramente que lo que se busca es un saber que supuestamente Otro tendría (Lacan, 1953). Este último punto es central ya que se supone evidentemente que un psicoanalista es una persona que ha recibido una formación especial que lo capacita para poder dar cuenta de las causas. Sus diplomas, colgados en la pared, certifican indiscutiblemente que el analista posee un saber especial que el que consulta espera recibir.
Así, se hace interesante poder reconocer en lo anterior el dominio patente de lo que Leiniz llama el Principio de Razón Suficiente. ¿En qué consiste este principio? Lo define de la siguiente manera:
“[…] nunca acontece algo sin una causa o siquiera una razón determinada, esto es, sin una cierta razón a priori, por qué existe algo y no más bien no existe y por qué existe más bien de éste que de ningún otro modo. Este principio vale para todo los acontecimientos y no deja aducir ninguna prueba contraria” (Leibniz en Holzapfel, 2003, Pág. 25).
Queda claro, entonces, como aquello que se aplica a todos los acontecimientos-vale decir, el dominio de este principio-puede también ser aplicado al mundo del padecimiento psíquico y cómo el desconocimiento, que en los tiempos de Freud sólo se manifestaba como la repetición constante de una pesadilla, la presencia de una parálisis, la pérdida del lenguaje materno o una repentina ceguera, lanza casi de manera inevitable la suposición que si hay alguien-un maestro, un gurú, Daniel que pudo interpretar los sueños del faraón, Merlín, o ¿simplemente? un médico, que pueda dar cuenta del por qué, primero y del cómo hacer, después, para superar esta situación.
Lacan agrega que la histérica es amante del saber y señalará al discurso histérico como una estructura básica vincular representante del mundo de las neurosis. Hay un dolor manifiesto del cual no se puede acceder a su detonantes y, por lo tanto, es necesario Otro, mayúsculo, que despliegue su saber para coincidir con esa supuesta figura (Lacan, 1973-74)
Con lo anterior queda clara cierta estructura, pero ¿Cómo es que opera el psicoanalista si busca supuestamente que sea el mismo sujeto el que acceda al saber que sí tiene pero desconoce? ¿No será que si el responde tan apresuradamente a la demanda que se le formula obture con saber-enciclopédico algo que es del orden de la historia del propio individuo? ¿Cuáles son las advertencias que están a la base de su trabajo? ¿Esta metodología alimenta el narcisismo del psicoanalista refiriéndolo a cada instante como el centro gravitacional de la acción que realiza de a dos? ¿Su paciente es un mero objeto del despliegue catedrático del analista y sólo le quedará como opción aceptar, de buen grado, las noticias de este sujeto iluminado? Estas interrogantes serán puestas a trabajar a la luz de la particularidad que el psicoanálisis le atribuye a su trabajo lenguajero-dialéctico, verbal- caracterizado por un espacio en el cual puede venir a nacer lo que se venga a la cabeza, permitiéndose jugar lúdicamente con sus elementos.
II. Desarrollo:
a. Neurosis: “Dígame Ud., señor psicoanalista, las “razones suficientes” de mi sufrir”
Freud en su espíritu investigador siempre estuvo en constante testeo de las técnicas y métodos asociados con las curas de sus pacientes. Así, sus principales herramientas: la catarsis, primero, que consistía en que el paciente bajo hipnosis relatara los eventos traumáticos provocadores de los síntomas actuales y la interpretación, después, que apuntaba a revelar el significado oculto-principalmente sexual-de los síntomas son analizadas por él a partir de un evento especial. Su experiencia clínica le había demostrado, con los años, que la extremada eficacia que demostraban en un comienzo las interpretaciones del psicoanalista para la disolución de los síntomas fue mermando, limitándose y, por consiguiente, esto llevó a una conocida extensión temporal de los análisis (Freud, 1954).
Comenta que este alto en el camino le permitió sopesar el real valor de un fenómeno que no era casual sino central en la cura analítica: la transferencia, que llegará a ser designada por Freud como el motor y, a su vez, el obstáculo más grande que el análisis debe sortear. El paciente, en transferencia, reactualiza con su analista conflictos de orden infantil, siguiendo la misma matriz vivencial de figuras como el padre, la madre o una persona significativa. Así, el psicoanalista vendrá a ocupar ese lugar y no será visto, ni consignado por lo que realmente el es. Está demás decir, que la abstinencia, la neutralidad, que se traduce en una fuerte reserva de la vida privada del clínico, favorecen, tal cual, la reactualización de dichos compromisos. Ésta valoración de la transferencia obligará a Freud a postular que un psicoanálisis debe producir, esta nueva edición relacional, una neurosis moderna, esta vez, eso sí, con el propio analista, es la mentada neurosis de transferencia.
Así, Freud señala:
“La transferencia tiene esta importancia extraordinaria, losa y llanamente central para la cura, en las histerias, las histerias de angustia y las neurosis obsesivas, que por eso se reúnen con el justo título bajo el nombre de “neurosis de transferencia”” (Freud, 1917 [1916-1917]), Pág. 404).
Así y más allá de las especificidades propias de las histerias o la neurosis obsesiva, Freud pondría el acento que esta nueva posibilidad de hacer una neurosis en transferencia sería en sí lo neurótico. La neurosis de transferencia lograría entenderse como la neurosis a causa de hacer transferencia y ese sería el gran meollo del asunto (Lacan, 1967).
Lacan, por su parte, en una intervención realizada el 8 de julio de 1953 en París llamada Lo simbólico, lo imaginario y lo real, propone el siguiente esquema diciendo:
“He aquí cómo un análisis podría, muy esquemáticamente, inscribirse desde su comienzo hasta su final:
rS – rI – iI – iR – iS –sS – SI – SR – rR – rS,
es decir, realizar el símbolo” (Lacan, 1953, Pág. 47).
Este esquema Lacan presenta lo que ocurriría en un psicoanálisis, resumiendo que “
rS es la posición de partida.
El analista es un personaje simbólico, y en calidad de tal ustedes vienen a buscarlo, en la medida en que él mismo es a la vez el símbolo de la omnipotencia[1], que él mismo ya es una autoridad, el amo. En esta perspectiva el sujeto lo busca y él se ubica en cierta postura que es aproximadamente la que sigue:
Es usted quien tiene mi verdad” (Lacan, 1953, Pág. 47). Luego
rI es la realización de la imagen, el sujeto se entrega una resistencia, originada por
iI, la captación de la imagen, al estilo de los pichones que entran en la danza de los colores, situación previa para un encuentro con
iR. Acá I se transforma en R, dando cuenta de la fase de la resistencia, de transferencia negativa en el análisis, luego pasa a
iS. Esta fase es la de la imaginación del símbolo, el sujeto imagina el símbolo, ejemplo central: el sueño, luego interviene el paso
sS-SI: momento que permite la intervención del analista, es la simbolización de la imagen, es lo que comúnmente se llama interpretación. En este momento comienza la dilucidación del síntoma. Sigue SR: “que es, en suma,
el extremo de toda salud[2] No es, como se cree adaptase a un real más o menos definido o bien organizado, sino hacer reconocer su propia realidad, en otras palabras
su propio deseo[3]” (Lacan, 1953, Pág. 49). Por último, Lacan postula que luego se entra a
rR, donde todo lo que es real es racional, y viceversa, para nuevamente arribar a
rS, formando un ciclo que pude dar más de una vuelta (Lacan, 1953).
Tomando en cuenta el punto de inicio del esquema, especialmente la frase que Lacan utiliza para dar cuenta de ese comienzo “Es usted quien tiene mi verdad”, ayuda tener cuenta el efecto específico que la transferencia podría revelar. Es decir, en la transferencia el sujeto sufriente intenta buscar y responder-no él principalmente sino su analista- sobre, lo que en palabras de Leibniz, se conocen como las razones suficientes de su sufrimiento. Y esto se basa en la siguiente suposición neurótica: Si yo no se, alguien debe saber (Nasio, 1998) y ese alguien, Lacan lo vendrá a designar con el nombre de Sujeto Supuesto Saber (S.S.S) (Lacan, 1966).
Lacan lo señala así:
“El analista es, en efecto, el sujeto supuesto saber, supuesto saber todo, salvo lo que respecta a la verdad del paciente. Y mucho más que una situación que se establece sobre los datos de los que les indico aquí la punta, no nos dice el paciente que se ofrece a la experiencia analítica: —es usted el que sufrirá si usted me demanda la verdad” (Lacan, 1966, s/p).
De lo anterior se desprende, que el Sujeto Supuesto Saber responde a una suposición mítica: que alguien detenta todo el saber, inclusive el saber acerca de la verdad más íntima del sujeto, definiendo así, la posición particular y esencial que las neurosis tienen en la teoría lacaniana. En resumidas cuentas, las neurosis son se definen porque los dolores se centren en el cuerpo, como ocurre en la histeria o en una ercurrencia de pensamientos, como en la obsesión, sino más bien, según la posición subjetiva en torno al saber particular que facilitaría la producción de la transferencia y la aparición del Sujeto Supuesto Saber.
Pero lo anterior ¿está presente en Freud o es una introducción nueva que Lacan realiza? Evidentemente el concepto del Sujeto Supuesto Saber es ajeno a la teoría de Freud. Sin embargo, se podría señalar que sí está presente en Freud pero reprimido. Dos ejemplos presentes en dos historiales clínicos presentados por él, uno en el caso del pequeño Hans (Bello, 2006) y otro del Hombre de las Ratas reflejan esto. Hans le responde a su padre en relación a Freud:
“Yo: «¿Entonces por qué tienes miedo en verdad?»
Hans: «Yo no lo sé, pero el profesor lo sabrá. ¿Crees tú que él lo sabrá? »” (Freud, 1909, Pág. 41).
Y en el caso del Hombre de las Ratas Freud señala cómo este paciente llegó a consultarle:
“Al preguntarle yo qué lo movió a situar en el primer plano las noticias sobre su vida sexual, responde que es aquello que
él sabe sobre mis doctrinas[4]No ha leído nada de mis escritos, salvo que hojeando un libro mío halló el esclarecimiento de unos raros enlaces de palabras; y tanto le hicieron acordar estos a sus propios «trabajos de pensamiento» con sus ideas que
se resolvió a confiarse a mí[5]” (Freud, 1909, Pág. 1443).
Lacan refiriéndose a este pequeño niño, Hans, que sufría de una declarada fobia a los caballos, en su seminario sobre La relación de objeto, señala que el niño a encontrado al buen Dios en la tierra, en el sentido que alguien sabe todo y éste es el profesor Freud (Lacan, 1957).
Pero Freud ¿qué piensa con respecto a la neurosis derivada de la transferencia? ¿Es posible salir de allí? Para responder esta pregunta Freud elaborará un texto crucial para entender la cuestión: Análisis Terminable e Interminable de 1937. Freud plantea la dificultad para garantizar que el final de un análisis asegure el fin de la neurosis. Plantea que no existen suficientes evidencias para señalar que el sujeto nunca más recaiga en una nueva neurosis y que un analista se habilita de tal en su propio psicoanálisis, pero que no lo libra totalmente del problema. Tomando en cuenta dos referencias del texto Freud indica que:
“Todo analista debería hacerse de nuevo objeto de análisis periódicamente, quizá cada cinco años, sin avergonzarse por dar este paso.
Ello significaría, entonces que el análisis propio también, y no sólo el análisis terapéutico de enfermos, se convertirá de en tarea terminable {finita} en una interminable {infinita}[6] (Freud, 1937, Pág. 251).
y
“A menudo uno tiene la impresión de haber atravesado todos los estratos psicológicos y llegado, con el deseo del pena y la protesta masculina, a la
“roca de base”[7] y, de este modo, al término de su actividad” (Freud, 1937, Pág. 253).
Lo anterior plantearía una posición freudiana: el final de un análisis no avalaría el fin de la neurosis, lo que propondría la necesidad de la posibilidad de una nueva revisión clínica con cierta periodicidad. Además, el trabajo en análisis tiene un límite, la roca de base que es la castración y que Freud la plantea como un impasse. ¿Lacan piensa igual? ¿Y cómo lo liga con el advenimiento de un analista?
Volviendo al esquema anteriormente analizado de la conferencia simbólico, imaginario y real (Lacan, 1953), Lacan asegura que el punto de toda salud se encuentra en el momento en el que el sujeto se habilita para reconocer su propio deseo (Lacan, 1953). ¿Cómo puede llegar a esto si el analista es esa figura que Supuestamente Sabe? Él responde con toda precisión en su seminario sobre El acto psicoanalítico (Lacan, 1967-68), señalando que:
“El psicoanalizante, al comienzo, toma su bastón, carga sus alforjas
para acudir a la cita con el sujeto supuesto sabe[8] (Lacan, 1969, s/p)”
Esto es en el comienzo. Y la salida la define de la siguiente manera:
“¿Qué quiere decir, por lo tanto, el análisis de la transferencia? Si algo quiere decir, no pude ser otra cosa que la
eliminación del sujeto supuesto saber[9]” (Lacan, 1969, s/p)”
y
“[...] de lo que se trata en el psicoanálisis, en virtud de la existencia del inconsciente, consiste precisamente en
borrar del mapa esa función del sujeto supuesto saber[10]>” (Lacan, 1969, s/p).
Con todo, se puede llegar a responder que Lacan, al parecer, sí cree que es posible salir del impasse dejado por Freud sobre el fin de análisis, condicionado por la eliminación, supresión de la figura que la transferencia facilita, la del Sujeto Supuesto Saber. Vale decir, Lacan creería que hay una salida con ciertas garantías para la posición neurótica, a diferencia de Freud. Y estos serían sus antecedentes a la hora de instaurar la experiencia del pase como momento del transito de la posición propiamente neurótica a la posición del analista (Bello, 2006). Lo piensa de la siguiente manera:
“[...] de ese sujeto supuesto saber que sólo puede retomar como condición de todo acto analítico, él sabe en ese momento que llamé el
pase[11], el sabe que allí está el des-ser que para él, el psicoanalizante,
ha golpeado el ser del analista[12]” (Lacan, 1969, s/p).
¿Qué evidenciaría la experiencia del fin de un psicoanálisis? Esta es una primera conclusión: El arribo a ese lugar que Lacan designó para la salud, lo más salutífero para él, es la posición llamada “analista”, lo que no es necesariamente igual que decir que produce un psicoanalista que opera profesionalmente como tal. Nada de eso, sino que para Lacan por lo menos no tiene nada que ver con una cuestión gremial, sino que el sujeto al final del análisis es el advenimiento del lugar en que el sujeto se convierte en el analista de sí, más allá que tenga una consulta o no, pero tomando como condición la eliminación del Sujeto.Supuesto.Saber.
b. El papel del psicoanalista: “Escuchar el lenguaje infantil y jugar con las palabras-interpretación”.
La reflexión anterior proporciona un punto de apoyo para ir definiendo cuestiones que son centrales. Es decir, las neurosis producen cierta ilusión que existe alguien que tiene el saber, que sabe las causas, las razones suficientes sobre la verdad. Esto lleva a alguien a un analista-teniendo en cuenta que existen más opciones para responder a dicha pregunta-posibilitando a que la transferencia ocurra. Sin embargo, el destino para llegar a la salud es precisamente que el Sujeto Supuesto Saber que es el analista, quien se convierte, en un principio-y debe tolerarlo- en el Dios particular del sujeto, caiga de su posición, disolviendo su figura. Así, no es que el analista de de alta a su paciente, por lo menos en la clínica psicoanalítica lacaniana no ocurre así, porque un acto como ese redoblaría al Sujeto Supuesto Saber reafirmándole al sujeto que el psicoanalista sabe cuando él está bien o no. Sino que los papeles se invierten y es el propio paciente quien da de alta al analista, ya no lo necesita, él gracias al trayecto, el recorrido de su propio análisis, ya conoce el método y puede ejercer como analista de sí mismo (Eidelzstein, 2001).
Pero ¿Cómo se logra que el psicoanalista caiga de este lugar? ¿Es un trabajo exclusivo del paciente que debe “matar” esa figura? ¿Tendrá acaso que el psicoanalista permanecer siempre en un silencio catatónico para así no ceder a la demanda de su paciente? ¿Eventualmente serán el silencio y el corte de las sesiones sus exclusivas armas? Nada de eso ya que el analista también debe poner de sí para que su lugar quede vacante y finalmente sea ocupado por el mismo sujeto.
Está claro que un psicoanalista es una persona preparada, formada según pautas teóricas y clínicas, inclusive se agrega el propio análisis personal como requisito indispensable para llevar a cabo su adiestramiento. Pero, dentro de las advertencias que él debe tener clara es que este saber que tiene, desprendido de su formación- y que como lo señala Holpzafel, al ser un representante de la ciencia, puede aproximarse cada vez, a las razones-gracias su investigación-suficientes supuestamente actuantes en el mundo psíquico- le puede jugar una mala pasada (Harari 2006).
De esta forma, teniendo en cuenta lo ya señalado, aquel deseo de saber dirigido a Otro, que define de por sí a las neurosis, puede perfectamente convertirse en una tremenda tentación narcisista para él. Una cuestión es que el paciente le suponga el saber y otra es que él se lo crea. Ya Freud anotaba como utensilio fundamental del clínico su cuidado del mentado furor curandi y la de salida hacia la salud de un paciente. Claro, porque los blasones posibles que un psicoanalista experimentado puede llegar a darse, o creer que ha leído suficiente o está infatuado por su en-canto. Así, si esto llegara a operar puede ser que su paciente sea víctima de una anticipación donde sus palabras sea de orden oracular, ya que él si sabe lo que le pasa a su analizante. Además, la cura tiene el escollo que un paciente puede sorprendentemente sanarse, levantarse de su dolor y eso le traiga una fuerte satisfacción al analista, jactándose de su experticia.
Entonces, existe, dado lo anterior, una necesidad de cautela con su saber, el cual, como Lacan lo afirmaba, debe moverse de acuerdo con acciones marcadas por una
ignorancia docta la cual, en términos de Heidegger, el analista
suspende[13] ese saber, favoreciendo un pensar meditativo que des-cubra una verdad y no solamente la pida o la constate, tal cual como lo hace un pensamiento calculante.
Con esto como telón de fondo, un elemento que Lacan señala es evitar la rápida comprensión de lo que le ocurre a alguien, sólo por el hecho de tener ese saber catedrático. Él lo señala así:
“El progreso principal de la psiquiatría desde la introducción de ese movimiento de investigación que se llama psicoanálisis, consistió, se cree, en restituir el sentido en la cadena de los fenómenos. En sí no es falso. Lo falso, empero, es imaginar que el sentido en cuestión, es lo que se comprende. Lo nuevo que habíamos aprendido, se piensa en el medio ambiente de las salas de guardia, expresión de él sensus comunne de los psiquiatras, es a comprender a los enfermos. Esto es un puro espejismo. […] Consiste en pensar que hay cosas que son obvias, que, por ejemplo, cuando alguien está triste se debe a que no tiene que lo su corazón anhela. Nada más falso: hay personas que tiene todo lo que anhela su corazón y que están tristes de todos modos” (Lacan, 1955-56, Pág. 15).
Lacan en lo anterior trabaja el papel que el supuesto apresuramiento del analista en la sala de guardia del hospital psiquiátrico, para poder entender o comprender lo que ocurre con sus manifestaciones patológicas. Así, el concepto de resistencia, que muchas veces se ha pensado en torno al paciente, que se niega o resiste ha aceptar las construcciones del analista, puede ser extrapolado perfectamente a la formula que Lacan mismo acuño: las resistencias son del analista, indicando que el saber mismo del analista, si no lo sabe suspender, si realmente cree que es aquel que debe dar su respuesta, puede convertirse perfectamente en un gran obstáculo. Así, en muchas ocasiones, no es muy difícil escuchar en muchos colegas dichos como: “Esta o este paciente es de libro”, cuestión que cancela cualquier posibilidad de escuchar alguna novedad.
Con todo, ya se vislumbra en su operatoria una ética particular, que es un sello del trabajo del analista y que deberá traducirse en su manera de intervenir. ¿Cómo? Evidentemente la historia del psicoanálisis entrega elementos que son muy actuales a la hora de pensar estas cuestiones y especialmente el modelo de la hipnosis se hace imprescindible. En un principio la hipnosis era la piedra basal del trabajo freudiano para abordar una cura. Así, el paciente caía en trance y bajo hipnosis era capaz de decir aquellos eventos que no estaban disponibles a la conciencia. Luego, Freud dejará, por razones prácticas y estéticas, la hipnosis y trabajará con sus pacientes, lejos de cualquier adormecimiento, pidiéndoles que se guíen por la conocida regla fundamental que señala que el paciente diga todo lo que se le venga a la cabeza. Aspecto para nada sencillo.
¿Qué ha ocurrido? En palabras de Lacan se ha invertido la fórmula y aquel que está embelezado e hipnotizado por las palabras de su paciente y ese será el centro de su total atención. Lo importante no es tanto, entonces, lo que diga el psicoanalista-lo que no implica que no diga nada-sino que será a partir de los significantes de su paciente donde se situarán sus intervenciones. De esta manera, la consulta del analista es un espacio seguro para suspenderse del necesario principio de razón suficiente que opera sin pausa y se le ofrece un momento para poder jugar con sus pensamientos, para permanecer o convertirse en un homo ludens tal como lo señala Eugen Fink en Fenómenos fundamentales de la existencia humana, para poder decir aquellas cosas empapados de la sinceridad infantil tan típica de operar con las palabras.
Lacan, con su énfasis en el lenguaje, su determinación para el sujeto, que lo toma, lo retuerce y lo subyuga. Manifiesta así su máxima que afirma que el inconsciente está estructurado como un lenguaje que pensándolo como aquella parte del discurso concreto que supera al sujeto, lo pasma dejando al yo boquiabierto. Es un ir más allá de lo dicho y especialmente de lo que se entiende (Lacan, 1953).
¿Cómo Lacan piensa el lenguaje del adulto? Lo señala así:
“Si creen ustedes que el niño está más cautivo de lo imaginario que de lo demás, en cierto sentido tienen razón. Lo imaginario está ahí. Pero nos es totalmente inaccesible. Sólo es accesible a partir de sus realizaciones en el adulto. La historia pasada, vivida, del sujeto, que acabamos de alcanzar en nuestra práctica, no consiste en los cabeceos, los manoseos del sujeto durante el análisis, tal como lo presentaba alguien a quienes ustedes escucharon anoche. Sólo podemos alcanzarla-y es lo que hacemos, lo sepamos o no-mediante el
lenguaje infantil en el adulto[14]” (Lacan, 1953-54, Pág. 319).
Lo interesante de lo anterior, es que da cuenta de cómo el psicoanálisis-por lo menos el de Lacan- piensa al sujeto, dejando en claro que no se adscribe a una visión evolutiva-donde el adulto dejaría atrás o se encontraría supuestamente fijado a cuestiones infantiles- ya que, lo deja claro Lacan, coexistirían en el adulto un lenguaje infantil y un lenguaje adulto (Peusner, 2006).
Al parecer, cuando se piensa en la clínica infantil, sería siempre más fácil abandonarse llevar por la suspensión de la razón suficiente, ya que allí existen lógicas diversas que superan-o por lo menos ponen entre paréntesis- aspectos que se alejan de la lógica aristotélica. La evidencia es clara: pistolas de juguete que disparan, títeres que hablan, autos que corren, dibujos que hablan, personajes imaginarios que discuten, etc. ¿Pero será que realmente no hacen eso? Lo hacen y el psicoanalista no le dice al niño o niña: “Mira ¿cómo es eso que las pistolas de juguete disparan? tú debes saber que eso no es así”. Al contrario, él se mete en esa lógica y fomenta su producción, no es un fiel representante de el principio de no contradicción. Lacan dice que el lenguaje que caracteriza al adulto se enmarca en la siguiente fórmula:
“Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escuchaentiende” (Lacan en Peusner, 2006, Pág. 32)
El modo de Lacan no es sencillo, lo que exige un trabajo y esta frase no se excluye de la serie, pero pensarla entrega elementos centrales. En el adulto lo que se dicer, un relato concreto, queda, la mayoría de las veces, olvidado tras lo que se entiende de eso que fue dicho. Un ejemplo infantil, señala la mano hacia donde apunta Lacan, y Peusner lo recuerda patentemente. El niño que se ha prometido ir al parque y se pone a llover, cancelando el paso le dirá al adulto: ¡Pero tú me dijiste que iríamos al parque! Ahí está un centro gravitacional del trabajo del psicoanalista: ayudará a su paciente a que se inmersa en la suspensión de la razón suficiente, que deje de privilegiar lo que escuchaentiende y ponga atención precisamente en lo que realmente dice. Es decir, si el psicoanálisis trabaja con las palabras del paciente, será el mismo encuadre, facilitado por la suspensión del saber del analista y evitar que se introduzca en la buena lógica para fomentar el buen juicio.
Por último ¿Cómo trabaja específicamente el psicoanalista? No entregando máximas cerradas y centrales, sino que también tendrá el tiempo de jugar con las palabras. Freud lo señala así:
“Ahora bien, ¿dónde se encuentra en el contenido manifiesto del sueño la huella y la subrogación de aquel descubrimiento de Hanold que hallamos sustituido por el nuevo delirio, a saber, que Gradiva mora con su padre en el tercer hospedaje, oculto, de Pompeya, el Albergo del Sole? Pues bien, se encuentra en el sueño, y ni siquiera muy desfigurado; sólo que temo señalarlo, pues sé que aun en los lectores que me han aguantado hasta aquí con paciencia nacerá una fuerte revuelta a mi intento de explicación. El descubrimiento de Hanold está en el sueño, lo repito, comunicado cabalmente, pero escondido de manera tan diestra que por fuerza uno lo pasa por alto
. Se esconde ahí tras un juego de palabras, tras un equívoco[15] (Freud, 1907 [1906], s/p).
Así, el analista y su paciente, ambos enmarcados en la suspensión del principio de la razón suficiente, donde el analista no será quien de un oráculo, no entregue una cátedra, no inserte a su paciente en una categoría diagnóstica entregándosela al paciente y escucha, tal cual los niños, aquello que fue realmente dicho, esperando que allí-bajo un supuesto teórico-aparecerá algo más allá. No es que lo que se diga el analista lo introduzca en su saber, sino que jugará con las palabras de su paciente y el mismo paciente juegue, produciendo un lenguaje infantil que lo lleve a conocer varias cosas de su verdad. Entonces el analista señalaría Si lo dices yo te creo [creo en las desviaciones, errores, lapsus, que los títeres hablen, etc.] (Peusner, 2006).
Roberto Harari lo señala así a la hora de referirse a lo que hace el psicoanalista:
“Entonces, ¿Cómo cimientar la bifidez tendiente a suscitar a la inventiva del analizante al encarar el Realenguaje? A mi entender a tales fines el analista, ante la masa fónica que le es ofertada, y descontando la impredictibilidad inherente al ejercicio de su praxis poiética- que no es poética-, obra “equivocando”, generando equívocos, dislocando, bamboleando, elongando una palabra en, o sobre, otra-s, interivirtiendo, subrayando diferencialmente las diversas partes integrativas de un significante, desmembrando, aglutinando, “sifoneando”-vale decir, arrugando las palabras, yuxtaponiendo, embutiendo y bifurcando -¿o multifurcando?- los significantes “de partida”, diciendo frases inconclusas o interrumpidas, emitiendo interjecciones, exclamando, poniendo en actos eventuales, exclamando, poniendo en actos eventuales tonalidades de orden rítmico, mudando su timbrado, mimando soliloquios-muchas veces de sesgo interrogativo-que resultan contrapuestos a cualquier diálogo imaginario (diálogo que cabe resaltarlo conforma una nueva inflexión de lo “inter-”), mostrando su calculada vacilación mediante-por ejemplo- el asombro, la sorpresa, el desacomodo, la ignorancia-docta-rayana con la ingenuidad y el candor, la incredulidad, la desazón, la extrañeza, el pasmo, el fastidio, el halago, la satisfacción, y similares expresiones de la calculia tendientes a sustentar su abstinencia. Como puede deducirse de lo expuesto, los iniciales recursos respectivos puestos a punto por Lacan, es decir, la puntuación y la escansión, resultan así no solamente rebalsados en su estrecho-más fecundo-es claro-margen operatorio, sino subsumidos por parte de muchas de las modalidades incidenciales así referidas” (Harari, 2006, Pág. 34-35).
III. Conclusiones:
Con todo, se puede llegar a las siguientes conclusiones:
1. El psicoanálisis entiende a las neurosis como aquella posición subjetiva que está marcada por el desconocimiento sobre el sufrimiento, y la consecuente suposición y emergencia de la figura del Sujeto Supuesta Saber. Se ha visto como el neurótico busca explícitamente las razones suficientes de su dolor, suponiendo que existe Otro, dotado de ese saber que detenta y puede entregar.
2. Por su parte, el psicoanalista, preparado, está advertido del lugar que ocupa en la transferencia, suspenderá ese saber docto que tiene, favoreciendo que aparezca el saber inconsciente que tiene el paciente, pero desconoce. Su trabajo, por lo tanto será ayudarlo a llegar a la posición de “analista”, entendida con Lacan, más allá del ejercicio específico de la profesión de analista y asociada especialmente con ser capaz de llegar a la verdad de sí mismo. Este lugar viene al final de la cura de la neurosis donde el sujeto es su propio analista, aprendiendo “el oficio” de analizarse, no necesitando un analista a su espalda. Así se traslada de aquella posición de no querer saber nada de eso, porque espero que Otro sabe a movilizarse por el deseo de saber, deseo del analista.
3. Este lugar del analista deviene tras el final de la cura de la neurosis, cuestión distintiva entre Freud y Lacan. Para el primero la neurosis choca con un impasse que limitaría la posibilidad de arribar a un final. Por su parte, para el segundo sí hay un final, el análisis llevado hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, lógicamente puede ser entendido así ¿Pero cuales son sus señales? ¿Cómo se puede llegar saber que se ha llegado al final? Son preguntas válidas.
4. La clínica psicoanalítica garantiza un espacio seguro para ejercitar la suspensión del reinado del principio de la razón suficiente, entregando a la disposición del paciente un lugar para practicar lúdicamente con el lenguaje, vía asociación libre, para acceder así a la verdad de su dolor.
5.Por lo tanto, estas instrucciones tienen implicancias teóricas, técnicas y éticas. Ya que no comprenderá demasiado rápido lo que ocurre con su paciente, suspendiendo el saber, y entregándole la palabra a su paciente para que aparezca el lenguaje infantil, que no implica una regresión temporal, sino lógica. Hablar como niño, jugar con el lenguaje-ambos, el analista y su paciente-le permite poner la atención necesaria a los juegos de palabra propio de la operatoria del inconsciente.
6. Así, por último, queda claro que un psicoanálisis trabaja en dirección contraria de la tan señala reeducación, introducción o pedagogía que gracias al saber académico o suficiente, podría matar cualquier posibilidad de aquella tajada de lenguaje infantil. El analista no refuerza una lógica-por lo menos en la cura-de dar las razones suficientes, sino que se mueve con la convicción de que aquello que se dice, él lo cree.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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(2006). Apuntes de la cátedra “Clínica lacaniana”. Magíster en Psicología Clínica, mención Psicoanálisis UAI-ICHPA.
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(2006). Apuntes de la cátedra “Dirección y sentido de la cura”. Magíster en Psicología Clínica, mención Psicoanálisis UAI-ICHPA.
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(2006). La topología en la clínica psicoanalítica. Buenos Aires: Letra Viva.
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(1897). Fragmentos de la correspondencia con Fliess. Carta 69. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires:: Amorrortu. Volumen I.
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(1909). Análisis de una fobia de un niño de cinco años. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires:: Amorrortu. Volumen X.
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(1909). A propósito de un caso de neurosis obsesiva. En Freud, S. (1952). Obras Completas. Madrid. Biblioteca Nueva Volumen IX.
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(1911). Sobre psicoanálisis “silvestre”. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu. Volumen X.
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(1917 [1916-1917]). Conferencias de introducción al psicoanálisis (Parte III). 27 Conferencia: La transferencia. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu. Volumen XVI.
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(1925 [1924]). Presentación autobiográfica. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu. Volumen XX.
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(1937). Análisis terminable e interminable. En Freud, S. (1992). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu. Volumen XXIII.
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(1953). Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis. En Lacan, J. (2000). Escritos 1. México D.F. Siglo XXI.
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(1953). Lo simbólico, lo imaginario y lo real. En Lacan, J. (2005). De los nombres del padre. Buenos Aires: Paidós.
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(1957). El Seminario. Libro IV: La relación del objeto. Buenos Aires: Paidós.
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(1961). El Seminario. Libro VIII: La transferencia. Buenos Aires. Paidós.
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(1966). El Seminario. Libro XIX: El objeto del psicoanálisis. Inédito. Versión digital Infobase.
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(1967-68). El Seminario. Libro XV: El acto psicoanalítico. Inédito. Versión digital Infobase.
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(1967-68). El Seminario. Libro XV: El acto psicoanalítico. Inédito. Texto establecido por “Discurso Freudiano”, Escuela de Psicoanálisis.
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(2006). Principios fundamentales de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. Buenos Aires: Letra Viva.
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(2003). Crítica a la razón lúdica. Trota: Barcelona
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(1998). Cinco lecciones sobre la teoría de Jacques Lacan. Barcelona: Gedisa.
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[1] Las cursivas son mías.
[2]Las cursivas son mías.
[3] Las cursivas son mías.
[4] Las cursivas son mías.
[5] Las cursivas son mías.
[6] Las cursivas son mías.
[7] Las cursivas son mías.
[8] Las cursivas son mías.
[9] Las cursivas son mías.
[10]Las cursivas son mías.
[11] Las cursivas son mías.
[12]Las cursivas son mías.
[13] En este sentido, la obra de Heidegger en su abordaje del Ser estimula a la
suspensión como herramienta fundamental para no entificar al ser, permitiendo así una ética especial, una condición de pensar a Dios y por último de señalar al hombre como
hommo ludens, es decir, aquel que pone a jugar su propio ser.
[14] Las cursivas son mías.
[15]Las cursivas son mías.